Después de mí, el diluvio

Esta frase del Rey Sol, tan egoísta como previsora, podría ser aplicada a nuestro monarca, hoy ciudadano profesor Ricardo Lagos. Como el Rey francés, Ricardo I logró llevarse todos los cortesanos políticos –los Tironi, los  Brunner, los Viera-Gallo, los Gute, y  una  caterva de guatones apitutados- al Versalles mapochino; allì, ociosos, asistían a las matutinas ceremonias  de aseo  del rey.

Tironi le leía escritos en los cuales  acusaba  a los  ecologistas de ser terroristas y enemigos de las modernas autorrutas, construidas bajo el reinado del profesor,  (bastó un taco en los  accesos para que  los tontilandeses de la arribista clase  media se pusieran a reclamar por  el aumento de las tarifas); al patero de Tironi poco le importa que se caiga un puente en la alejada zona de Constitución, que unos frescolines se roben dinero de la CORFO y se ríe, por enésima  vez, del fomìsimo chiste del florero. Así es nuestro Luis XIV chilensis.

Si bien no tiene a Moliere que se burle  de los nobles de la  corte, en El Tartufo, si cuenta con una serie de actores de comedias de televisión obsecuentes que, por cierto, no son del gusto de los cultos nobles de palacio, pero entretienen a los borregos votantes que, desde la dictadura  de Daniel López Pinochet, les practicaron la lobotomía, que no les permite distinguir las  verdades o mentiras  que se publican en los medios de comunicación, sean escritos u orales. Basta que Pierre Richard Somerville, un exitoso banquero, diga que Luis XIV es el mejor gobernante de Chile para que todos los borregos, como el coro griego, repitan al unísono las laudatorias frases de nuestro de Pierre Richard. No es para menos: a los bancos les ha ido fantástico y los pobres “mierda, mierda”, como dice la canción; claro que esta mierda es menos putrefacta, pues la producen seres del “país más rico y ordenado  de América  Latina”.
 

El Rey Sol tenía la prerrogativa propia de las monarquías de derecho divino: sus hijos eran los herederos del trono; claro que Luis XV y Luis XVI resultaron un desastre: al último de ellos, la plebe francesa le cortó la cabeza. Nuestro profesor no es monarca vitalicio, por consiguiente, los borregos, aburridos de los retos  paternales y profesorales de Ricardo I, buscaron elegir a una  tierna e inteligente mamá, que se ocupara de sus miserias, que no se atrevían a confesar al gruñón profesor, hoy ciudadano Lagos.

Michelle Bachelet, como buena mujer, le gusta comenzar temprano su diaria labor y, como debe mantener el hogar, planifica treinta y seis medidas y, además, como es matea y cumplidora, parece que, a diferencia de sus antecesores, las va a llevar a cabo. Es aquí donde se descubre que el reinado de nuestro Luís XIV Lagos eran más fiestas, fuegos de artificio, inauguraciones de carreteras y millones y millones de dólares regalados por los emperadores del Catay, contra el envió de lingotes de cobre. Ya no basta con la música de Rameau: ahora se impone el cinismo de su sobrino, conocido por Diderot, en la obra Le neveu de Rameau; Michelle Bachelet pide un informe sobre medio ambiente y se descubre que se ha hecho muy poco en esta àrea. Como era evidente, el sistema de AFP e ISAPRES no puede continuar aprovechándose de los trabajadores, por lo tanto hay que cambiar, radicalmente, el sistema de previsión de los chilenos, so pena de que la mayoría termine tan miserable como Diógenes de Sincopé  y tenga que vivir en un tonel, pidiendo limosna. Todo era fuego de artificio y propaganda.

Una serie de nombres no fueron considerados por la reina Michelle y, como ya llevaban más de varios lustros en el ocio del poder y. como no están acostumbrados a desempeñarse en trabajos “viles”, realizados por los burgueses del “tercer Estado”, se les ocurrió inventar una nueva Fundación que atrajera dineros de agencias extranjeras y les permitiera criticar, en papers, a los nuevos ocupantes del Versalles mapochino. Ojalá les vaya bien a los prohombres de Luis XIV Lagos. Total, después de mí, el diluvio.

Rafael Luis Gumucio Rivas