La extensa fila para llegar al Salón de los Patriotas Latinoamericanos, donde velaban a Néstor Kirchner, estaba compuesta de padres que por su modesta situación económica tuvieron que cargar a sus hijos dormidos en brazos durante horas, para agradecer por un trabajo, por una vivienda, por el ingreso universal de la niñez; jubilados que haciendo esfuerzos enormes por mantenerse de pie, querían estar presentes frente al cuerpo de quien los incluyó en el sistema dándoles una jubilación, aunque nunca hubiesen aportado; militantes políticos con sus banderas en alto, grupos de amigos, compañeros de trabajo, y sobre todo jóvenes de todas las clases sociales que cantaban y alentaban a los gritos cada vez que la fatiga comenzaba a sentirse en el aire.
Al igual que el día anterior, cuando miles de personas se congregaron en la Plaza de Mayo espontáneamente al enterarse de la lamentable noticia, los que iban llegando a la fila, con sus caras desfiguradas de tristeza y los ojos aflojados y enrojecidos por las lágrimas, encontraban en el colectivo humano un lugar de contención que abruptamente cambiaba sus espíritus a través de una extraña energía. Es que a pesar de la evidente tristeza por la muerte de quien fue seguramente el político más importante de los últimos cincuenta años, los enlutados reconocieron automáticamente la continuidad del proyecto político en la persona de Cristina Kirchner. “El rey ha muerto, que viva el rey” dicen los ingleses, nosotros aquí en el sur hemos acriollado esa máxima: “Viva Néstor!! Fuerza Cristina!!”.
Luego de diez horas de avanzar lentamente por las calles, llegamos al centro de una plaza que desde la crisis de 2001 está dividida al medio por un vallado retráctil que sirvió en el pasado para contener la furia del pueblo estafado y defraudado por la política. Esas mismas vallas, que marcaban una frontera en apariencia insalvable entre los representantes y su pueblo, se habían convertido en altares profanos. Cientos de miles de pancartas improvisadas, banderas argentinas con mensajes de amor, papelitos escritos a mano y firmados con el nombre de anónimas familias, cubrían la totalidad del metálico vallado y se extendían por el piso de la plaza: “Gracias Néstor por organizar al pueblo. Familia Antúnez” “Con tus actos venciste a la muerte. Familia Missart”…y así infinitamente.
Una vez superado el vallado, el intenso olor a flores que venía desde los cientos de coronas depositados a lo largo del acceso a la Casa de Gobierno, envolvía a los peregrinos y volvía a transformar el clima y los gestos. Estábamos en un velorio, el increíble velorio de Néstor. Ya en el salón, rodeados de imágenes de todos los próceres latinoamericanos, el silencio era sólo interrumpido por los aplausos y los vitoreos: “¡viva Néstor!”. Frente al cajón, un anciano con la voz y la cara quebradas de angustia, gritó: “yo nunca creí en la política ni en los políticos, pero gracias a vos ahora creo, gracias a vos el pueblo volvió a creer”. De un modo totalmente espontáneo, ese señor subrayaba el que debe ser seguramente el mayor mérito para destacar del ex Presidente y de su Gobierno: haber conseguido que la política vuelva a ser entendida como la única herramienta a través de la cual el pueblo puede progresar y enfrenar a los poderes fácticos que pretenden hacer perdurar un orden de cosas que sólo beneficia a un sector minúsculo de la sociedad. Kirchner los enfrentó cuando denunció la manipulación mediática, cuando descolgó los cuadros de los dictadores que aún adornaban las paredes de la escuela militar, cuando le puso un freno a las ganancias extraordinarias de los terratenientes, de los monopolios, cuando estatizó empresas públicas que habían sido regaladas en los 90s. Y en el mismo proceso torció una matríz cultural que desde la dictadura había teñido de sospecha a la política. Lo hizo a través de un mecanismo sumamente sencillo: cumpliendo sus promesas, gobernando para el pueblo y “no dejando sus valores en la puerta de la Casa Rosada”.
La fila se disipaba después de pasar frente al cajón, después de confirmar la triste e irreversible verdad: Néstor estaba muerto. Acompañado solamente por la sensación de estar metido con el cuerpo en la historia, me largué a la calle secándome las lágrimas. Una vez afuera, un muchacho más o menos de mi edad (unos treinta años) me preguntó: “¿alguna vez pensaste que ibas a llorar por la muerte de un político?” Esa pregunta se quedó conmigo hasta que conseguí un taxi para volver a mi casa. Eran ya las 5 de la mañana y todavía seguía sumándose gente al final de la fila.
El tachero, visiblemente afectado, me dijo que a él antes no lo gustaba Kirchner, pero que ahora que había visto en los obituarios televisivos todo lo que había hecho, se daba cuenta de su grandeza. “Al final el tipo tenía razón, los medios ocultan todo…¡pero esto ya no lo pueden tapar!” Mientras lo escuchaba, pensé que tal vez su muerte fue la última de sus grandes estrategias políticas. Que tal vez, dejar su cuerpo fue el único modo de superar el cerco que los grandes poderes monopólicos tienden sobre nuestras mentes, al punto de hacer parecer impopular a un gobierno de corte netamente popular. Antes de bajarme, el tachero confirmó mi sospecha: “¡el año que viene votá a Cristina!”.
Dicen los diarios que la Presidenta le preguntó a uno de los ilustres visitantes “¿dónde estará Néstor ahora?”. Creo que puedo aventurar una respuesta. Néstor, el invisible, está ahora tal vez adonde Perón señalaba que debía ubicarse esa versión del Socialismo, que en Argentina dio en llamarse Justicialismo. Néstor tal vez esté ahora “en el renacer de la conciencia de los trabajadores”.
*Politólogo, periodista, docente UBA – http://www.calcagnocomolasagna.blogspot.com/ – calcagnoagustin@gmail.com
*Politólogo, periodista, docente UBA – http://www.calcagnocomolasagna.blogspot.com/ – calcagnoagustin@gmail.com
