Un informe de Amnistía Internacional difundido este 8 de marzo revela que Chile mantiene en su legislación normas que discriminan a la mujer y cita, concretamente, la custodia de los bienes conyugales en las manos –éste es un decir- del marido. Amnistía compara esta ley con otras, como que en Camerún es el marido quien decide si la mujer trabaja o no y en Sudán se permiten los matrimonios forzados. En Chile éstas no son leyes, pero forman o formaban parte de un extenso catálogo no escrito.
Contrasta la información con lo que sucede hoy en nuestro teatro de operaciones político, que exhibe como primera estrella a una mujer, lo que nos lleva a pensar desde dónde se escribe la historia. ¿Desde el poder o desde la acción o la base social? Tal vez se traza, digamos, me pregunto, desde el fondo de las capas sociales para emerger un poco más esbozada hacia o entre los estratos del poder. Tal vez, propongo, estaba ya escrita y bien escrita hace años entre aquellas hondas capas sociales. Pero eso no hace historia.
La mujer en la primera línea política de un país con una legislación que la discrimina desde la misma familia. ¿Cómo se entiende este desaguisado? Habrá ciertas distorsiones, los cambios sociales van a la vanguardia de las leyes y, claro está, de los legisladores, quienes conforman la retaguardia y, en no pocas cuestiones, bien sabemos, también la reacción. La presidenta es un caso representativo, y hasta alegórico, así lo deseamos, de aquellas transformaciones que hoy emergen desde las profundidades del tejido social. Michelle Bachelet, que forma parte del poder político, qué duda cabe, forma también parte de aquel fluido transformador que ha salido a flote. La figura de la Presidenta, que es hoy en día la del poder público, político, repito, representa también aquellas otras fuerzas transformadoras en florecimiento, las que han debido enfrentarse con los poderes discriminadores evidentes o invisibles, escritos o no escritos. Su biografía, política y personal, empata, no sin dolor, con la energía de nuestras tardías pero ya ciertamente sólidas innovaciones culturales y sociales. Y aquí radica su histórico valor.