Suspiro limeño por la Concertación

Frente al desafío ultranacionalista, la clase política peruana alienta ahora una coalición social demócrata – social cristiana, como la chilena,  que le salve de una nueva derrota presidencial y dé gobernabilidad a un país que en los últimos dieciséis años se ha inclinado por líderes inorgánicos –Toledo- o antidemocráticos –Fujimori-. Es curiosa esta otra referencia a un vecino que todos los candidatos se esfuerzan en denostar.   

  

El enorme interés con que se ha seguido en Chile, tal como en otros países de América, el proceso electoral peruano se funda en la preocupación por el  futuro de las relaciones vecinales, pero también en la confirmación de un camino que están siguiendo algunos de los pueblos más postergados de la región. El modelo que impera en el conjunto de ella arroja, también en Perú, buenos resultados macroeconómicos, pero no consigue, como en muchos otros países, beneficiar a vastas capas populares y medias y eso es algo que se está escuchando cada vez más en los foros económicos continentales, como en la reciente asamblea de gobernadores del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en Belo Horizonte.
 
El triunfo del ultranacionalista Ollanta Humala en la primera vuelta electoral, aunque esmirriado y precario e insuficiente para asegurar su victoria definitiva, responde al mismo clamor que posibilitó, anteriormente, la irrupción de otros candidatos populistas o inorgánicos, ajenos a las corrientes políticas tradicionales, como lo fueron Alberto Fujimori en los ’90 y Alejandro Toledo en 2001. El pueblo peruano parece proseguir una búsqueda desesperada de un líder que, encabezando un movimiento renovador, los saque de la pobreza, pero sin romper del todo con las figuras persistentes de la social democracia y el social cristianismo. Los abanderados de estas corrientes ya disputaron el segundo lugar en la elección presidencial anterior y ahora el duelo se repite, ayer ante Toledo, hoy frente a Humala. 
 
Para Chile, el “etnocacerismo” de este último no puede sonar sino a revanchismo histórico, ya por el hecho de tomar ese movimiento nacionalista el nombre del general Andrés Avelino Cáceres, quien resistió, al frente de grupos indígenas, la ocupación de Lima por las huestes del general Manuel Baquedano, a partir de enero de 1881, durante la Guerra del Pacífico. También el teniente coronel en retiro Humala se declara seguidor del general Velasco Alvarado, quien en 1975 estuvo a un tris de dejarse tentar por una aventura bélica con el país que gobernaba Pinochet.
 
Está claro que más tranquilizadora sería una victoria del aprista Alan García. No sólo porque, convencido de la mayor potencialidad comparativa de su país, promueve una legítima competitividad económica con Chile –aunque disruptiva para los fines de la integración que el Apra ha proclamado desde su fundación-; también porque cuando gobernó, desastrosamente, entre 1985 y 1990, no fue un vecino molesto. Además, en su última visita a Santiago, en diciembre antepasado, se esforzó en reanudar las relaciones históricas del aprismo con los socialistas chilenos, deterioradas después que éstos también se dejaran seducir por la figura del “cholo” Toledo, que vieron como un recambio frente a la suya, muy desprestigiada. Ahora, al confirmarse la resurrección política de García y de ganar éste finalmente las elecciones –si su levísima ventaja frente a la candidata derechista para pasar a segunda vuelta no continúa estrechándose-, los dirigentes del PS y el PPD locales podrán sentir que un nuevo alfiler centroizquierdista se clava en el mapa de Sudamérica.
 
Con Lourdes Flores se avizora igualmente una relación bilateral civilizada, o al menos dentro de los cánones habituales, que incluyen embestidas periódicas por los límites marítimos y el sedicente armamentismo chileno. Pero mientras de define cuál de los dos candidatos del establishment irá al balotaje, una nueva alusión al vecino del sur toma cuerpo en la campaña electoral. Los dos candidatos de la clase política necesitan unirse para derrotar a su nuevo desafiante y como cualquiera de ellos puede enfrentarlo han iniciado un “enamoramiento” con vistas a forjar una alianza que le dé gobernabilidad al país. El referente es la experiencia de la Concertación chilena, la que Alan García ya había invocado sin éxito ante Toledo cuando éste le ganó por 53 contra 47 por ciento de los votos en 2001.
 
Una versión peruana de la coalición social demócrata – demócrata cristiana que gobierna aquí se diferenciaría por el hecho de que allí esta última tendencia encabeza una alianza de derecha, la Unidad Nacional, tercera fuerza en el nuevo Parlamento de 120 escaños (con 19), después del partido Aprista (35) y la Unión por el Perú de Humala (43). El partido Social Cristiano mismo ha representado siempre una opción más conservadora que en Chile, tal como en varios países de América Latina y Europa. Pero en el reivindicacionismo chovinista teñido de tonos militares de Humala –que junto con exacerbar el componente antichileno de todas las candidaturas, no se declara de izquierda ni de derecha, sino “de abajo”- la centroderecha ve también un peligro antidemocrático. Al punto de querer sumar en contra de él incluso las fuerzas del fujimorismo (con 18 escaños en el fragmentado Congreso recién elegido, donde el partido del Presidente Toledo quedó sin representantes).
 
La especificidad de los procesos políticos vividos en Perú hace que la comparación con el vecino se funde más que nada en un “suspiro limeño” por emular su estabilidad. Después de dieciséis años de transitar caminos erráticos, ¿no será un poco tarde para el Perú la solución de una multipartidaria frente al cansancio de una parte significativa de su ciudadanía por la clase política que la ha gobernado sin éxito?