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Agosto 18, 2026

La delincuencia: Los árboles no dejan ver el bosque, ni el becerro de oro deja ver al país

El asalto, el robo y la delincuencia, de arriba y de abajo,  institucionalizado o no, ha dejado de ser solo un problema delictual en el Chile de hoy. Se ha transformado, querámoslo o no,  en un problema político, social y ético. Recientemente la Sra. Presidenta de Chile ha solicitado “no politizar” problemas de seguridad ciudadana”, es decir, la delincuencia. Hablando en San Bernardo, la Jefa de Estado sostuvo, según el diario La Nación, que “lo que sí quiero decir es que creo que es tan delicado, tan doloroso lo que pasa a la gente que vive en circunstancias de inseguridad e incertidumbre, que lo que no puede hacerse es politizar un tema de esta naturaleza”.

Lo que sí no dijo, es que esta inseguridad es ocasionada como consecuencia de un modelo económico que funciona sólo guiada por el lucro, perdiendo el sentido de responsabilidad hacia el bien común, como lo señala Obispo Alejandro Goic, refiriéndose en la 40ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que la Iglesia Católica festeja en Chile el primer domingo de julio.

Es obvio que los problemas delictuales del Chile de hoy tienen su centro en el modelo económico, en la estructura institucional del Estado y consecuentemente, en la distribución grotesca del ingreso nacional. Medida desigual y desequilibrada que propugna el sistema económico heredado de la dictadura  y adoptado  como suyo por la Concertación.

En otras palabras, los actos delictuales producidos a través del robo masificado en la sociedad chilena (desde jardines infantiles hasta la casa del Presidente de la Corte Suprema, pasando por una Senadora y Presidenta de un partido), no solo muestran una faceta de protesta social y política de los sectores de los menos ingresos en el país, sino que además, convierten los actos delictuales en una herramienta ilícita de buscar, por otros medios, lo que la macroeconomía y la economía social de mercado le niegan.

Desgraciadamente estos actos delictuales se dan también en la estructura institucional del Estado. Recientemente el ex titular de Obras Públicas y Transporte, Humberto Martones (1970-1973), indicó, con motivo de la celebración del 98 aniversario del nacimiento de Salvador Allende: “no existieron los MOP-Gate, ni los sobres con dinero por debajo de la mesa”, en referencia a los sonados escándalos de corrupción que han ocurrido en los últimos años de gobiernos concertacionistas.

Pero el cuadro del robo y de la corrupción no termina aquí. El país es testigo de que el Estado chileno protege al ladrón número uno del país.  Falsificador de pasaportes, nombres y otros actos delictuales, que no solo no recibe la condena con la misma intensidad de las autoridades administrativas, sino que además se le protege, con recursos del Estado y se le crea una guardia pretoriana ( de 60 personas y por turnos) que lo cuida día y noche. ¿Podrán los sectores postergados pensar que el Chile hay justicia? ¿O es que la ley tiene validez solo para algunos?

Esta situación me hace pensar en el cuento de Don Otto, quién llama urgentemente a su querido amigo Federico y le cuenta que su esposa le es infiel en el sofá de la casa. Federico, que es parte del triángulo, se apresura a recomendar a Otto que venda el sofá. Es decir, con o sin el sofá el acto delictivo de infidelidad continuará, ya que obviamente no es la raíz dl problema.

Con el Ministerio de Seguridad Pública y con las medidas represivas, de más carabineros, más vigilancia y condenas más prolongadas, no se soluciona el problema. Es como vender el sofá simplemente. Nunca antes Chile había vivido una experiencia similar. Había honradez y solidaridad humana, aún con los índices de pobreza y marginalidad que el país había tenido en el pasado. Si el fenómeno es de tal  envergadura, las causas deberán ser buscadas no es la represión ni en la crítica fácil y apresura de jueces o actuarios o en crear más organismos o instituciones que legitimen más aún la represión; de por sí ya fuerte para algunos y blanda para otros  El país necesita verse a así mismo y la Sra. Presidenta tendrá que recapacitar.

La delincuencia, le guste o no, es un problema social, político y ético. Es aquí desde dónde debe partir el análisis y la discusión. Desgraciadamente, el afán de lucro, el país gobernado como empresa y la avaricia como norma de conducta humana, no dejan ver el país. Es como si la clase dirigente se hubiere olvidado de lo que es una sociedad humana y se hayan dedicado a acariciar y desear solamente el Becerro de Oro.