Días antes del discurso de la presidenta miraba embobado la tragedia que, capítulo a capítulo, se despliega al interior de Mekano (Megavisión) donde un puñado de muchachos de las clases bajas y aspiracionales se matan por un lugar en la televisión. En tanto, la revolución educacional prometida por Bachelet aguarda no se sabe qué para comenzar. Sin ella, lo único que les queda a esos jóvenes es sobrevivir en Mekano o… Ganar el loto.
Esta no es otra quejumbrosa columna contra el “monstruoso sistema neoliberal”. Por el contrario, pretendo derechamente reivindicar el capitalismo: la piedra basal de este sistema es ofrecer una posibilidad medianamente real de ascenso social mediante el propio esfuerzo y mérito. Eso en el Chile de hoy no existe. Es por ello que la economía de mercado amenaza con hacerse cada día más ilegítima e inviable. Y no puede ser de otra manera si la educación de, al menos, el sesenta por ciento de la población no logra instalar en los cerebros de sus egresados algún conocimiento capaz de ayudarlos mínimamente a la hora de enfrentar la selva del mercado laboral. No lo dudo: si el sistema escolar se mantiene como está, renuncio a todos mis principios liberales, pido a gritos una economía de estricta planificación central y, claro está, apoyo el correspondiente cierre de fronteras. El modelo podría ser Corea del Norte (Cuba está demasiado cerca de Chicago).
Se me tachará de catastrofista. No lo creo. El tema es el siguiente: el cien por ciento de los niños que participaban en Mekano eran de las clases bajas o medias bajas. No di con ninguno que -por su forma de hablar o sus giros lingüísticos- denotara provenir de alguna familia acomodada de Nuñoa, Providencia o Las Condes. ¿A qué se debería tal aplastante uniformidad? Nadie abandona lo valioso. Un adolescente que estudia en un colegio bilingüe de Nuñoa o Las Condes, si bien podría tener ganas de pasarse un par de horas en el set de televisión por mero afán de jarana, difícilmente se arriesgaría a perder demasiadas clases en tal dudoso afán. Y esto, claro está, porque sabe que con lo que aprenderá en su establecimiento tendrá posibilidades razonables de optar a puestos de trabajo decentes y con cierto prestigio social. Algo muy distinto ocurre con los pupilos de la educación pública, pues en sus tiernos corazones late la desesperanza más absoluta. Huelen que nada sabrán al finalizar cuarto medio y que un futuro laboral de desolación les espera. En ese contexto, claro, lo mejor sería no salir jamás de Mekano. De ahí la atroz pesadumbre que invade sus rostros cuando se enteran de que fueron eliminados del programita infame, del sucedáneo de movilidad social en Chile.
