Todo lo que ocurrió durante la intensa jornada de la transmisión del mando en Bolivia –a veintidós días de enero de 2006 años, como dicen los ministros de fe en ese país- tuvo el suave impulso del viento de la historia. La sensación del cambio que se estaba viviendo allí siguió el compás de los rituales y sonidos indígenas, lentos, sordos, pero inexorables: era como si la paciencia ancestral durante siglos de injusticia vividos en el suelo propio y “subastado”, como dijo el nuevo Presidente, se recargara de calma en el día histórico que tanto se esperó y que, simplemente, había llegado.
Cumplida ya la ceremonia de la víspera ante los antepasados en la ciudad sagrada de Tiwanaku, América y España asistían como testigos al acto que ordena la Constitución en el edificio del Parlamento. Pero Evo Morales asumió a su manera, vestido con una chaqueta con signos indígenas, sin dejar de emocionarse abiertamente cuando un hombre blanco compañero de luchas, el vicepresidente Alvaro García, le colocó las insignias del mando. Lo que siguió no fue un discurso de investidura, como el que sí pronunció García, un intelectual de clase media, ideólogo del socialismo boliviano. Las palabras del nuevo Primer Mandatario asumieron –a lo largo de una hora y media- la forma de una charla coloquial, aparentemente desordenada, donde todos los temas que interesaban al investido fueron abordados.
Lo realmente notable fue el contenido. Si la perorata recordó a poco andar aquellas interminables de Fidel y Chávez –y así lo hizo notar después el propio Evo-, lo que transmitió no fue un mensaje de guerra sin cuartel, sino uno de revolución serena y cambio razonado. Porque el primer Presidente indio de un país en que un 62 por ciento de sus habitantes tiene esa condición apeló a una lógica implacable, con menos resonancias de sabiduría popular que de sentido común, y común a todos los mortales con uso de razón.
Cuando el inaugurado Presidente recordó que en su niñez –y él tiene apenas 46 años- todavía el indio no podía transitar por las aceras reservadas al blanco, no sólo hizo una analogía con una Sudáfrica que ya no existe: fue su manera de explicar por qué él estaba allí, como culminación de un proceso ahora superado de manera irreversible, en el que no caben, por innecesarios, el resentimiento ni el ánimo de revancha. Al menos eso brotó de sus palabras, dominadas por un realismo histórico, que no necesariamente lo inscribe desde ya en el pragmatismo de otros mandatarios progresistas de la región, pero que lo alejan de la retórica altisonante de sus aliados cubano y venezolano.
El puño en alto y la mano derecha en el corazón mientras juró y la invocación al Che Guevara entre los antepasados combatientes graficaron sus ideales, en tanto que sus palabras evidenciaron lucidez y plena comprensión de los complejos problemas que debe enfrentar. Su estilo sencillo puede seducir por cierto aire de ingenuidad no exento de picardía, que le permite decirle cosas terribles a los presentes –por ejemplo, a un senador somnoliento y un ex Presidente de la República salpicado por prácticas corruptas-, sin que desaparezca la expresión de muchacho bueno de su rostro. Con sencilla maestría da una lección ideológica cuando explica a pobres y acomodados que “por supuesto, algunos tienen derecho a ganar más, pero sin robar ni explotar ni someter”.
Convocado por el triple mandamiento aymara de “no robar, no mentir ni holgazonear”, el Presidente indígena dio vida a un emotivo capítulo en las relaciones con Chile, plagado de augurios políticos, y que empezó a escribirse con una invitación personal a La Paz al Presidente Lagos y a su sucesora. Las manos entrelazadas en alto de ambos Mandatarios, en la ventana de la humilde residencia de Evo, invitaron a tomar la oportunidad histórica que este gesto proporciona. Poco después, en la ceremonia de investidura, el combativo líder cocalero demostró que no mentía en su acogida a Lagos y, lejos de hacerle una encerrona, le agradeció su presencia y lo invitó a poner fin a una enemistad absurda de dos vecinos, tratando todos los temas pendientes, incluso el histórico. Por primera vez, un Jefe de Estado boliviano no apelaba literalmente, en un acto significativo interno o con dimensión internacional, a la reivindicación de la salida al mar.
La confirmación del Presidente chileno de que ambos trataron todos los temas, sin exclusiones, coronó un acercamiento público que no se vivía desde el infructuoso abrazo de Charaña, en 1975, entre los dictadores militares Banzer y Pinochet.
Nada debiera evitar que este nuevo punto de partida se traduzca en avances. Evo vendrá a la investidura de Michelle Bachelet el 11 de marzo, en un contexto sudamericano muy diferente al de los años 70. Será, esta vez, el abrazo del primer indígena elegido en Bolivia y de la primera mujer electa en Chile, los dos con casi el 54 por ciento de los votos y ambos socialistas, aunque con matices que surgen de realidades políticas diferentes. Como en Brasil, donde está en el mando supremo un obrero tornero, y en Uruguay, donde un médico Presidente quiere seguir atendiendo a sus pacientes, mientras que en Venezuela soplan vientos revolucionarios y en Argentina aires populistas.
Es cierto que las afinidades ideológicas no bastan, porque los designios nacionales prevalecen, y la historia, por lo demás, está plagada, en todas las latitudes, de acercamientos y logros insospechados entre adversarios políticos. Pero, ¿no es, entonces, el mandato de la integración física, económica y energética –en fin, estratégica- lo que debe llamar, no ya al puro pragmatismo, sino a la imaginación para encontrar soluciones novedosas a diferendos como el de la salida al mar para Bolivia?
Los actuales gobernantes progresistas fueron actores frustrados o hijos de una época en que si bien fracasó el sueño imposible de la revolución quedó pendiente la tarea de llevar la imaginación al poder, después que ella se desarrolló en las infraestructuras social y tecnológica. Los ciudadanos han puesto en los mandos supremos a un pastor de llamas, una mujer jefa de hogar y al operario metalúrgico de un cordón industrial. Ahora son éstos los que deben sorprender desde las superestructuras.