El precipitado pedido de dos voceros de verano de la derecha de que Chile retirase sus tropas de Haití, en vista del fracaso del proceso eleccionario cautelado allí, sólo sirvió para poner de relieve el papel de los chilenos que actúan en el convulsionado país en el marco de organismos internacionales.
Como lo pormenorizaron diarios de la importancia de “Clarín” de Buenos Aires, Juan Gabriel Valdés y José Miguel Insulza (ambos socialistas) participaron activamente en la solución de la crisis electoral haitiana, logrando –junto a la decisiva participación de Brasil y las autoridades provisionales locales- que un reticente Consejo Electoral proclamase la victoria de René Préval, lejos el candidato más votado. Pero, junto a las críticas de corto alcance de dos diputados de la UDI, resurgieron las de dirigentes comunistas nacionales, que tienen más que ver con la génesis y el sentido de la presencia de 578 efectivos militares chilenos en la isla caribeña.
Como lo recordó el Presidente Ricardo Lagos en un artículo publicado el domingo último, su gobierno accedió a un pedido de la Organización de Naciones Unidas que no podía desoír, no sólo porque Chile era miembro de su Consejo de Seguridad, sino que –argumentó- por haberle dicho antes que no a Estados Unidos, cuando intervino en Irak al margen del multilateralismo legal.
El punto es que las conciencias de izquierda del mundo tienen motivos para suponer que, en los hechos, Lagos apareció accediendo también ante sus colegas Bush y Chirac, que cohonestaron un golpe de Estado en contra del Presidente Bertrand Aristide y necesitaban seguir sacando las castañas del fuego con la mano del gato. O, dicho en términos más positivos, Chile apareció junto al Brasil de Lula encabezando la solidaridad con el país más pobre del hemisferio, relevando así América Latina al Washington imperial y a la metrópolis colonial en sus conductas históricas de intervencionismo y despojo.
Más allá de escrutar motivaciones y de juzgar juegos de sustitución, el hecho concreto es que Chile se embarcó en una misión de paz y estabilización de la que no podía salirse sólo porque el proceso electoral dio lugar –previsiblemente- a más convulsiones de un pueblo acostumbrado a vivir en la violencia. Tal vez un símil puede hacerse con la conducta chilena ante la invasión de Irak. Si en realidad Lagos sólo le pidió a Bush un retardo en el envío de sus tropas al país gobernado entonces por Saddam, ante el mundo quedó como el aliado que disintió, pese a que en esa época se estaba cocinando un Tratado de Libre Comercio que a Santiago podía interesar más vitalmente que a Washington.
Desde entonces, el prestigiado gobernante sudamericano ha extraído todas las consecuencias de su actitud reticente. Lo mismo cabe ante el caso haitiano: Chile es un país serio y cumple sus compromisos y si fue capaz de desembarcar tropas a 72 horas del llamado de la ONU, cumplirá con el plazo de permanencia que ese organismo y las autoridades legítimas del socorrido país acuerden finalmente. Todo lo que se añadió –que el gobierno de la Presidenta Bachelet y el nuevo Congreso tendrán la palabra- apareció secundario ante lo indiscutible: serán el Presidente Préval y el Primer Ministro del gobierno que surja de la votación parlamentaria aún en recuento los que tienen el derecho a zanjar la cuestión.
También todo lo que se diga en cuanto a que el resultado fue amañado, para evitar un desborde popular, carece de caridad y de realismo. Las oscuras fuerzas que se expresaron en al menos nueve de las 32 candidaturas presidenciales y, sigilosamente, a través del Consejo Electoral fueron derrotadas por entusiastas 2,2 millones de votantes (¿casi un 5 por ciento de ellos vivió penosos desplazamientos y esperas sólo para votar en blanco?) y por muchos de los 8 millones de habitantes (la mitad de ellos analfabetos) que protestaron porque se manipulaba el recuento.
