google-site-verification: google096975d001c6a771.html
Agosto 18, 2026

¡¡Que callen las bombas!!

El calor aprieta en España como hacía años que no lo hacía. Los termómetros llegan a fluctuar entre los 40 y 45 grados a la sombra en varias ciudades de Andalucía, en tanto que en Madrid rondamos los  asfálticos 40 grados, esperando que alguna tormenta de verano venga en nuestra ayuda para refrescar un poco el ambiente. Si nos trasladamos de hemisferio, las lluvias y fríos tampoco tienen muchos precedentes. Es que son tiempos climáticos extraños.

Y en lo demás, también son tiempos extraños. Porque lo que más calor produce (y no sólo en este país), es la situación de violencia que se está viviendo en el mundo.

Los ruidos de la guerra no declarada en el Líbano ensordecen las redacciones de los diarios, radios y televisiones, provocando incredulidad ante la pasividad e indolencia de quienes tienen la fuerza y el poder para inervenir, para detener la masacre, pero que no lo hacen.  Las recriminaciones también se entrecruzan y los duelos de intereses ensombrecen más aún el panorama. Y lo dramático es que se oyen meras justificaciones ante lo que es obviamente injustificable.

Bombay  agrega su nombre a la lista ignominiosa y dramática que integran ya Nueva York, Madrid y Londres. Una locura que se repite con una cadencia de “once” que probablemente envuelva algo, que signifique alguna cosa, pero que racionalmente no se acierta a descubrir. Una siembra de muerte indiscriminada sin otro sentido que el de buscar orígenes en fanatismos milenarios.

Afganistán, bloqueado, invadido y empolvado en explosivo y opio, ennegrecido de pobreza e ignorancia, viviendo en pretéritas costumbres, tambièn aporta lo suyo en este concierto desafinado de ruidos lacerantes que debieran sacudir las conciencias.

E Irak, pueblo milenario de cultura enorme y envidiada, arrasado por rubios invasores justificándose en destronar mesiánicos, falsos y ambiciosos líderes. Allí se cuentan los muertos por minutos porque, además de la invasiòn a sangre y fuego, la lucha fratricida en nombre de divinidades también se libra a sangre y fuego en los mercados, a la vuelta de la esquina, a la vuelta de la mezquita…

Hay muchos puntos negros en esta negra geografía del orbe.

Hay muchos lugares calientes sobre la conciencia de la geografía humana.

¿Qué hacemos por detener esta espiral de loca violencia, tan inhumanamente injusta?

Hay quienes alzan sus voces sin altavoz. Otros usan los altavoces para manipular realidades, para tergiversarlas a conveniencia menor. Las organizaciones mayores que deben cautelar la paz, terminan mirándose el ombligo, apuntando hacia otro lado en escapismo insultante, con temor a perder sus mullidas y privilegiadas poltronas.   Otros, jefazos de tres al cuarto, pacotilleros que pronuncian discursos llenos de frases vacuas, plagadas de lugares comunes, simplemente demagógicas, como si estuvieran alabándose frente al espejo.

Mientras los más, los que sufren siempre, asisten atónitos a la sangría que abre el Siglo XXI  y contemplan incrédulos, sin esperanzas, la bacanal de intereses de los que tienen llenos los bolsillos, pero que promueven los conflictos para llenarlos más aún…Más aún, a pesar de que los campos se tiñen de rojo.  Los cañones se tornan rojos por el calor del fuego que llueve sobre los inocentes. Inocentes con ojos desmesurados de pánico que  también se enrojecen por tanta lágrima seca de dolor.

Si, sin duda, ¡debemos hacer algo!

Debemos empujar, denunciar, gritar, presionar, obligar a quienes nos representan para que empujen, denuncien, griten y presionen a los que tienen la fuerza y el poder para detener esta vorágine.

Debemos hacer algo para que callen las bombas…para que termine la angustia…para que el hombre vuelva a ser hombre.