La prolijidad con que Michelle Bachelet armó el elenco ministerial que la acompañará en su gobierno, de acuerdo a los parámetros que ella había anunciado durante la campaña, demostró su firme determinación de ejercer las prerrogativas del mando supremo con autonomía del “establishment” de la Concertación y con la divisa de realizar lo ofrecido al país. Que este estilo de conducción entraña riesgos ya se vio en las reacciones a su anuncio, pero a juzgar por los modos y contenidos evidenciados e incluso por el manejo de los tiempos, está claro que se trata de riesgos perfectamente calculados, que tienen por fin lograr “un recambio en la continuidad”.
¿De qué otra manera podría verse la matemática paridad de género en la lista de Bachelet, la combinación de experiencia y savia más nueva del tronco multipartidario y el equilibrio logrado en la representación de las colectividades que dan sustento al gobierno y las corrientes internas que las atraviesan? A tanto llegó el juego de representaciones que tal vez por dinámica propia y no con intención preconcebida, el gabinete ostenta ocho humanistas cristianos, nueve humanistas laicos o agnósticos y tres de cultura judía. El dato podría ser puramente anecdótico si no se recogiera después que el candidato derrotado de la derecha hiciera de su sedicente “humanismo cristiano” una de las banderas que más interesadamente agitó durante la campaña. Además, el dato confirma la ausencia del Mapu en el cuarto gobierno de la Concertación, ya que de las ocho figuras del PS-PPD sólo una –la nueva ministra de Economía- pasó ingrávidamente por ese influyente desprendimiento de la Democracia Cristiana de fines de los años 60. No hay “social demócrata cristianos” en el elenco de Bachelet que reproduzcan esa concomitancia en La Moneda con el gutismo que los adolfistas quisieron llamar “el Mapu-Martínez”.
Tal vez donde la Mandataria demostró ¿inesperada? sagacidad es en el tratamiento de sus relaciones con la DC. Desgarrada ésta por un conflicto interno alimentado por su declinación, y la consiguiente necesidad de renovación, Bachelet sabe que tiene allí un escenario complicado, quienquiera se alce finalmente con la conducción partidaria. Con el fin de evadir las contracorrientes internas, decidió echar mano a dos figuras históricas y hoy transversales que estuvieron en su comando desde la primera y segunda vuelta, respectivamente: Alejandro Foxley, que jugó un rol protagónico en la confección de su programa, y Andrés Zaldívar, quien como si no hubiese pasado nada –sólo la pérdida de una senaduría con visos de vitalicia- se colocó al frente de su campaña después de la primera vuelta. Incorporarlos a ambos en el gabinete neutralizaba a adolfistas y alvearistas y, de paso, le reaseguraba la lealtad y el concurso de dos talentos: de un ex ministro de Hacienda que desde 1994 quería ser Canciller (el Presidente Frei decidió no acceder, porque Ricardo Lagos quería el mismo puesto) y de un hombre predestinado a estar siempre en la primera línea del Estado (desde que a sus 30 años de edad fuese bininistro de Frei Montalva), pero no necesariamente a encabezarlo.
Las otras jugarretas dejaron anonadados a los “operadores” decés, que poco margen tuvieron, en realidad, para desplegarse: cinco nombres más o menos asociados, en algún caso muy difusamente, a los líderes de las corrientes, y en todo caso sin asegurar la representación cabal de éstas en el gabinete. Lo mismo puede decirse respecto de la propia tienda de la Presidenta, si se exceptúa al nuevo ministro del Trabajo. Los radicales compensaron su única nominación al proveerse con un hombre de su aparato partidario, y con la promesa, además, de incorporarlo al comité político de La Moneda.
El explícito rechazo del PPD a la presencia en ese comité de Ricardo Lagos Weber –y que algunos dirigentes de ese partido quisieron amortiguar después de un comunicado que respiraba resentimiento- ilustra muy bien el principal problema que enfrentará la Primera Mandataria al interior del oficialismo: la oposición en los hechos de las oligarquías partidarias al remozamiento de los elencos y su insistencia en sentar convidados de piedra en la mesa que ella quiere servir.
Se ha recordado en los últimos días que ella es producto de su inclusión en la anterior nómina socialista de ministeriables, cuando el Presidente Lagos pidió nombres de mujeres. Que Michelle Bachelet (entonces con tanto talento por exhibir como hoy Lagos Weber) haya llegado donde está ahora revela precisamente cuál es el quid de la cuestión: las élites deben renovarse para continuar planteándose ante la ciudadanía como alternativas de poder. Es lo que Rodríguez Zapatero comprendió muy bien cuando acometió el recambio en las dirigencias del partido Socialista Obrero español. Si no se llegó hasta el cambio del arcaico apellido de la colectividad fue porque ésta, a través de la sigla PSOE, había posicionado una marca.