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Todos temen el infierno pero viven en él. Se inculca el diablo hasta porque piensas mal de tu patria. Autocritica televisiva, señores, (perdonen los amigos suecos) ¡a la sueca, viejos!, la patria antes de todo.
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Chile no es ajeno: parece raro, es verdad, pero es la fiebre continua, llena de contradicciones y esloganes que no logran unificar sino que hace el trabajo sucio; dividir.
La puertas del infierno son una obra maestra: de viejos herreros que cambiaron las antiguas, esas de madera, por unas que profesan tortura eterna; lo malo de todo es que nadie sabe cuánto dura una eternidad.
Antes del infierno, eso dicen los más expertos en la materia, se camina como en el aire. Cada paso, feliz, obvio, debe servir a un concepto tan esquemático que se estima hasta las heridas en las plantas de los píes en caso no se tenga calzados.
La puerta del infierno no debe ser un panfleto anti metafisico porque el que cree no idolatra una ilusión sino que va mucho más allá: ensalza la pureza; respeta y admira los grandes hombres de sotanas negras y, de paso, lo digo con tanto respeto, todos los que temen a la puerta del infierno se postran a los caprichos de otros hombres con licencia de mandar los buenos a la puerta del paraíso y a los malos a la del diablo.
El barrunto, ordenado, permite producir santos: mudos santos que no opinan, no piensan, no especulan ni presumen; predecir milagros son puntos para evitar, pues, la puerta roja por las llamas del infierno.
La báscula de la inocencia es el resorte que permitirá producir santos en un Chile que ha perdido la razón: las ventajas no son un contraste o sobrecarga familiar; hablamos de un sistema nuevo, de equilibrios que no determinan la eternidad llena de plomo sino que sobrecargada de plumitas amarillas, verdes, anaranjadas o en blanco y negro.
El infierno puede ser hasta nostálgico. El “hecho de menos mi casa” suena platónico como si en la casa vieja se hubiese dejado la vitrola con una polca a punto de bailarse. Objetivamente hablando, ni los mismos pájaros creen en la puerta del infierno o del paraíso. El valor de volar, el sentirse mirlo, alondra o pajarraco rasca no censura las ideas de los depauperados de religión sino que los depara de una tesis: un pensar “ateos” llenos de fundamentos dudosos para los herreros de las puertas del castigo.
Sumidos se obedece a la voz del más allá: los otros (como el que escribe y lee) hacen de la realidad un tratado platónico, no para aparecer como odontólogos del sabelotodo, sino que es para darle sabor a la ambigüedad de la vida que, eso dicen los poetas del mundo, delatan la flor en otoño y le rezan un verso, no para la puerta del infierno, sino que para saludar su desaparecimiento que hundirá en colores la tierra y esperar la primavera, es decir, inconscientemente recitar a Neruda; “ El hombre tierra fue”, y, esa maldición del verso rebelde, pues, se a impuesto a no ganar la puerta del infierno sino que a ganado la otra puerta; la de vivir sin ser inferior a los que ya se han mandado al paraíso.
Godosky
