La televisión, como cualquier actividad que se desenvuelve en el competitivo mundo de los negocios, debe innovar y sacar nuevos productos cada temporada. El problema está en la copia inmediata del producto exitoso por parte del competidor, lo que convierte a la televisión en versiones similares de un mismo tema. Pasa con los matinales, con las telenovelas, pasa con los informativos y el contenido de estos informativos. La última novedad para la temporada otoño-invierno está en el reportaje denuncia. Con toda la tecnología y paciencia, aunque con muy poca sapiencia, los canales han sacado a los reporteros con sus cámaras ocultas a denunciar delitos y descubrir nuevas variaciones al viejo recurso del robo y la estafa.
No sé si han conseguido desmantelar redes o moralizar a la población, pero sí –y la repetición del tema lo constata- entretener o cautivar a la audiencia. Pero el nuevo espectáculo, que no se presenta como tal, sino como ejemplo moralizante o acción de defensa ciudadana, se pisa la cola.
De partida, a nadie le consta que este nuevo rubro tenga alguna incidencia en la reducción de estos nuevos delitos. En seguida, podemos decir que aquí pagan justos por pecadores: todo aquel que aparece en la cámara está acusado a priori, sin juicio de por medio, lo que más que una defensa parece ser una condena previa. No hay la más mínima presunción de inocencia. Todo vale por el rating.
Pero no es lo único. Al exponernos a estos reportajes lo que salta a la vista es lo que no se dice. No sólo la picardía del chileno, que en términos más modernos, podría calificarse como nuestra capacidad de emprendimiento. Se trata de nuevos emprendedores, grandes innovadores, que podrían, con las posibilidades del caso, estar en los mercados internaciones ofreciendo sus creativos servicios. Los intelectos que están detrás de estas complejas redes de estafa podrían perfectamente estar diseñando nuevas formas –legales éstas- de servicios financieros, seguros o estrategias de comercialización.
Lo que no dice la televisión –no le pidamos peras al olmo- es que todos estos nuevos negocios surgen desde la informalidad y el desempleo. No se trata de delitos generados desde el clásico mundo criminal, sino desde personas con cierta formación reclutadas hoy en día en el amplio universo del desempleo y el subempleo. Es posible moralizar, pero es mejor reflexionar.