| Desde hace algunos días se viene reproduciendo en todos los medios de comunicación el último decreto real: se reducen las horas de historia y ciencias sociales en los colegios (públicos por supuesto) y se aumenta la carga horaria para lenguaje y matemática ¿El fin de esta medida? producir una masa obrera que sepa leer con *ojo crítico* los *hechos*, *sucesos* y *acontecimientos*. |
Pero uno se pregunta ¿Leer con ojo crítico qué cosa? ¿Las burradas esparcidas por toda la prensa oficialista o las disertaciones y discursos de la burguesía Chilensis y personajillos de la televisión? ¿Cogito ergo sum? Bah….
De políticas públicas no entiendo prácticamente nada, pero intuyo que reducir las horas de historia constituye otra medida idiota, como casi todas a las que nos tienen acostumbrados en esta larguirucha y anoréxica nación. Por un lado desde palacio nos llegan informaciones que especulan sobre una posible elevación del sujeto, desde un estado de bazofia a uno de “majestuosidad intelectual”, dado que un mayor énfasis en matemática y lenguaje permitirá que la clase baja (lo que el gobierno derechista entiende como “gobernados”) pueda leer con una mirada crítica la *historia*. Pero por el otro lado estamos nosotros, que sabemos que tamaña empresa –o bien, tamaña “quimera”- jamás se concretará, porque sencillamente no se corresponde con la verdadera realidad. Y esta realidad no es nada más que un país cuyos gobiernos anteriores decidieron transformar en un gris y nauseabundo espectáculo de ignorancia y estupidez, gracias, entre muchas otras cosas, a la total libertad otorgada a los medios de comunicación para que destruyan paulatinamente y sin reservas las neuronas de los gobernados. Reducción de horas de historia y ciencias sociales a cambio de un aumento en la carga horaria para lenguaje y matemática constituye una medida absolutamente inservible en un país cuyo logos se encuentra enraizado en la farándula, los matinales y las encamadas y bacinicas de los futbolistas y juglares de la televisión.
En Chile los medios de comunicación transmiten lo que quieren amparados en la lógica capitalista de la oferta y la demanda. Es decir, si la masa desea conocer hasta el último detalle de la pasión entre el modelo y el futbolista, las palabras que se susurraron en el lecho, la duración de las caricias y las especias que encargaron a oriente para perfumar el edredón, los medios satisfarán la demanda: la gente lo pide y nosotros se lo damos, es la divisa. En los medios (en sus variantes escritas y televisadas) no se discuten ni las paradojas de Zenón de Elea ni el Tractatus de Wittgenstein, cuestiones que podrían verse beneficiadas por el plan educacional ideado por la corte Chilensis. Sin embargo, y a pesar de la enorme y decisiva influencia que los medios tienen sobre los chilenos (desde el pelo y los zapatos, hasta el discurso oral, fecal y escrito), nadie parece intuir que allí es donde se mal-forma al sujeto histórico Chilensis ¡Y encima pretenden reducir las horas de historia y ciencias sociales! ¿No es la única inferencia lógica de todo esto la creación de una población aún más aturdida que la anterior? “Aquí debe andar metido el diablo” dirá alguien por allí. Sin embargo recordemos que el chambelán de Educación es un fanático religioso: Mater dei, ora pro nobis. Por eso mismo tal vez rasga vestiduras toda vez que critican su modelo que pretende producir sujetos maravillosos, ¡preciosos!
La vida ordinaria de un estudiante chileno promedio se divide entre el enfrentamiento tedioso con esa masa amorfa, arribista e ignorante llamada profesorado y todo lo que en la televisión APRENDEN día a día. Basta contemplar la vestimenta de los jóvenes, oír sus incoherentes conversaciones salpicadas de una increíble miseria intelectual, para entender la enorme influencia que los medios de comunicación tienen en todo su ser. En Chile el concepto de identidad es casi directamente proporcional a los esquemas y estereotipos creados en la caja idiota y que la prensa escrita se dedica (¡Qué descaro!) a reproducir on a daily basis sin ningún pudor. De ahí que cualquier reforma a la educación que no tome en cuenta el inconmensurable poder que tienen los medios en la conciencia de los futuros ciudadanos se transforma en mera palabrería, en pura estupidez y esfuerzo inútil. Sin ir más lejos, en su República el gran Platón se dio cuenta (dos mil quinientos años atrás) del enorme peligro que representaban para el estado los poetas, que en vez de describir la realidad tal como ésta era, se dedicaban a llenar de necedades y mentiras la cabeza maleable de quienes serían los próximos guardianes de la Polis. De ahí que Sócrates ofreciera sin pudor alguno un programa educacional y “cultural” (376e de la República) que censuraba la poesía, pues la poesía (que en nuestro caso sería la televisión) constituía una herramienta definitiva para la constitución interna de los sujetos. Si Platón pudo dar cuenta de aquello ¿Cómo es posible que nuestros gobernantes hagan la vista gorda frente a lo que en nuestro tiempo se eleva como una matriz definitiva de sentido, A.K.A medios de comunicación?
Sin embargo, el creer que una postura conservadora, oscurantista y anti democrática como la derechista está realmente interesada en “estructurar positivamente las conciencias” y en “producir” sujetos provistos de una visión analítica y auténticamente crítica, es el pensamiento más naíf que puede surgir en la comarca ¿La derecha no reconoce acaso la existencia del capitalismo como una virtud casi divina y la existencia de ricos y pobres como el deber ser de la República? De ahí que estas reformas a la educación tengan mucho de contrarreforma, es decir, una regresión del sujeto a los tiempos de la quema de brujas, las cámaras fotográficas roba almas y de una evolución que comenzó a gestarse desde que Dios se pronunció en el antiguo testamento. No nos extrañemos si el próximo año surge un proyecto de ley para cambiar el Congreso Nacional por “Concilio de Trento”. Mientras se siga otorgando la mayor libertad a los Medios para que éstos contaminen y desestructuren todo cuanto tocan, reformas y contrarreformas son mero discurso baladí: hay que originar, en cambio, una reforma que promueva una ecología mental del sujeto, que pueda ser capaz de distinguir entre lo que le hace avanzar y aquello que le hace retroceder. En este sentido, me apropio de Bergman que alguna vez escribió “durante algún periodo de nuestras vidas navegamos a favor o en contra de la corriente, pero siempre es la corriente la que define nuestros destinos”. Ojalá que no nos toque navegar por siempre a favor de la corriente…
