Con el advenimiento de la democracia, tras tan prolongada y violenta dictadura franquista, los diversos gobernantes elegidos por voluntad popular intentaron llevar a la mesa de negociación a la organización vasca ETA. El socialista Felipe González lo intentó por las buenas, en negociaciones fuera de territorio español…y fracasó. Más tarde, jugando a un peligroso zig-zag político, el derechista José María Aznar, también buscó -aunque con su natural prepotencia- el entendimiento. Y otra vez el fracaso. Ahora, de nuevo un socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, lo vuelve a intentar. Y parece que los caminos hacia la paz -más bien, senderos- comienzan a vislumbrarse. Prueba de ello es que ETA ha declarado su tregua unilateral hace tres meses, que ratificó anoche con un nuevo comunicado.
Como es lógico, las instituciones democráticas, las bases del estado de derecho, siguen funcionando con plena normalidad y energía. En especial, los tribunales de justicia y la policía. Hay procesos abiertos a varios dirigentes de la ilegalizada Herri Batasuna, organización política muy cercana a ETA, que deben estar jugando un papel importante en las conversaciones previas a las negociaciones de paz (supongo). Por su parte, las policías de España y Francia, en accionar conjunto, han detenido allá y aquí a un par de centenares de activistas, dirigentes y colaboradores de ETA en estos últimos años. Sin ir más lejos, hace poco más de 48 horas fue detenido un grupo importante de ex-dirigentes históricos de ETA (incluso su fundador, Julen Madariaga, de casi 70 años de edad) que se encargaba de recaudar dinero del llamado “impuesto revolucionario”.
Todo esto significa que, bajo este Gobierno, el asunto está siendo tratado con bastante definición como un problema policial y también político. O sea, el palo y la zanahoria.
José Luis Rodríguez Zapatero, que llegó a la Presidencia del Gobierno con una impresionante mayoría popular que sopesó más los graves errores de la derecha recalcitrante que por imagen propia, ha ido demostrando en estos dos años de gestión que tiene una enorme capacidad de diálogo, de selección y decisión para abordar los problemas más acuciantes de la sociedad española. Ahora, por ejemplo, se la juega con la paz en Euskadi.
Con un trabajo paciente y silencioso, convenció primero a sus propios compañeros del PSOE de las posibilidades que veía para conseguir la paz definitiva. Luego,se volcó en la tarea de hacer entrar en el proyecto a los nacionalistas democráticos del país vasco (centro derecha demócratacristiana). Luego llamó, de uno en uno, a los dirigentes de los demás partidos de ámbito regional y nacional, en discretas reuniones efectuadas en el Palacio de La Moncloa. Todos demostraron tener una clara visión de Estado, apoyando la iniciativa, tal como ocurrió anteriormente, cuando los intentos de González y de Aznar. La única excepción, el Partido Popular (PP), dominado en la actualidad por el sector más radical del aznarismo. Y esto no es moco de pavo: se trata del principal partido de la oposición, que obtuvo diez millones de votos en las elecciones generales ganadas por Rodríguez Zapatero.
La oposición dura y confrontacional del PP polariza a la sociedad. O pretende hacerlo. Oponerse por oponerse, sin respetar las ya históricas y no escritas reglas del juego de la democracia contra el terrorismo, no hace más que retardar el proceso abierto para conseguir la paz en Euskadi. Hay razones en las formas, porque los socialistas y sus apoyos han cometido errores torpes, con palabras malsonantes, con situaciones hechas públicas en ocasiones inadecuadas… Pero razones en el fono, no las tienen.
La paz debe conseguirse en este país agotado por la violencia. Mil víctimas por atentados en los más de 30 años de existencia de la ETA reclaman que se ponga punto final a una lucha que hace rato dejó de ser política. Los esfuerzos, en consecuencia, han de ser de todos. Porque los costes en vidas humanas han sido pagados por todos. Por lo tanto, hay legitimación para exigir que se acallen las armas en esa bella región del norte español. El pueblo vasco también se lo merece, por haber sufrido con especial crudeza la violencia del franquismo y, también, de las acciones indiscrimanadas de ETA que se fueron transformando, poco a poco, en terrorismo puro y duro.
El Partido Popular, con su actual dirigente Mariano Rajoy a la cabeza, radicaliza sus posturas, se opone frontalmente a cualquier tipo de negociación, pone como escudo a un sector de las organizaciones de víctimas del terrorismo. Y ahora quiere también parapetarse detrás de la propia Unión Europea, que mantiene a los vascos abertzales en sus listas de organizaciones terroristas. Sus argumentos están cargados de epítetos y descalificaciones. No hay diálogo posible. Al contrario, hay ruptura entre el Gobierno y el principal partido de la oposición. Sin duda, eso le hace daño a la democracia. Le pone palitos a las ruedas del vehículo que intenta llegar a la paz. Su principal razón: la democracia no puede pagar precios políticos a los terroristas.
Pero el tiro le puede salir por la culata: el pueblo español está cansado de llevar esta pesada maleta. El pueblo vasco está cansado de vivir en constante tensión, donde el bello paisaje de la naturaleza se ensombrece con la figura del guardaespaldas, del guardia de seguridad, del policía camuflado…o del vecino soplón. Las encuestas lo están diciendo: mientras se hunde la figura del líder derechista, se asienta la del Presidente del Gobierno. España no quiere más confrontación, ni militar ni política radical.
Hace tres meses ETA anunció una tregua total y unilateral. Hoy la ratifica. Entonces, parafraseando a Cervantes, nos imaginamos al Presidente español, como Don Quijote, mirando hacia adelante y comentando a quienes le acompañan: ” …es señal que cabalgamos, Sancho…”
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