Gonzalo Rojas, el amigo

Estoy frente a la puerta de la casa del poeta Gonzalo Rojas, en Chillán, bajo el sol templado de marzo. El blancor de la fachada deslumbra sólo un poco, porque atenúa su brillo la reja de metal y ladrillo que separa la entrada de la edificación de dos plantas. Me parece que es modesta, con poco frente. Pero cuando franqueo la puerta percibo que el solar es largo, muy largo, con la construcción pegada a un costado y, al otro,  un jardín multicolor repleto de rosas, está roto en el centro por un pasillo de pastelones de cemento.

Me encuentro hipersensibilizado, porque a sólo dos manzanas de la calle El Roble, en el Chillán de mis ancestros, mi madre agoniza inexorablemente a sus 92 años de edad.

            “Yo creo que el mejor brindis se hace con un buen pipeño de Chillán”, le dije a Gonzalo unos días antes,medio de sorpresa, en el Patio de Los Naranjos, en el Palacio de La Moneda, cuando le encontré junto a Jorge Edwards apurando el mosto exquisito de celebración de la Transmisión del Mando entre Ricardo Lagos y Michelle Bachelet. Era un día histórico y no cabía otra alternativa que brindar con tinto la reanudación del camino de la ilusión. Pero, para mi, también era un día distinto por encontrarme con grandes de la creatividad literaria. “Hola, Miguel Angel”, me respondió el poeta, demostrandome que a sus 89 años mantiene una mente tan lúcida como para acordarse de los amigos menores. Edwards, a quien  veo más seguido en la España que me acoge desde hace 27 años, me estrechó la mano, dijo un par de frases más a su colega y nos dejó ahí, en medio del bullicio internacional de los celebrantes.

            Comenté a Gonzalo que respiraba de nuevo ese aire de ilusión y esperanza diferente en el Chile de hoy. Pero, a la vez, de las inquietudes de que los vientos del progreso puedan ser repelidos con fuerza por los derrotados que no aceptan nunca  tal derrota.

            “¿Vas a Chillán?”, me preguntó el poeta. Y le respondí afirmativamente. Unas horas antes, mi hermano Raúl me llamó para decirme que la velita de mi madre comenzaba a apagarse, a extinguirse irremediablemente. “Vente en mi avión”, agregó, “que llega a Concepción, pero ahí me esperan en auto y nos vamos para Chillán”.  Le agradecí el gesto, pero ya había quedado con unos sobrinos para viajar en tren esa misma noche. De modo que le prometí visitarlo días después.

            Y aquí estoy, entrando en su vivienda, en el lugar donde se respira Hilda por los jardines, donde los colores fuertes de las rosas se mezclan con la ternura que le dejó en el alma.

            Detrás mío, mi sobrino político Daniel, con sus ojos de chino más abiertos que nunca, descubriendo el nido de uno de los poetas más grandes de nuestra literatura castellana, que ha sido galardonado en tantos países y que es leído en tantas lenguas.

            Soy periodista. Daniel, también. Pero ambos sabemos que con Gonzalo Rojas no se juega, porque no le gustan las entrevistas. Más bien, me ha marcado una respuesta suya cuando dijo hace unos años: “Lo que me harta hasta el hartazgo es el relumbrón de esa liturgia, la confidencia, el sobajeo, lo clownesco del figurón y también del preguntón, el antes de mi, el después de mi: esa impostura”.  Yo no le quiero entrevistar. Quiero recordar con él. Simplemente recordar momentos tan importantes para mi y que él adorna con la sencillez del maestro.

            Por ejemplo, cuando llegamos con mis hermanos Enrique y Carlos a Cuba, al infamante exilio, y Gonzalo Rojas junto a su amada Hilda, nos recibieron en la que fue la Embajada chilena. El era el responsable de la legación diplomática cuando el Golpe del ’73. Y siguió siéndolo hasta varios meses después, cuando el grueso del exilio que recibieron los cubanos ya estaba acogido. Esa bienvenida fue natural, sencilla, sin lloriqueos ni resquemores. Fue tranquila, de tertulia fácil, buscando explicaciones a lo inexplicable.  Su afecto, transmitido en los gestos suaves de su palabra, se me grabó profundamente hasta hoy.

        Gonzalo e Hilda se fueron a poco andar el ’74 hasta la República Democrática Alemana, porque debía asumir la Cátedra de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Rostok. A finales de ese año llegué yo al Berlin del este y nos volvimos a encontrar.  Al año siguiente se fue a Venezuela, porque le reclamaban desde la Universidad Simón Bolívar. “Allí, en Venezuela, fui feliz”, nos dice junto a un suspiro que ahoga con un sorbo de café que nos bebimos lentamente en la terraza. Ambos estabamos de frente a las rosas y, como para ocultar sus pensamientos y recuerdos, me agrega: “Tengo 500 rosas, de distintos tipos. Hicimos el recuento hace unos meses…” Y el recuerdo de Venezuela se esfumó por los aires, impulsado por la brisa  que comenzaba a levantarse al entrar la tarde. 

