Que Zinedine Zidane es un futbolista de primera clase, nadie lo discute. No en vano se ha ganado en tres ocasiones el galardón de Mejor del Mundo, trofeo que deciden los entrenadores de las principales selecciones de todo el orbe, bajo la convocatoria de la FIFA. Como los grandes e inteligentes, anunció su partida con mucha anticipación, cuando todavía se encontraba en la cúspide vistiendo la casaquilla blanca del Real Madrid. Quería otro título con su club, a manera de despedida triunfal, pero la aeronave hispana fue incapaz de conseguir alguno que significara un adiós en gloria y majestad del francés de ancestros argelinos.
Entonces dijo que se iba a despedir con la casaquilla azul de la selección francesa en el Mundial de Alemania. Y quiso hacerlo llevando sobre sus hombros a un equipo ya demasiado batallado, maduro, incluso gastado para este tipo de competiciones. A pesar de todo eso, estuvo a punto de conseguirlo.
En la final de Alemania, Francia se subió a las barbas de los italianos y les acosó con fiereza, quizás con rabia. Y, por supuesto, Zidane dando espectáculo. Un verdadero recital de elegancia, dominio, técnica, clase, malabarismo nunca antes visto. Las gradas del estadio berlinés hervían de entusiasmo, al igual que los mil millones de aficionados que en todo el mundo seguían por televisión las evoluciones de la gran final. Se veía venir el gol que deshiciera el porfiado empate a uno. Zidane brillando. Pero, al parecer, las luces le cegaron.
Bastó que el excelente y rocoso defensa Materazzi, autor del gol del empate, le dijera cosas, le provocara, para que el galáctico descendiera a la tierra…y más bajo aún. Quien sabe si en ese momento el francés recordó las mejores tardes de toros de España y embistió con su cabeza el pecho del defensa. Una agresión impropia de los dioses del Olimpo. Una acción censurable que convierte a la estrella en un ser humano vulgar y corriente. Con muchísimas virtudes, pero también con enormes defectos.
“Zizou” no sólo perdió la compostura, sino que también la final. Porque su expulsiòn era demasiado castigo para una Francia dependiente de su juego, de sus genialidades, de su empuje. El mago, la megaestrella no supo contenerse y se convirtió en un simple mortal, común, agresivo. El que perdió el Mundial en el último suspiro.
A Zidane le dieron el título de Mejor Jugador del Mundial. Porque fue el que más destacó durante todo el torneo. El que marcó las diferencias. El importante entre los importantes. Eso fue lo que se premió. Pero, en la hora del adiós, se despidió en la peor forma posible: agrediendo a un colega de profesión y viendo la tarjeta roja que le indicaba el camino del olvido, del infierno. Y de paso, destruyendo su propia imagen al no salir a recibir su medalla de plata ni aprovechar el momento para redimirse con la modestia de los grandes hombres, de los sabios que saben rectificar, ante Materazzi y el mundo futbolero.
Personalmente, tenía la ilusión de que Francia se hubiese coronado con los laureles del Campeón del Mundo. Y que Zinedine Zidane hubiese alzado la Copa en la hora de su despedida, como un enorme símbolo para la juventud. Pero él no lo quiso…o no pudo, porque simplemente se trata de un galáctico terrenal.
