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Agosto 20, 2026

Hija del padre Estado y de la madre Ciudadanía

Para lograr grados de independencia y autonomía frente de los poderes fácticos y las oligarquías partidarias, la Presidenta Bachelet tendrá que conjugar dos factores: la gestación ciudadana de su candidatura y la necesidad que tuvo, para la segunda vuelta, de apoyarse más en el establishment de la Concertación.

El parto presidencial que se esperaba desde mayo pasado se produjo, finalmente, a los nueve meses de gestación de la candidatura única de la Concertación. Tal como lo revelaron las ecografías tomadas a partir de la noche del debate televisivo del 4 de enero, la criatura era de sexo femenino. La única incógnita la constituía el peso que ella tendría. Los siete puntos más de los necesarios para un nacimiento normal dieron cuenta de una condición muy saludable de la nueva Presidenta, que llenó de satisfacción y alegría al padre Estado y la madre Ciudadanía.
 
Verónica Michelle Bachelet Jeria es la primera hija mujer de la República en alcanzar su máximo sitial, en el umbral del bicentenario de la Independencia, 57 años después que se obtuviera el derecho femenino al sufragio. Aún más, es la primera Presidenta electa en la Sudamérica ibérica, si se descuentan las breves presidencias de Isabel viuda de Perón y Lidia Gueiler, a las que accedieron -en Argentina y Bolivia, respectivamente- como reemplazantes de un Mandatario fallecido y otro derrocado, siendo ambas a su vez defenestradas por los militares.

La impronta militar marcó justamente el nacimiento, desarrollo y auge de Michelle. Nació en la base aérea santiaguina de El Bosque, porque su padre era oficial de la Aviación, y se crió en otras, como la de Cerro Moreno en Antofagasta. Muerto el general Alberto Bachelet en prisión, donde fue torturado por sus compañeros de armas, la vida de esta militante socialista estuvo signada por la prisión, el exilio y la lucha contra el gobierno militar.  

Que haya llegado a ministra de Defensa -la primera también en América del Sur-, después de serlo de Salud,  selló definitivamente su destino político. Fue muy apropiado que la noche del triunfo, la Presidenta electa haya recordado el odio de que fue víctima, porque su intento de revertirlo en trabajo común con los militares, en el ministerio de Defensa, fue lo que consolidó el “fenómeno Bachelet”. Que tuvo un preludio, es cierto, en la cartera de Salud, porque allí la ciudadanía la divisó por primera vez, como la confiable y dinámica doctora que no sólo recorría los consultorios, sino que se hizo presente, a una hora de iniciado el Año Nuevo 2001, en el escenario de la tragedia de los fuegos artificiales de Maipú.

Después, montada en un tanque y otros vehículos bélicos, conjugando el seco revestimiento de tropas con el trato espontáneo, inició una conectividad con uniformados y civiles que no lograron apagar ni las dudas sembradas sobre su capacidad ni los errores de candidata que le causó  su inexperiencia política.

Hoy, en el análisis de las causas de su triunfo -y también de la derrota de la derecha- parece claro que algo que se dijo tras la primera vuelta tiende a confirmarse con el resultado del balotaje: los fenómenos ciudadanos -si se quiere poner en esa categoría el de Bachelet-  no logran en Chile, todavía, remontar las grandes corrientes en que se dividen las aguas políticas: las de una Concertación de centroizquierda, una derecha que pugna por sobrepasar sus fronteras, y una izquierda extraparlamentaria aún en búsqueda de identidad y crecimiento.

Así como el lavinismo no pudo, en 2000, concretar su amenaza a la centroizquierda, auxiliada por sus disidentes, en 2006 el piñerismo fue incapaz de aunar una convocatoria a contingentes tan dispersos como las capas medias ascendentes y el mundo popular frustrado en sus expectativas. Es la Concertación de centroizquierda la que logra congregar a esos variopintos sectores de la vida social. Y lo hace con una solidez conceptual en lo político e ideológico que aunque no sea percibida por todos los convocados con la misma claridad, es parte de su carácter.

El mismo carácter que, de manera renovada, supo traducir la cuarta candidatura presidencial  de esta coalición que no es sólo electoral, como la Alianza por Chile, sino política, bicultural y multisocial. Michelle Bachelet, mujer separada y jefa de familia -como el 30 por ciento de las chilenas- , socialista y agnóstica -por lo tanto, humanista laica- viene a insuflar en sí misma una renovación y cambio dentro de la Concertación. Ya los dignatarios de la Iglesia la saludaron ayer lunes en la mañana como “símbolo del reencuentro de los chilenos, a través del amor”.

Los límites y alcances justos de tales atributos serán materia de análisis en los próximos días. Por el momento, serán escrutados rigurosamente los grados de independencia y autonomía que exhiba respecto de los poderes fácticos y las oligarquías partidarias. Un antecedente que pudiera llamar al optimismo en este sentido es que Michelle Bachelet, si bien heredó el apellido de un general que alcanzó alguna notoriedad durante el gobierno de Salvador Allende, no llegó a la política tras los pasos de un cónyuge, como sí fue el caso de las dos únicas Presidentas electas anteriormente en Iberoamérica: Violeta de Chamorro y Mireya Moscoso de Arias, ambas del istmo centroamericano.

Michelle Bachelet fue candidata a pesar de las reticencias iniciales del establishment de la Concertación, pero tuvo que apoyarse más en él en la segunda vuelta y estos dos datos constituyen factores que ella tendrá que empezar a conjugar en estos días de preparación de su gobierno.