Las papeletas verdes se agitan desde Uruguay

Aunque no se está ante una cooperación judicial sistemática de los Estados del Cono Sur, ciertas acciones de sus tribunales alientan la posibilidad de que el Plan Cóndor y sus coletazos en democracia no queden en la impunidad. En esa dirección van la extradición a Chile de tres militares y la acogida de exhortos de la justicia argentina dispuestas por Uruguay. Es como si este país quisiera sacudirse la ley de caducidad aprobada plebiscitariamente en 1989.

La inédita extradición y entrega a la justicia chilena de tres militares uruguayos abre esperanzas de una cooperación entre Estados que tuvieron a algunas de sus instituciones asociadas –hasta hace pocos años- para cometer crímenes con motivación política. Pero las expectativas deben ser acompañadas de la máxima cautela, por dos razones: no es seguro que los tres procesados quieran cooperar, y si lo hicieran no necesariamente se llegará hasta los máximos responsables de la muerte del bioquímico Eugenio Berríos y de la red que establecieron los mandos militares para operativos de inteligencia, aun después de la vuelta a la democracia en sus respectivos países.

Los tres coroneles –uno en retiro y dos en servicio activo- que arribaron el martes pasado a Santiago han reclamado inocencia hasta pocas horas antes de que el Presidente socialista Tabaré Vásquez ordenara adelantar el viaje, previsto originalmente para el viernes último, ante el recrudecimiento de las presiones internas (entre las que no se descarta un atentado a bala en contra del juez Gustavo Mirabal, que sustanció la causa en la República Oriental).

Los  procesados, tanto de aquí como de allá, que han hablado con los periodistas parecen poco sólidos, erráticos e insuficientes en sus aseveraciones, algunas de las cuales son claramente contradictorias. Pero en algo sí pueden ser creíbles: en que como agentes de inteligencia estaban enterados de sólo parte de una información debidamente compartimentada. Todos coinciden, por lo menos, en que se trató de una operación ordenada por sus superiores, a través del conducto regular propio de las instituciones castrenses.

Berríos fue sacado de Punta Arenas hacia Río Gallegos el 26 de octubre de 1991 por agentes de la Dirección de Inteligencia del Ejército (Dine), activándose el mecanismo de “control de bajas”, para impedir la comparecencia de agentes ante la justicia. El bioquímico fue citado por el ministro Adolfo Bañados en el proceso por el crimen Letelier y apareció intempestivamente en un balneario uruguayo en octubre de 1992, cuando pidió auxilio a la policía, porque se le perseguía –dijo- para matarlo. Esta lo devolvió a sus presuntos captores y no se supo más de él hasta que su cuerpo apareció baleado en la cabeza el 13 de abril de 1995, en la playa El Pinar del mismo país.

El que fuera agente de la Dina de Manuel Contreras estaba involucrado en el proyecto Andrea, para elaborar en Chile armas químicas y biológicas, las que se habrían utilizado en contra de opositores al régimen de Pinochet, entre ellos el ex Presidente Frei Montalva. Sugestivamente, cuando Pinochet visitó Uruguay como comandante en jefe del Ejército en 1993, el encargado de su seguridad fue el coronel Tomás Casella, uno de los tres extraditados que el juez Alejandro Madrid ya interrogó en Santiago la semana pasada.

Se está así en la parte crucial de un juicio potencialmente explosivo, gracias a una extradición que en el país de Tabaré Vásquez creó fuerte resistencia no sólo de parte de la “familia militar”, sino también al interior del propio oficialismo, por la pérdida de soberanía que implicaría el dictamen de la Corte Suprema uruguaya, según coincidieron antiguos guerrilleros tupamaros, hoy senadores y dirigentes de partidos democráticos de izquierda,  y militares en retiro agrupados en centros sociales.

Lo que ocurrió con los tres coroneles extraditados a Chile debe verse en el contexto de una honda fisura que subyace en la conciencia colectiva de la sociedad uruguaya, la que en 1989 se pronunció a favor de la ley de caducidad con un 57 por ciento de votos amarillos, contra el 43 % de votos verdes (por los colores de las papeletas usadas en el acto plebiscitario). Por dicha ley, aprobada dos años y medio antes por el Parlamento, el Estado renunciaba a su pretensión punitiva en contra de los autores de las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura de 1973-85. El Frente Amplio hizo de la derogación de la impunidad una de sus banderas de lucha, aunque antes de las elecciones presidenciales que lo llevaron al triunfo decidió no insistir en la nulidad por razones estratégicas. Ya en el gobierno, la izquierda ha planteado al menos limitar la ley, a través de una interpretación que permita juzgar algunos casos en que participaron civiles o que están fuera del período dictatorial.

Es en este espíritu que la administración frenteamplista está alentando, dentro de la esfera de sus atribuciones ejecutivas, ciertas acciones del poder Judicial. Por ejemplo, la acogida de exhortos de la justicia argentina en las causas que sigue para esclarecer los asesinatos, en su territorio jurisdiccional, de disidentes uruguayos. El Presidente Vásquez ordenó, apenas asumió el mando, desclasificar documentos que muestran al Estado uruguayo como partícipe de la coordinación regional represiva, y al canciller de la dictadura, Juan Carlos Blanco, como involucrado en el tráfico de armas a través del río de la Plata y en la colocación de agentes de inteligencia en cargos diplomáticos.

Como en Chile, algunos jueces se atreven a quitarle espacios a la impunidad, estimulados por el clima creado por las nuevas autoridades políticas, que sucedieron a cuatro gobiernos de centroderecha. Un tribunal uruguayo reactivó, el 30 de marzo último, el expediente sobre el asesinato en 1976, en Buenos Aires, de dos legisladores y dos militantes tupamaros. La causa se había archivado por prescripción, pero la fiscalía penal apeló con éxito, y mantuvo el pedido de procesamiento en contra del ex presidente Juan María Bordaberry y su ministro Blanco.

Es iluso pensar que se esté verdaderamente en la activación de una suerte de dispositivo judicial anti-Cóndor. Las puntadas de las justicias de los Estados del Cono Sur pueden recoger varias hebras, pero no son sistemáticas. Por eso las preguntas pertinentes tienen que ser más bien puntuales. ¿Cuán lejos será capaz de llegar la justicia uruguaya, así como la argentina, en sus autos de procesamiento y fallos condenatorios? En Chile, el juez Madrid tiene la cancha abierta, después del pase que se le hizo desde Montevideo en el caso Berríos, pero no todo dependerá de su celo. Las actuaciones de los defensores y diversos querellantes y, en definitiva, de los impredecibles árbitros serán también decisivas para que la contienda se resuelva no sólo a favor de la verdad, sino también en contra de la impunidad en las más altas esferas.