En el intertanto y en las condiciones actuales, sólo obtendremos la perpetuación del status quo, ya que el problema con la institucionalidad actual -aparte de su ilegitimidad de origen- es que provoca el inmovilismo, gracias, básicamente, al sistema binominal, con el cual, la Concertación continuará, ad eternum, derrotando a la derecha para pasar luego cogobernar con ella, ambas coaliciones autosatisfechas con sus respectivas cuotas de poder y plenamente a salvo de la influencia de una ciudadanía descontenta y totalmente al margen de una “Democracia de los Acuerdos” -que es más bien, “de los Conciliábulos”- que tanto agrada a nuestros políticos de ambas coaliciones, ya que en ella, los votos ciudadanos nada valen, sino que sólo sirven de disfraz legitimante a los previos acuerdos políticos y designaciones de las élites políticas de ambos bandos.
No tengo nada contra los acuerdos políticos, pero siempre que se hagan por los legítimos representantes de la ciudadanía y no por élites políticas eternizadas en el poder gracias a una institucionalidad política ad hoc, sin que la ciudadanía con su voto pueda influir mayormente.
Si queremos una legítima política de acuerdos, démonos una nueva Constitución, ratificada por el pueblo y optemos por el parlamentarismo, sistema en el que lo que prima son los acuerdos para la formación de mayorías gobernantes, pero, simultáneamente, la coalición en el poder está permanentemente sujeta a un control parlamentario efectivo, con los mecanismos de voto de censura y voto de confianza, por cuya aplicación, se confirma la mayoría de la fuerza gobernante o bien ésta pasa a ser reemplazada por otra, sin que ello signifique ningún trauma, sino sólo la dinámica propia de un sistema de gobierno que refleja fielmente la voluntad ciudadana.
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