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Agosto 18, 2026

TELESCOPIO: Más allá de la pelotera

 

Por supuesto que siempre ha existido una relación entre política y deporte, como por lo demás la hay entre política y prácticamente toda otra actividad humana. 

No es esa relación la que el reciente caso ANFP deja al descubierto, sino más bien cómo, para algunos hombres de negocios, el aprovechamiento de la visibilidad que el fútbol les brinda ha sobrepasado lo aceptable, aunque parece concordante con un modelo dominado por el obsesivo deseo de controlar la mayor cantidad de cosas posibles.

Confieso que no soy un seguidor del deporte en general ni del fútbol en particular, más allá de ocasionales eventos que, como el Mundial o algún otro suceso que sale de lo ordinario, me lleve a prestar atención a lo que ocurre en el mundo del peloteo.

 

No siempre fue así debo agregar, pues – y con esto doy ciertas indicaciones de la generación a la que pertenezco – crecí con las lecturas de esa gran revista infantil que fue Barrabases, la de su primera época, con los dibujos del propio Guido Vallejos y con la imagen de directivos y técnicos como Mr. Pipa, un hombre dedicado por completo a su institución sin esperar mayor cosa a cambio. Bueno se me dirá, Mr. Pipa y luego su sucesor Don Rudecindo eran personajes de ficción, idealizados además para un público infantil. Puede ser cierto. Pero, esperen un poquito, también en esa misma época en que los jugadores de Barrabases hacían vibrar y soñar a los niños chilenos, hubo personajes de carne y hueso como los que consiguieron la sede del Mundial de Fútbol de 1962 para Chile, Juan Pinto Durán y Carlos Dittborn. ¿Qué clase de dirigentes eran ellos? Que yo sepa, gente dedicada al fútbol, también involucrados en otras actividades porque eso de ser dirigente – aunque hoy día sea muy distinto – no aportaba grandes beneficios económicos. Creo que en general los dirigentes eran casi todos amateurs en esos años.

 

Recuerdo incluso un ejemplo patéticamente ilustrativo de lo que ser dirigente deportivo significaba en esos años, el caso de un dirigente – Fernando Jaramillo creo que era su nombre – que incluso llegó a hacer un desfalco para salvar a su club. Jaramillo era presidente del desaparecido club Green Cross que, como muchos en esos tiempos, pasaba por un período de notables vacas flacas. El dirigente, que en su vida profesional era un alto ejecutivo del Banco Central, decidió hacer algo por el club de sus amores: cuidadosamente empezó a extraer dinero de las bóvedas del Banco, haciendo lo que se conoce como un “balurdo”: colocar billetes reales en las partes visibles de los fajos, el resto llenarlo con papel recortado que simulara los billetes. Jaramillo fue eventualmente sorprendido y fue a parar a la cárcel, ¡todo por ayudar a su club! ¡Háblenme de “amor a la camiseta”!

 

Bueno, si Jaramillo fue un extraño ejemplo de lo que un dirigente era capaz de hacer por su club, incluso involucrarse en acciones ilícitas, el caso de algunos directivos de hoy es el reverso de la medalla (bueno, también algunos se involucrarán en acciones ilícitas, pero no precisamente con el propósito quijotesco de Jaramillo), porque ahora se trata de los que han visto el fútbol no como un hobby que de algún modo complementa sus vidas profesionales, empresariales o funcionarias; sino todo lo contrario, el fútbol como una actividad social que provee amplia exposición pública y por lo tanto visibilidad, la que – manejada hábilmente por cierto – puede ser de enorme valor en la expansión de sus actividades empresariales.

 

