Fin del sainete

 Ayer lunes se produjo lo que debió haber ocurrido siete días antes: Inés Lucía Pinochet  Hiriart notificada, al igual que su madre y tres de sus hermanos, de los procesamientos por declaración maliciosa de impuestos y uso de pasaporte falsificado, después de lo cual se le concedía la libertad bajo fianza con consulta a la Corte.

Gracias a la extraordinaria gentileza del magistrado Carlos Cerda, la diligencia no contemplaba ni un solo minuto de encarcelamiento para ningún miembro del clan. Sólo unas molestas citaciones a la escuela de Gendarmería, con permiso para regresar a casa, eso sí con el compromiso de volver al día siguiente al mismo lugar, para notificarse de la resolución confirmatoria del tribunal de alzada.

Pero la hija mayor, que andaba “paseándose”, según la expresión utilizada por ella misma, encontró todo esto una persecución intolerable, cuando vio en Mendoza las imágenes transmitidas por Televisión Nacional de Chile y decidió emprender vuelo a los Estados Unidos. Todo lo que siguió después puede calificarse como un sainete, una pieza grotesca donde las torpezas del protagonista causan molestia, incluso irritación, y al menos desasosiego, a los otros personajes del reparto.

Entre los más afectados parecieron estar el hijo Rodrigo, quien – gracias a un boleto regalado por unos amigos, según contó- pudo llegar a Arlington a ver su madre, y también el Presidente Lagos y sus ministros Vidal, Puccio y Walker. Estos últimos se dedicaron a ejercer vocerías múltiples sobre la insólita decisión de Inés Lucía de pedir asilo político en los Estados Unidos, para tratar de explicar lo que no había que explicar: que en Chile hay un Estado democrático de derecho.  El cónsul en Washington, Felipe Cousiño,  tuvo que hacer abandono de un partido de golf para ocuparse del fastidioso asunto. Era sólo el comienzo de las molestias oficiales. Pero, en realidad, las mayores sorpresas se las llevaría la propia protagonista del sainete.

Como el personaje grotesco en que se había convertido, la señora Lucía P. Hiriart –así rezaba su identidad en el pasaporte objetado por la justicia- no calibró las enormes ventajas que su omitido apellido paterno todavía le proporciona en su país natal. Lo supo cuando no sólo se le revocó la visa de acceso a su patria de adopción por negocios, sino también, tras pedir asilo político, se le condujo esposada a una cárcel y se le dio allí el trato de una presa común, cosa que no ocurriría en Chile.

Al lograr zafarse de su error y embarcarse de vuelta a Santiago, supo que esa verdad se confirmaría con creces. Pese a que ella no quiso recibir en Washington al cónsul Cousiño, su periplo de regreso movilizó al representante en Argentina, Luis Maira, quien como una especie de “embajador en campaña”, llegó hasta Ezeiza, no para ver a la voluble viajera, sino para ayudar en lo que fuese necesario. Ese mismo sábado en la mañana permanecieron en La Moneda los ministros del Interior y de Gobierno y –lo más insólito- , el propio magistrado Carlos Cerda, candidato a integrar la Corte Suprema, se apersonó hasta el avión para invitar a conversar a la fugitiva.

Lo único que rompió el idílico trato de la justicia chilena a la señora Pinochet fue el mal cálculo de ésta de arribar un sábado al mediodía, justo cuando los tribunales colegiados no sesionan y no podían decretar su inmediata excarcelación. Esto lo hizo ver a los medios su propio abogado Hugo Ortiz de Fillippi, quien debió interrumpir su estada en Valdivia, para presentarse el lunes en Santiago. Para sorpresa suya y la de quienes conocen los inamovibles procedimientos de los tribunales, la sala correspondiente puso de inmediato en tabla la cuestión, de modo que pudo ser resuelta apenas pasado el mediodía.

En la galería de personajes que se asomaron en el sainete no faltó un sicólogo amigo, de inconfundible acento italiano, quien diagnosticó un severo estrés después de tanto ir y venir y, sobre todo, a causa del engaño a que la sometió la justicia estadounidense. Como esa fatiga puede sufrirla cualquier viajero que porte una maleta tan enorme como la de doña Lucía, Giorgio Agostini agregó una alteración de conciencia: “Ella puede aparentar estar bien, sobre todo por su grado de resiliencia, pero en el fondo, muy en el fondo, está mal”, agregó el profesional, quien como sicólogo sólo puede prescribir ejercicios de relajación, no medicamentos.

Sería útil, para explicarse la conducta de la ahora notificada, si esta alteración de conciencia fue lo que la llevó a tratar de refugiarse en los Estados Unidos, en una de cuyas cárceles supo lo que era ser una persona y un número más, y donde una de sus pocas opciones era elegir una actividad intramuros. Entre ellas, según refiere el despacho de un corresponsal periodístico, estaba el de hacer un cursillo para aprender a manejar el dinero propio. Eso es algo que Lucía P. ya no podrá hacer más en suelo de Estados Unidos y ésa es tal vez la principal de las consecuencias de su decisión de viajar hasta allí la semana pasada. Otras, como la de perjudicar su situación judicial en Chile, ya se vio ayer que no.