La solución –atribuida al panzer que de La Moneda se trasladó a la OEA- es apenas una torcedura de nariz a un sistema electoral insuficiente, que exige mayoría absoluta para la primera y segunda vueltas, en circunstancias que la validación de los votos blancos y nulos puede llevar a que no haya nunca un vencedor.
El punto es que las conciencias de izquierda del mundo tienen motivos para suponer que, en los hechos, Lagos apareció accediendo también ante sus colegas Bush y Chirac, que cohonestaron un golpe de Estado en contra del Presidente Bertrand Aristide y necesitaban seguir sacando las castañas del fuego con la mano del gato. O, dicho en términos más positivos, Chile apareció junto al Brasil de Lula encabezando la solidaridad con el país más pobre del hemisferio, relevando así América Latina al Washington imperial y a la metrópolis colonial en sus conductas históricas de intervencionismo y despojo.
Más allá de escrutar motivaciones y de juzgar juegos de sustitución, el hecho concreto es que Chile se embarcó en una misión de paz y estabilización de la que no podía salirse sólo porque el proceso electoral dio lugar –previsiblemente- a más convulsiones de un pueblo acostumbrado a vivir en la violencia. Tal vez un símil puede hacerse con la conducta chilena ante la invasión de Irak. Si en realidad Lagos sólo le pidió a Bush un retardo en el envío de sus tropas al país gobernado entonces por Saddam, ante el mundo quedó como el aliado que disintió, pese a que en esa época se estaba cocinando un Tratado de Libre Comercio que a Santiago podía interesar más vitalmente que a Washington.
Desde entonces, el prestigiado gobernante sudamericano ha extraído todas las consecuencias de su actitud reticente. Lo mismo cabe ante el caso haitiano: Chile es un país serio y cumple sus compromisos y si fue capaz de desembarcar tropas a 72 horas del llamado de la ONU, cumplirá con el plazo de permanencia que ese organismo y las autoridades legítimas del socorrido país acuerden finalmente. Todo lo que se añadió –que el gobierno de la Presidenta Bachelet y el nuevo Congreso tendrán la palabra- apareció secundario ante lo indiscutible: serán el Presidente Préval y el Primer Ministro del gobierno que surja de la votación parlamentaria aún en recuento los que tienen el derecho a zanjar la cuestión.
También todo lo que se diga en cuanto a que el resultado fue amañado, para evitar un desborde popular, carece de caridad y de realismo. Las oscuras fuerzas que se expresaron en al menos nueve de las 32 candidaturas presidenciales y, sigilosamente, a través del Consejo Electoral fueron derrotadas por entusiastas 2,2 millones de votantes (¿casi un 5 por ciento de ellos vivió penosos desplazamientos y esperas sólo para votar en blanco?) y por muchos de los 8 millones de habitantes (la mitad de ellos analfabetos) que protestaron porque se manipulaba el recuento.
La solución –atribuida al panzer que de La Moneda se trasladó a la OEA- es apenas una torcedura de nariz a un sistema electoral insuficiente, que exige mayoría absoluta para la primera y segunda vueltas, en circunstancias que la validación de los votos blancos y nulos puede llevar a que no haya nunca un vencedor.
Dicen que en todos los sistemas del mundo esos sufragios no se consideran, tal como ocurre en Chile, y que los belgas los reparten proporcionalmente entre todos los candidatos, tal como se acaba de hacer en Puerto Príncipe. Más que esas argumentaciones, lo que importa es que los haitianos se volvieron a pronunciar con claridad, y aproximadamente en el mismo sentido partidista en que lo vienen haciendo desde la primera elección, en 1991, de Bertrand Aristide. El hoy ungido por segunda vez Presidente, René Préval, fue colaborador del primer Mandatario democrático de un país que necesita menos de ingeniería electoral que de la acogida de la voluntad popular. Así como ahora el debate en Chile debe ser menos sobre la mantención de tropas en suelo haitiano que sobre cómo una nación relativamente más madura ayuda a otra a sobrevivir en su inseguridad ante la pobreza, las plagas y el caos.