        Unos ahogados martillazos, provenientes de un entramado en construcción hacia el fondo del patio, me hace exclamar: “¿Y ese palomar que estás levantando…?”.  “Ah, exclama, es una pieza más, construída en alto para mirar más lejos…¡vamos a verla!”. Y subimos las escaleras hasta quedarnos en la puerta de una amplia habitación de madera, donde un maestro martillaba sobre los últimos clavos  en el ventanal. 

        Gonzalo Rojas va construyendo su casa poco a poco…la va ampliando, la va haciendo más curiosa y bella. Me recuerda otro poeta que en Isla Negra lo fue haciendo igual, pero con otro estilo. Gonzalo elige los colores de la alegría, de la vida llena de esperanzas. Los suelos de baldosines van a juego. Y los muebles también. Justamente, otro maestro de las habilidades manuales, se encuentra arrodillado restaurando un precioso velador.

        “Vengan..vengan…”,dice el poeta, entusiasmado con la conversa. “Vamos a recorrer la casa”. 

        Se pone delante nuestro y camina lentamente, hablando en forma suave pero con contundencia, como el guía que dirige a los turistas en el Pergamon Museum del Berlín de entonces.  

        Le miro y no me lo imagino hace 60 años, cuando era Inspector en el Internado Nacional Barros Arana, en Santiago. Mis hermanos y yo pasamos por ese colegio y recordamos siempre con sonrisas  las tremendas barrabasadas que hacíamos a espaldas de los inspectores (“Serruchos” les llamabamos). ¿Se las habrán hecho a él también?. Seguro que si, porque un poeta es un poeta, y las cuestiones banales y frívolas de los muchachos no les distraen demasiado.

        “Este es un saloncito con espejos, para que la luz se multiplique”…nos dice entrando a un lugar estrecho -bueno, toda la casa es estrecha y larga- pero curiosamente iluminado. Vemos muebles antiguos,  de estilo, que “pegan” justo con el ambiente que ha querido crear su propietario. 

        Y así vamos pasando por las distintas habitaciones, varios dormitorios, donde el poeta duerme muy a menudo: “Hay que dormir en distintas camas cada día…”, nos dice con un halo de misterio y picardía. Son camas grandes, confortables, rodeadas de espejos y de cuadros antiguos. 

        ¡Ah, y tiene dos cocinas!. Una de ellas es de leña, maciza, de hierro negro y tubos brillantes. Cazos y cuencos cuelgan en las paredes. Más me parece un adorno campestre, antiguo, porque se ve limpia, pulcra.  La otra, la del gas de la modernidad, está más llena de cacharros, de platos y utensilios. En un pasillo, cerca de la biblioteca principal, veo una foto en sepia, antigua, con un viejo vapor echando humo por su chimenea: “En ese hice mi primer viaje largo”, nos dice con suavidad, evocando juventudes e ilusiones. Pasamos a otro dormitorio, con muebles y cama de la China. Seguro que es de épocas antiguas, diplomáticas, del poeta.  Espectacular madera maciza, me parece de rojo caoba. Y entre esa habitación y el baño, otra pequeñita, con una mesita bajo el ventanuco y banqueta recubierta por un amplio cojín: “Aquí es donde escribo…” nos dice con sonrisa cómplice.  Pero, de verdad, al recorrer las demás estancias y ver un par de  salas más amplias, con libros (más de 30 mil ejemplares de todo tipo) y mesitas repletas de papeles, sospechamos que Gonzalo Rojas escribe por todas partes, cuando le da la gana. No espera inspiraciones, porque la lleva siempre dentro. Sino que espera momentos. Por eso su obra es tan prolífica. Por eso se le reconoce en todas partes. Por eso le nombran “Doctor Honoris Causa” en 25 universidades de todo el mundo.

        Hablamos de todo y de todos.

        Hablamos, simplemente.

        Recordamos con cierta nostalgia nuestras “épocas allenderas” , los “duotos” de Rojas con Roberto Matta. Y saltamos la cordillera para situarnos en Buenos Aires, “la capital cultural”, nos señala con rotundidad. Evocamos a la  Reina de España, que es una seguidora impenitente de la obra del chileno. Nos hace escuchar una intervención suya en la Residencia de Estudiantes de Madrid, editada en CD, que le grabaron subrepticiamente hace unos años…y nos enseña una foto ampliada, pegada a la pared, en donde aparece de joven, indicando con su mano derecha el lugar donde estaba la mina de carbón donde trabajaba su padre, allá en el Lebu de sus orígenes.

         En fin, comentamos cosas y cosas. De esto y aquello. Del ayer y de la actualidad, sin demasiadas profundidades. No quiere profundidades. No quiero profundidades. Yo quiero vivir ese reencuentro con mi amigo, con Gonzalo…con elpoeta.  Lo demás, ya lo conozco.

        El recorrido finaliza en la puerta de salida. Hemos andado más de 60 estrechos metros de salas, habitaciones, baños y cocinas construídas en distintos planos. Pintadas con alegría. Con espejos y ventanales. Y salimos de nuevo al jardín, donde se entremezclan los colores de las rosas, con los olores de las reminiscencias. Un abrazo y un hasta pronto. 

          Nosotros a la vigilia de los últimos días de mi vieja. El poeta a preparar de nuevo su maleta: Estados Unidos y Parma  le esperan. Y eso que ya los noventa están a la vuelta de la esquina.