Los partidos, como las personas, cuando llegan a viejos no pueden recuperar sus sueños juveniles: nada más ridículo que los Congresos ideológicos cuando el neoliberalismo ha logrado transformar la política en un artículo suntuario. El socialismo comunitario de Emmanuel Mounier y las encíclicas de los Papas simplemente no encajan en el Chile de “sálvese quien pueda”.
Antiguamente podíamos relacionar los partidos demócrata cristianos con los avances de la iglesia: Juan XXIII y Paulo VI eran mucho más revolucionarios que el freísmo.
Hoy, a la iglesia le importan poco los problemas sociales y, su principal preocupación son los llamados problemas morales: el aborto, el divorcio, la píldora del día después, el matrimonio gay y la eutanasia. En este plano valórico, la Democracia Cristiana aporta muy poco. Ya no se puede pensar en juntas nacionales, como la de Peñaflor, en la lucha entre fracciones ideológicas, como los rebeldes, terceristas y oficialistas; hoy, los revolucionarios Mapu se han convertido en gatos amaestrados del pragmatismo.
El colorín Zaldívar logró salvar a la Democracia Cristiana del despeñadero en que la dejó el fin del gobierno de Lázaro Frei. Si bien el Partido perdió algunos parlamentarios emblemáticos, en la última elección, hábilmente Adolfo Zaldívar logró imponerle a la Abeja Reina Bachelet un predominio de la Democracia Cristiana en todos los escalones burocráticos del gobierno: los dos ministerios principales, mayoría de gobernadores e intendentes y jefes de servicio; si bien la DC ya no posee el carácter de cruzada, de partido ideológico, ya no cree en el vuelo del cóndor, al menos asegura su vejez consolándose con el calor del poder y de los salarios fiscales, para pasar los fríos inviernos.
Los candidatos a presidencia del Partido representan los clásicos sectores de la Democracia Cristiana: es seguro que el ingeniero de puentes, el lenguaraz Pablo Lorenzini, resultará derrotado y la disputa se centrará, una vez más, entre el heredero del príncipe Zaldívar, el diputado Jaime Mulet y la repetitiva y aburrida Soledad Alvear que, en pocos meses, ha ido bajando su popularidad desde candidata presidencial, presidenta del senado y, que al fin, se queda con el premio de consuelo de presidenta de un partido que parece condenado a mucho más de cien años de lejanía del poder. Sean democráticas o no, las elecciones en los partidos políticos, estas juntas, congresos o encuentros, lo único que hacen es confirmar la baja valoración popular respecto de los partidos y de la clase política, que no son más que una feria de vanidades donde se exponen los eternos ambiciosos de poder. ¡Malo para la democracia!
Rafael Luis Gumucio Rivas