Non Datur Tertius

“El que no está conmigo, está contra mí” (San Lucas 11, 23). Esta cita evangélica, llevada a la política, ha conducido al extravío a numerosos líderes y pensadores. Fernando Moreno Valencia, filósofo y “consigliere” del Vaticano, la hizo suya hace mucho. Hoy es uno de los más virulentos enemigos de lo que Karl Popper denominó “sociedad abierta”. Es nuestro Joseph de Maistre de bolsillo: ultramontano y antiliberal.

Don Fernando no puede hilar más de cuatro palabras seguidas sin citar a Maritain, Jouvenel, Péguy o Juan Pablo II. No escucha a su contendor (enemigo, más bien), sólo detecta las fisuras por las cuales se filtra el liberalismo, el bolchevismo o el nazismo en su discurso (para él, estas tres doctrinas son “ontológicamente idénticas”, pues niegan el papel central a Dios). Cualquier cosa que no se pueda adscribir -sin herejía- a su idílico nacional-catolicismo es digno de ser sometido a su inquisitorial escrutinio. Escucharlo o leerlo es una delicia, pues es casi como trasladarse a la Francia de principios del siglo XIX e instalarse a escuchar las diatribas que lanzaba a los cuatro vientos el destemplado, pero ingenioso, Joseph de Maistre contra los principios básicos de la ilustración y el republicanismo.

Moreno Valencia es un personaje en extinción, único, y, por lo mismo, debiera ser declarado patrimonio nacional. No existe en Chile persona capaz de reemplazarlo en su delirante defensa de la postura ultramontana. Algunos pensarán en el Cardenal Medina, pero es imposible que el tono simplón y campechano del purpurado logre igualar el grado de virulencia y veneno de sus invectivas. De modo que no es por ser catastrofista, pero cuando se apaguen los ojos de nuestro bienamado polemista ya no habrá en Chile mente capaz de comparar a la Bachelet con el mismísimo Hitler sin arrugar la nariz. Es así que invito al pacientísimo lector y al desprevenido ciudadano a acudir cuanto antes a las oficinas de nuestro proverbial Pepe Weinstein para exigirle la declaración instantánea del estatus patrimonial de don Fernando. Si ya la UNESCO se lo otorgó a Valparaíso, con mayor razón a este cristiano de tomo y lomo. Vayan armados de paciencia, pues en el ministerio de la Cultura y las Artes se suele ningunear a nuestros próceres. Pero el esfuerzo vale la pena. Además, a la Concertación le conviene honrar a don Fernando, pues de seguir torciendo a las nuevas generaciones de conservadores, la derecha no llegará a La Moneda ni en doce años más (estaría al alcance así el sueño oficialista de igualar los setenta años del PRI mexicano). 

Pero sin duda lo que no debe quedar sin galardón es la defensa ciega que Moreno Valencia hace de la doctrina non datur tertius (para el vulgo, “el que no está conmigo, está contra mí”). En efecto, nuestro filósofo superó al imponderable George W. Bush, ya que a este último se lo ha visto dubitativo durante los meses recientes frente a encuestas que sólo le traen malas noticias. Don Fernando, en cambio, le importa un pepino predicar en el desierto y no dudó en matricularse como el “espanta-liberales” mayor del comando de Piñera. De hecho, conozco a varios que, siendo potenciales electores del Tatán, votaron por Bachelet, única y exclusivamente, para no coincidir con el Joseph de Maistre chilensis. Pero sus méritos no se quedan ahí: resultó -por lo menos para este modesto servidor- de una fruición infinita leer la diatriba que don Feña escribiera contra David Gallagher en su carta al Mercurio del 24 de enero de 2006. Gallagher, un refinadísimo liberal, que pese a su apoyo a Piñera no ahorró parabienes para el futuro gobierno de Bachelet (El Mercurio, 20 de enero) recibió un ataque de parte de Moreno que, a ratos, parecía una disputa entre el tribunal de la Inquisición y un desprevenido intelectual ilustrado en pleno siglo XVII. No hay por dónde perderse: en un mundo cada vez más secular, más globalizado, es imprescindible preservar la tosquedad dogmática de nuestro grandilocuente Torquemada en miniatura. Nuestros nietos nos lo agradecerán (si no alcanzan a ver ballenas azules, que por lo menos puedan admirar al Feña embalsamado).