La reina, Michelle Bachlelet, como no es nada de tonta, aceptó todas las reivindicaciones de los estudiantes y llamó a los “Estados generales de la educación”. No vaya a resultar un juramento de “juego de pelota” y, el tercer Estado se rebele, (les sains-culottes) y emprendan una verdadera revolución educativa. Nada tiene que ver la Concertación con los girondinos, menos con los jacobinos y, mucho menos, con los “rabiosos”. Camilo Escalona no es un Robespierre, tampoco un Danton; si bien la Princesa fue izquierdista en su juventud, hoy ha moderado sus ímpetus. Si algo se pudiera asimilar a la casta gobernante, sería el período del “termidor”, es decir, la regresión al reinado absoluto de la burguesía. Los termidorianos concertacionistas manejan mucho mejor el neoliberalismo que los seguidores del tirano, Daniel López, por eso, los empresarios aman más al profesor Lagos que al supernumerario Joaquín Lavín; poco importa que el primero sea agnóstico y el segundo teísta consumado. (Si el único Dios que existe es el dinero y a don Jechu lo tenemos para entretener a los pobres, para que sobrelleven el peso de su miseria y marginalidad).
La oposición no puede existir cuando la Concertación administra mucho mejor el sistema, por consiguiente, sería absurdo que ofrecieran un modelo estatista o se transformaran en marxistas-leninistas extemporáneamente. Si los socialistas y demócrata cristianos son mejores que los derechistas, a éstos sólo les resta llevar el cafecito a su nuevo jefe, tarea que Carlos Cáceres cumple a cabalidad. Los termidorianos tienen que inventar su propia “oposición” – no en vano, antes fueron revoltosos jacobinos -, que se encarna en un grupo más de izquierda, compuesto por el demagogo Danton Ávila, el mechudo Robespierre Navarro y el revoltoso Marat Enríquez-Ominami. Como no hay temas que discutir y todos están de acuerdo con la libre empresa y el capitalismo, se dedican a disputar sobre la eutanasia y las relaciones con nuestros países vecinos.
La derecha no tiene ningún programa, ninguna idea que aportar y sabe que están obligados a ser una eterna “oposición”. Pero “a falta de pan, buenas son las tortas”: ¿por qué no movilizar a las llamadas capas medias por el alto precio de la bencina y más bien no les aconsejan que dejen el auto en la casa y, de paso, colaboran en la limpieza del aire de Santiago? Esa sería una gran movilización, apoyada por los mismos derechos constitucionales, que aseguran un aire libre de contaminación para todos los chilenos y, además, incurriríamos en ahorros familiares de importancia. La Alianza tiene la habilidad de presentar sus intereses como si fueran de la totalidad de los ciudadanos: ¿a quién no le gustaría que no se cobrara ningún impuesto? Las familias donde todos sus integrantes tienen sendos 4X4 no tienen los mismos intereses de quienes usan transporte público; bastaría que mamá apoyara a estos últimos y el problema quedaría solucionado. Otra idea sería incluir, en el paquete de soluciones, a taxistas y micreros, y así se lograría dividir este frente común entre chilenos riquetes y pobretes de a pie y con cara de pueblo.
Recuerdo que esta misma derecha fue muy hábil para atraer a la Democracia Cristiana, sobre todo a sus bases de clase media y así copar las calles. Parodiando a un famoso autor, la derecha fue a la escuela de Lenin. Sin las bases de la Democracia Cristiana no hubiera habido golpe de Estado en 1973. Para los cacerolazos y bocinazos la derecha no tiene parangón. Si bien, carecen de ideas para proponer soluciones a los múltiples problemas del país, han sabido crear, muy hábilmente, el mito de las capas medias, y eso que muchos de ellos se presentan en las poblaciones como redentores del proletariado.
Sólo falta la guillotina, es decir, pedir la cabeza de los inocentes e inexpertos ministros. Me imagino que el primero en subir al estrado será el pobre chico Zaldívar, quien apenas podrá mover sus patitas cuando pongan su cabeza sobre la mesa para que caiga sobre ella la filuda cuchilla. El numerario Opus Dei, Carlos Larraín, pedirá el auxilio del cura pedófilo Marcel Maciel, de los Legionarios de Cristo, para poder confesar al infante Andrés ante toda la concurrencia para impedirle que caiga en sus pedófilas prácticas. Después vendrá el turno de Harpo Marx Veloso, que no permitió que cortaran su hermosa cabellera afro y, como es agnóstica, pudo evitarse al curita degenerado. Luego vino el colegial norteamericano, Andrés Velasco: ningún impuesto para los riquetes, le gritaba la “chusma”, suelta la billetera y regálasela a Pierre Richard Sommerville. Por suerte, unas mujeres de Maipú le gritaron “mijito rico”, al son de la música de los silbatos. Por último, la verduga fiera Cubillos se puso a “interpelar” al inocente y simpático ministro Zilic: como se demoraba en cumplir su tarea, la plebe se impacientó y, compasiva, gritaba: qué tierno e inocente este caballero. ¿Qué culpa tiene de la inesperada rebelión de los pingüinos? Implacable, la fiera da la orden de cortarle la cabeza.
Por suerte, los deseos de la derecha, de decapitar a ministros por doquier, no se cumplirán y mamita los protegerá y cuidará, como se hace con el hijo en problemas.
Rafael Luis Gumucio Rivas
