Estudiantes secundarios: Una mirada ética sobre la educación

Con sorpresa la sociedad chilena ha observado en las últimas semanas la visibilidad pública y mediática que han alcanzado los estudiantes de enseñanza media, quienes con osadía e inteligencia han demandado y exigido a las autoridades solución a sus problemas, respuestas a sus reivindicaciones y, quizá lo más relevante, ser escuchados respecto de las opiniones que tienen acerca del sentido y de la calidad de la educación en el país.

 

En 16 años de democracia los estudiantes secundarios han sido los únicos actores sociales que han logrado articular un discurso y un accionar político-social que concita respaldos crecientes de parte de diversos sectores nacionales, que cada vez suma más y más adherentes a su causa, que acapara interés y despierta simpatías de la ciudadanía y que centra su lucha contra de uno de los pilares más sólidos sobre el cual se ha desarrollado desde 1980 el modelo político-económico de Chile.


El fenómeno sociopolítico suscitado por los estudiantes secundarios lleva a plantear algunas preguntas para así entender a cabalidad el alcance y el significado de su irrupción en la escena política nacional. ¿Quiénes son esos jóvenes -hombres y mujeres- que desafían a la autoridad y la obligan a retomar espacios de conversación y de diálogo? ¿De dónde provienen esos jóvenes que han logrado ir más allá de lo meramente reivindicativo para situarse en ámbitos estructurales y políticos? ¿Qué pretenden lograr y a qué aspiran esos jóvenes que han demostrado tener creatividad y manejo de contenidos para plantear sus demandas y exigencias?

Los jóvenes que se han movilizado por estos días, mujeres y hombres de entre 15 y 17 años, son los hijos de la reforma educacional impulsada por los sucesivos gobiernos de la Concertación. Son los que han experimentado los efectos y consecuencias negativas de la municipalización de la educación, los que han sentido en carne propia la segmentación y segregación que produce en el sistema la implementación de la Ley Orgánica Constitucional de Educación (LOCE). Son los que han sido formados con los contenidos de la reforma curricular y con los nuevos planes y programas de estudios. Son los que han vivenciado los contenidos y efectos de la Jornada Escolar Completa (JEC). En fin, son los que han sido objetos y sujetos de reformar parciales y mezquinas al sistema educacional chileno, sin llegar a afectar la esencia del mismo.

En su mayoría, las y los jóvenes proceden de establecimientos que reciben financiamiento del sector público. Son estudiantes que suelen acudir a las aulas de establecimientos principalmente municipales, habiendo también de colegios particulares subvencionados e incluso particulares que se han sumado por razones de solidaridad y justicia social. Son jóvenes que estudian en los denominados establecimientos educacionales emblemáticos; aquellos cuyas generaciones históricamente han asumido posiciones de avanzada y emplazado públicamente a las autoridades para buscar y construir acuerdos y respuestas a sus demandas. Son jóvenes que demuestran saber, conocer y manejar con habilidad e inteligencia las causas que producen los problemas medulares de la educación chilena.

Las y los jóvenes movilizados buscan resolver favorablemente la extensión horaria para los pases escolares, financiamiento para rendir la Prueba de Selección Universitaria (PSU), pero al mismo tiempo cuestionan certeramente la efectividad de la JEC y la continuidad de la LOCE. Esta última es percibida por los estudiantes como la fuente estructural que reproduce y genera las inequidades, desigualdades e injusticias del sistema educacional chileno. Los estudiantes secundarios aspiran a iniciar un gran debate y diálogo nacional que culmine con la reforma de la LOCE y el replanteamiento de la JEC.


En otras palabras, jóvenes que han demostrado ante la sociedad, la opinión pública y también las autoridades su gran capacidad para articular acuerdos entre pares y para diseñar estrategias de movilización, de acuerdo al desarrollo del conflicto y a la percepción del mismo por parte de la opinión pública. Gran capacidad organizativa para mantener el orden y la seguridad en los establecimientos que permanecen tomados. Liderazgo por parte de los dirigentes estudiantes tanto para mantener cohesionado el movimiento como para plantear las temáticas medulares del conflicto. Adecuado manejo de los medios de comunicación para evitar la distorsión antojadiza de sus demandas y de sus planteamientos.

Ahora bien, mirado desde una perspectiva politológica, el conflicto abierto por los estudiantes secundarios puede entregar importantes lecciones para el futuro del sistema democrático chileno y para la convivencia ciudadana. En este sentido, un elemento que no puede perderse de vista consiste en que esos jóvenes, hombres y mujeres, en la práctica constituyen la primera generación de ciudadanos químicamente democráticos, es decir, han crecido y se han formado social y políticamente en democracia, por tanto la conducta y el comportamiento cívico que han mostrado es producto precisamente del tipo de democracia que se ha construido desde 1990. 

El conflicto casi generalizado sobre el sentido y la calidad de la educación es sólo un síntoma que expresa un profundo cuestionamiento al tipo de sociedad construida en los últimos 16 años. Es sabido que un número importante de dirigentes políticos de la Concertación no se sienten satisfechos y contentos con lo que han ayudado a desarrollar. Es más, les incomoda la desigualdad y las injusticias, la discriminación y  las exclusiones, el tipo de desarrollo económico y el impacto negativo sobre el medio ambiente y la salud de las personas, el conservadurismo cultural y la ausencia de debate y de diálogo democrático en la sociedad.

Aún así, los estudiantes secundarios y sus movilizaciones estarían contribuyendo a la conformación de un nuevo tipo de ciudadanía juvenil, y al mismo tiempo, al reconocimiento y aceptación de la sociedad respecto de sus jóvenes. Es una oportunidad favorable para que la sociedad construya imágenes distintas de sus jóvenes, alejadas de la trilogía discriminadora que asocia jóvenes con drogadicción, alcoholismo y delincuencia; y en el último tiempo, violencia.

Con la actitud y comportamiento de los estudiantes secundarios se estaría inaugurando una nueva modalidad de relación entre la sociedad civil y la estructura del estado y sus autoridades, diferente a la desarrollada durante los años de transición. Una relación más dialogante, con rasgos significativos de horizontalidad y simetría, en la que efectivamente tiendan a primar los ciudadanos y sus necesidades, demandas e intereses. El conflicto con los secundarios ayudaría a fortalecer la democracia, pues incorpora una mirada fresca, limpia, crítica y creadora al interior del sistema.

Y en el caso de la educación, una mirada ética sobre la calidad de los aprendizajes desarrollados, sobre los resultados obtenidos y sobre las oportunidades futuras para las nuevas generaciones de estudiantes. En consecuencia, más que criticarlos habría que apoyarlos. Los estudiantes secundarios son la fuerza renovadora de una sociedad que se siente incómoda con lo que está construyendo como país. Ellos serán los futuros dirigentes políticos y sociales que ayudarán a recuperar la dimensión ética de la política y la sensibilidad social de las autoridades al momento de formular e implementar las políticas públicas.


 

Patricio Bustos Pizarro