Michelle Bachelet y Andrés Velasco escucharon, en la mañana, las buenas noticias de haber ganado el “kino” del precio del cobre a tres dólares la libra. Los estupidanleses son seres tristes, amargados, pesimistas, envidiosos del triunfo ajeno, por esa causa, ni siquiera pueden estar felices con tan buena noticia. Los envidiosos de la derecha política comienzan a desarrollar sus apocalípticas profecías de desgracias sin fin: el dólar está por suelos; habrá que quemar las uvas y demás frutas; los salmones morirán de puro viejos y gordos, al no poder ser embarcados; los campesinos emigrarán a la capital de Estupidilandia, quitándole el hueco a los emigrantes peruanos, en la Plaza de Armas, provocando un conflicto internacional.
La solución está a la vuelta de la esquina: no cambiemos ni un dólar, dejémoslos en custodia en el seguro Banco Riggs, nuestros nietos podrán gozar de los intereses; qué importa que nos freguemos en el presente. Un estupidanlés muy ignorante, propone derogar la ley de la oferta y la demanda; recuerdo que el Queque Sanhueza, secretario de Pablo Neruda, le respondió a una señorita muy pedante, que le preguntaba si había leído La crítica de la razón pura, del latero de Kant, y él, parsimonioso, le respondió: “no, pero vi la película”.
La derecha es inteligente y práctica: sabe muy bien que las oportunidades surgen durantes las crisis, por consiguiente, nada mejor que invertir en Exxon, cuyo gerente devenga un sueldo de 150.000 dólares diarios; cómo no nos va a tocar un cachito, dicen los monopolistas chilenos. No se les ocurre nada mejor que proponer que las AFP inviertan en el extranjero gran parte de los fondos de pensiones, que sólo los ingenuos creen que son de todos los chilenos. Es seguro, que si compran acciones de Arabia Saudita y Venezuela, sus gerentes se harán millonarios. A especular, que el mundo se va a acabar.
Lo siento querido Marco, no creo que la vida sea una lotería. Recuerdo que mi padre, Rafael Agustín Gumucio, un político pobrete, de esos que hay que buscar con lupa en el Chile cínico y plutocrático de la actualidad, compraba todos los días un número de la lotería, porque quería dejar a sus hijos una jugosa herencia y costearnos un viaje en fenomenales Cruceros. Al fin, me dejó un pijama y un apellido honorable, que vale más que el oro, la plata, el cobre y el petróleo. Nadie puede quitarle a los pobres, al menos, los sueños y la esperanza; sigan comprando un numerito de la lotería.
Rafael Luis Gumucio Rivas