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Agosto 18, 2026

Soberanía e hipocresía

Propia del pensamiento retrógrado es la idea de concebir la soberanía y la dignidad nacional en la capacidad de defender las demarcaciones territoriales.. Quienes así se plantean son los mismos que en el pasado defendían la propiedad privada como un derecho sagrado, inviolable y restringido, aún cuando aquellos mismos bienes le hubieran sido arrebatados a otros mediante la guerra, la usura o las argucias legales.

Al igual que en todo el mundo, nuestro territorio ha tenido los más disímiles moradores y propietarios. Chile ha sido dibujado en el mapa de múltiples formas y tamaños hasta llegar a esta larga y angosta geografía que hoy reconocemos y dentro de la cual le concedemos título de chilenos a poblaciones de distinto origen, idioma, creencias y costumbres. Conquistas, reconquistas, tratados y dictámenes diversos se han sucedido en nuestra historia de país colonizado y colonizador. Incluso al otro lado del mundo imponemos dominio a un pueblo todavía tiene menos en común con la diversidad de afluentes étnicos presentes en nuestro espacio continental.  Sin ir tan lejos en el pasado, nuestras dos primeras regiones son el botín de una fratricida guerra de conquista que nos dio extensión en el mapa, además del usufructo de los yacimientos más colosales de cobre y otros minerales, gracias a los cuales Chile ha logrado multimillonarios ingresos y que hoy explican una bonanza sin precedentes en nuestra macroeconomía.

Con vergüenza debemos reconocer que, hasta aquí, ni siquiera hemos reparado simbólicamente la soberanía que peruanos y bolivianos perdieron en la Guerra del Pacífico. En una prepotencia sin parangón, recién nos avenimos a devolver un puñado de libros y otras especies que llegaron al país prácticamente en las alforjas de los soldados victoriosos. En Talcahuano permanece para muestra de nuestra arrogancia esa modesta embarcación que un parlamentario chileno propusiera generosa y visionariamente restituir al Perú. Propuesta que lo sometió, como recordamos, al más torpe e insensato escarnio público.

Absurdo y mezquino es, entonces, oponerse a la idea de fortalecer amistad, integración y progreso sobre la base de revisar los tratados vigentes y lograr un acuerdo tripartito con Bolivia y Perú para superar nuestras diferencias y acabar con todos nuestros enclaustramientos geográficos, políticos y culturales. Emprender a la brevedad un futuro de colaboración y compartimiento mutuo del mar, el suelo y el subsuelo de toda una región del mundo que no reconoce siquiera accidentes geográficos que nos separen tan insensatamente. Vastedad donde abundan los recursos naturales que, para colmo, le otorgan los principales beneficios a empresas extranjeras que ciertamente azuzan nuestra división para enseñorearse con nuestros reservas minerales, oceánicas y energéticas. Avanzar, así, a la consolidación de una soberanía compartida y vigilada conjuntamente. Que nos ahorre, por lo demás, los ingentes gastos militares que van al bolsillo también de las transnacionales y potencias que verdaderamente imponen soberanía en nuestros territorios con tratados, inversiones y acuerdos comerciales claramente desventajosos y humillantes.

Atropellados por el discurso hegemónico que hoy rige en buena parte del mundo, el progresismoa tiene la mejor posibilidad de recuperar credibilidad y marcar diferencia con quienes defienden un concepto hipócrita y sesgado de soberanía cuando, al mismo tiempo que se oponen a revisar las actuales fronteras, favorecen la más bochornosa y antipatriótica expoliación de nuestros recursos naturales, usurpan con matonaje la propiedad indígena y pisotean sistemáticamente la soberanía popular: sin duda la más importante de todas las soberanías.

Otorgarle salida al mar a Bolivia, resolver nuestros últimos diferendos limítrofes, nos daría dignidad y liderazgo en un mundo que avanza, pese a los tropiezos, al fortalecimiento de espacios multinacionales. Asumiendo que también se hace soberanía al desdibujar el trazado arbitrario de nuestras fronteras. En el ejercicio de la equidad en nuestras relaciones internacionales. En la generosidad , más que en la conquista.