El fenómeno no es exclusivamente chileno por cierto, sino que prácticamente global, aunque relativamente nuevo en nuestro país. Por décadas los clubes fueron efectivamente eso: entidades formadas por socios (no socios accionistas) que pagaban cuotas mensuales con las cuales se mantenía la sede social, se pagaba a los jugadores y personal técnico, y además se mantenían equipos en otras ramas deportivas menos rentables que el fútbol, por esos años prácticamente la única actividad deportiva profesional. Así por ejemplo Colo Colo tenía un exitoso equipo de básquetbol femenino, el ya nombrado Green Cross, un equipo de hockey sobre patines y hasta un grupo de motociclistas acróbatas, los dos clubes universitarios estaban entroncados a la actividad deportiva de sus estudiantes, que eran socios del club por derecho propio (y hoy no deja de ser irónico que en medio del desfinanciamiento de las universidades públicas, el nombre “Universidad de Chile” en el imaginario popular evoque en la memoria más a un club de fútbol que a una casa de estudios superiores). Cierto que especialmente en los clubes más grandes no faltaba algún mecenas que “se ponía” con dinero cuando el club afrontaba dificultades económicas o emprendía algún proyecto extraordinario como levantar un estadio o una nueva sede social, en otros casos la identificación del club con comunidades inmigrantes les ayudaba también, así la Unión Española construyó Santa Laura, el primer estadio con que contó el fútbol profesional chileno, gracias a que españoles con recursos “se pusieron” con su club. Eso sin embargo no cambiaba el carácter de club como entidad de asociados que pagaban una misma cuota todos los meses. Todo esto cambia cuando los clubes se hacen sociedades anónimas o cuando derechamente son adquiridos por individuos que los convierten en una más de sus inversiones. Desde la comercialización de las camisetas de sus jugadores, hasta el darle nombre de empresas a sus estadios, el fútbol dejó de ser esa actividad principalmente deportiva que era seguida con dedicado fervor por los hinchas en los estadios, que era probablemente idealizada por la revista Barrabases que los niños de entonces nos devorábamos cada quincena, para empezar a convertirse en algo muy diferente.

 

En este contexto, el caso en torno a la elección de presidente de la Asociación Nacional de Fútbol Profesional (ANFP) con el súbito (aunque cuestionado) triunfo del empresario Jorge Segovia no es sino una consecuencia lógica de la manera como el modelo de mercado ha penetrado en todas los círculos de la vida ciudadana. Por cierto la comercialización del fútbol profesional viene desde muy lejos, y su exacerbamiento en los últimos años había contado más o menos con el beneplácito de todos. Harold Mayne-Nicholls sin embargo – no se ha dicho muy explícitamente por qué – no era muy del gusto de aquellos que manejan los clubes y los grandes intereses que se mueven en torno a este deporte. Puede haber sido que efectivamente él trató de mantener una repartición más ecuánime de los recursos que general el Canal del Fútbol, tratando de defender los intereses de los clubes chicos, puede que su buena relación con el previo gobierno haya despertado resquemores y celos, puede que sencillamente haya sido un obstáculo para no se sabe qué nuevo gran proyecto los poderosos empresarios del fútbol pueden tener en barbecho y que no se atreven ni siquiera a revelar aun.

 

A todo esto, haciendo un paralelo quizás con lo que pasa en la política donde los ciudadanos del país se ven confrontados a muy pocas opciones las que probablemente no les satisfacen, los grandes perjudicados en esta pelotera del fútbol han sido los hinchas, los seguidores del fútbol que muchas veces con esfuerzo pagan su entrada para ver los partidos de su equipo o para acompañar a la selección nacional. Para su decepción y genuina pena, probablemente el hombre más querido de esa hinchada – el entrenador Marcelo Bielsa – hizo efectiva su renuncia como por lo demás la había anunciado en caso que Mayne-Nicholls fuera derrotado.

 

“¿Y la hinchada?” le preguntaron los periodistas al nuevo presidente de la ANFP, Jorge Segovia, a lo que él replicó más bien con un gesto de mal disimulada molestia, como diciendo “¿y qué diablos me importa la hinchada?”  Casi seguro que es lo que Segovia piensa en su fuero íntimo. ¿Qué le puede importar la hinchada? Se dirá el (hasta este momento) flamante capo electo de la ANFP.

 

Y seguramente piensa que la hinchada puede estar indignada, incluso llegar a lo inusitado de salir a manifestarse en la calle contra él y a favor de Mayne-Nicholls y Bielsa, de llegar hasta a amenazar con boicotear los partidos, no ir al estadio, o cesar sus subscripciones al Canal del Fútbol. Pero Segovia debe pensar, “déjenlos, ya se les va a pasar, probablemente falten a los estadios por unas fechas, pero a la larga van a volver, como van a volver a subscribirse al Canal del Fútbol. Y todo seguirá igual”.

 

Es el raciocinio de Segovia y de sus empresarios amigos, incluyendo seguramente al Primer Empresario del país. Al final los hinchas como una suerte de “proletarios del balompié” no tendrán otra alternativa.

 

Aquí no sé si este escenario futbolero es una metáfora de lo que ocurre en el país, o si es la política nacional la que trata de imitar la pelotera del fútbol. En ambos casos son los empresarios los dueños de la pelota y a los hinchas se los tiene verdaderamente para que griten sin que nadie les dé un cinco de bola.