Así quedó comprobado en 1999, cuando Gladys Marín anunció que anularía su voto para la segunda vuelta, pero que comprendía la actitud de los compañeros que quisiesen votar por Ricardo Lagos para impedir el triunfo de la derecha. El actual jefe comunista, Guillermo Teillier, ha asegurado que de sus últimas conversaciones privadas y algunos dichos públicos de la malograda dirigenta puede inferirse una postura favorable, llegado el caso, a tratar con la Concertación un apoyo comunista en la segunda vuelta presidencial de 2006. Es lo que ha hecho la directiva post Marín, y de la única manera que permitían los intereses de uno y otro referente: sin negociar realmente, sino colocando las cartas sobre la mesa, para que el oficialismo las recogiera pública y formalmente y el comunismo acusara recibo de ello, con más o menos satisfacción. No podía ser de otro modo, porque ambos jugadores conocían los naipes del otro. Michelle Bachelet necesita el decisivo 5% que logró el PC en la elección de diputados y a la vez impedir la fuga del centro más conservador. Los comunistas sabían eso y algo más: que el grueso de sus votos iría a parar de todos modos a la candidata socialista de la Concertación, tal como ocurrió con Lagos anteriormente.
Lo que amostaza a una parte de la izquierda extraparlamentaria -aparte de que los socialistas estén entregados al modelo neoliberal- es que figuras democratacristianas como Soledad Alvear ayer y los Zaldívar hoy aparezcan salvando ambas candidaturas. De ahí que esta vez la postura de los miembros más duros del comité central comunista de llamar a anular el voto sólo haya sido contrarrestada con la de no regalar sin más votos al “mal menor”, colocando condiciones -cinco- para una convocatoria en su favor, la principal de las cuales es el compromiso de derogar el sistema binominal.
Que los votos ya no se controlan lo admitió explícitamente la declaración oficial del PC, al advertir que se trata sólo de un llamado a votar por Bachelet y que a ella corresponde efectivamente conquistar los sufragios. Hay dos consecuencias que aún se pueden extraer del episodio. El eventual cuarto Gobierno de la Concertación ya no estará en condiciones de continuar postergando el cambio del sistema electoral, porque el compromiso llegó muy lejos y la izquierda se propone cobrar la palabra con movilizaciones en los próximos meses.
La otra conclusión tiene que ver con el postmodernismo. No es más redituable a la derecha agitar, en lo que resta de campaña y especialmente en la franja televisiva, el apoyo comunista a Bachelet como otra prueba de su “izquierdización”. Tal como se lo reprochan algunos sectores asistémicos, el partido de Gladys Marín ha insistido en actuar dentro del marco legal, que incluye el electoral, y eso ha contribuido a que haya ganado -si no la fuerza e influencia de antaño- una respetabilidad como interlocutor válido que aleja temores e inquietudes en la ciudadanía.