google-site-verification: google096975d001c6a771.html
Agosto 18, 2026

Tan cerca de Estados Unidos, tan lejos de Argentina

Con sus golpes en la mesa internacional, la Presidenta Bachelet está apostando fuerte al futuro de las relaciones entre tres países que se necesitan mutuamente. Junto expresar su decepción a Buenos Aires, parece confiar en que sus reclamos de autonomía ante Washington no comprometan una relación estrechada a partir de1990.  

En momentos en que la encuesta CEP –ese termómetro que por sí mismo provoca fiebre a los políticos chilenos- tabulaba que un 57 por ciento de los encuestados considera débil al gobierno ante las presiones, la Presidenta se plantó con energía frente a irritantes gestos de Argentina y Estados Unidos. Más que especular con una relación causal entre ambos hechos, habría que ver cómo se produjeron y hacia dónde llevarán estos pasos perdidos entre Santiago, Buenos Aires y Washington. Por ahora, las teteras empezaron a sonar, después de mantenerse  a fuego lento los preparados del gas, el Tribunal Penal Internacional y el asiento latinoamericano no permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. Que se los puntos de ebullición causen humaredas dependerá finalmente de cuánto estén dispuestos los involucrados a evitarlo.
 
Y los tres debieran estarlo. Por la condición de vecinos por siempre, en un caso, y por necesitarse mutuamente, en el otro. La “alianza estratégica” entre Chile y Argentina puede que haya devaluado el concepto mismo, pero los sobresaltos han caracterizado una relación en que planea el fantasma de la declaratoria de acuerdos o fallos “insanablemente nulos” por parte de las autoridades de turno de Buenos Aires, sea éstas peronistas, militares o civiles rehenes del nacionalismo. Los devaneos y confusiones en el suministro de gas y su precio dañaron las confianzas, como dijo la Presidenta, y habrá que trabajar por reconstruirlas. Hoy se está en de un conflicto frío, que compromete una seguridad energética nacional que tendrá que diversificar sus fuentes; hace más de un cuarto de siglo se llegó al rojo vivo por el desconocimiento unilateral del laudo de un árbitro designado por ambas partes.
 
Si este conflicto importa más a la población chilena, por las derivaciones que podría tener en hogares y empresas, el que está en barbecho con Estados Unidos, amén de igualmente clásico, afecta mucho al prestigio nacional. Y este no es un bien tan intangible como algunos pudieran creer.  
 
Lo que queda del encuentro que culminó en las escalinatas del Pentágono, entre la ministra Vivianne Blanlot y su colega Donald Rumsfeld, es una inusual franqueza en las declaraciones. Ella comunicó que no se adoptará la salvaguardia que excluye a oficiales y tropas estadounidenses de las acciones de la Corte Penal Internacional cuando Chile ratifique el Estatuto de Roma que creó ese organismo. El miembro de la bandada de halcones que domina en Washington le recordó las represalias en el campo de la Defensa reservadas para estos casos, y así lo ratificó a un grupo de congresistas demócratas y republicanos, algunos de los cuales se oponen a este tipo de sanciones, adoptadas luego de los ataquyes de Al Qaeda y de las invasiones a Afganistán e Irak.
 
En la misma reunión, Rumsfeld reiteró a Blanlot algo que ya se había dicho en el departamento de Estado al canciller Foxley el 21 de abril último: que no se comprendería un apoyo a Venezuela en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. La ministra dijo a la salida –aparte de que la decisión al respecto se tomará en octubre- algo que de alguna manera han hecho ver otros personeros del oficialismo: que la candidatura del país gobernado por Hugo Chávez no satisface los ideales de unidad regional de la política exterior chilena.
 
También expresó que esperaba que el gobierno del Presidente Bush renuncie voluntariamente a aplicar sanciones militares a un país con el cual tiene buenas relaciones en general. Sin caer en especulaciones, la legítima pregunta que surge es: ¿Qué hay detrás de esta esperanza? Sabido es que la Democracia Cristiana se opone oficialmente a apoyar a Venezuela  y que desde el PPD han surgido voces también contrarias, quedando el partido Socialista prácticamente solo en una actitud favorable. ¿Será en aras de su unidad interna y no de las presiones estadounidenses que finalmente el gobierno opte por una candidatura distinta a la venezolana? 
 
Esa opción tendría que surgir de algún consenso subregional, porque apoyar a Guatemala daría imagen de sumisión. Con el Mercosur ya enrielado con la candidatura de su nuevo socio –lo que convirtió a Chávez en gran protagonista de su última cumbre, junto a Evo y un estresado Fidel-, Chile está mirando ahora a la Comunidad Andina –alentado por los presidentes García y Uribe- y hacia el conjunto de la Latinoamérica del Pacífico  -con México como polo septentrional-. ¿Por qué no podría incubarse, en medio de las negociaciones económicas. una tercera candidatura?
 
Por el momento –y sin comprarse los nuevos ejes que se están proponiendo como alternativa en el mapa regional-, la Presidenta Bachelet ha creído oportuno proclamar su autonomía de las presiones de cualquier lado para adoptar sus decisiones de política exterior. Esta declaración –cuyo correlato es la firmeza mostrada frente a Argentina- toma en cuenta, implícitamente, la necesidad que tiene el gran imperio de este socio confiable y estable a partir de 1990, ubicado estratégicamente al final de América del Sur. Tal vez, en definitiva, Chile esté más cerca de Estados Unidos que de Argentina.