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Agosto 18, 2026

Las señales de La Paz son parte de un cuadro complejo

Los cálidos gestos entre La Paz y Santiago, a partir de febrero, constituyen un capital político que no se puede dar aún por liquidado, a pesar de que están pasando cosas, algunas evitables y otras no.

La situación entre Chile y Bolivia no ha empeorado a la luz de los últimos acontecimientos, pero pareciera que volvió donde se encontraba antes que asumieran los Presidentes Morales y Bachelet.

Los hechos hablan: el viaje a La Paz de un grupo de parlamentarios de buena voluntad es atacado y desautorizado desde el oficialismo y la oposición de derecha; el canciller Foxley pide a través de una entrevista periodística que no se incluyan elementos hostiles en las negociaciones del gas entre Bolivia y Argentina; el presidente de la empresa estatal YPB reconoce que se han puesto candados en el nuevo contrato entre esos países para evitar una triangulación con reventa a Chile; las comisiones de Relaciones Exteriores del Congreso Nacional no aceptan una invitación de sus pares para viajar a La Paz el 20 de julio, y el ministro de Hidrocarburos Andrés Solíz Rada enrostra a Alejandro Foxley que los gestos inamistosos han venido siempre de Chile, por tener enclaustrado a ese país durante 127 años y firmar en 1929 un acuerdo con Perú para consultarle por una salida al mar para Bolivia.

Estos son los últimos hechos. Pero están también los gestos cálidos de febrero y marzo en La Paz entre Lagos y Morales y entre éste y Bachelet en Santiago, con todas las manifestaciones públicas que los rodearon, y ése es un capital nuevo que no se puede dar aún por liquidado. En los hechos esto se ha traducido en dos declaraciones expresas del gobernante indígena de que “el problema histórico”  es uno de varios a resolver y que no se usará el chantaje del gas por mar. En la práctica esto ha dado lugar al reclamo de siempre en la OEA de la reivindicación marítima, para luego aceptar su tratamiento bilateral. Y dio lugar también a la colocación de los famosos candados, pero con la declaración expresa del vicepresidente de Bolivia y del cónsul de ese país en Santiago de que no contienen trazas de inamistad en especial, sino que se trata de resguardos soberanos y no la reimplementación de una diplomacia del gas.

Las señales, sin duda, son complejas, pero no deben dar lugar al desconcierto de las autoridades chilenas, sino a una empatización con tan difíciles vecinos que, ya se sabe, se sienten despojados y nos guardan, por lo tanto, la desconfianza que se mantiene por un enemigo. Porque la post guerra entre Chile y Bolivia no ha terminado nunca, a pesar de los tratados que se hayan firmado y de que no existan “técnicamente” problemas pendientes entre ambos países. La primera post guerra entre Alemania y sus vencedores no terminó nunca, con Tratado de Versalles y todo, y eso mantuvo vivo el nacionalismo germano.

No ha habido en el pueblo boliviano una exacerbación chovinista como en la Alemania nazi ni tampoco una ceguera absoluta de los chilenos frente a las condiciones en que quedaron sus vencidos. Ha avanzado, pese a todo, una integración física, humana y comercial en la zona trifronteriza y eso crea condiciones para que ambos Estados creen soluciones imaginativas en que prime menos la noción decimonónica de soberanía que los conceptos de integración del siglo que se nos fue.   

 

(Comentario transmitido por Radio Universidad de Chile Noticias, 102.5 FM)