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Gorgias, uno de esos filósofos llamados “sofistas”, una categoría a veces injustamente vilipendiada como una suerte de “chantas de la filosofía”, pudo estar en lo cierto, como por ejemplo cuando dijo que “Nada es” (lo cual puede ser fácilmente rebatido), para en su mejor estilo agregar “si algo ha sido, no puede ser conocido” (esto último también puede ser rebatido), para terminar diciendo:
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Digo esto a propósito de algunos comentarios enviados por algunos de mis lectores luego de mi anterior nota sobre la visita de Michelle Bachelet a Canadá. Como me imagino que por su tenor esos interlocutores a través del ciberespacio adhieren a una posición izquierdista, no puedo sino dejar de mencionar el hecho que esa incapacidad de leer puede al fin de cuentas transformarse en un serio obstáculo para un debate fructífero. Qué decir para una acción eficaz.
Así por ejemplo, algunos vieron en mi nota una defensa de Michelle Bachelet y su gobierno, en circunstancias que lo único que señalé fue un dato objetivo: la ex presidenta dejó su cargo con un índice de popularidad sin precedentes. Si eso es merecido o no, si se ha debido a buenas relaciones públicas o simplemente a que le gente que ha respondido encuesta tras encuesta para dar ese respaldo es idiota, es totalmente irrelevante. Cualquiera que conozca al menos los rudimentos de la metodología de las ciencias sociales sabe que para desarrollar un análisis uno necesita de ciertos datos que en si mismos son objetivos: por ejemplo el índice de apoyo a la ex presidenta el cual ha sido numerosas veces cuantificado. Otra cosa es el análisis mismo del porqué de ese dato, el cual ciertamente es subjetivo. Pero como señalé, yo simplemente tomaba un dato que no creo que alguien pueda discutir, esto es la popularidad de la ex mandataria.
Hecho que a su vez encaja con el siguiente argumento: dada su popularidad, es obvio que las fuerzas de centro-izquierda (lo que hasta ahora se llama la Concertación) la vea como su mejor carta para una nueva elección presidencial que se viene en tres años más. Como señalé también en mi nota, eso en caso que el escenario político continúe más o menos como hasta ahora. Algo sobre lo cual no se puede anticipar mucho sin caer en una suerte de especulación esotérica.
“Todo es posible” explicaba el futurólogo Norman Henchey en sus cursos en la Universidad McGill aquí en Montreal. En efecto, todo es posible porque ese es el reino de la mayor amplitud de opciones, incluyendo las que parecerían más absurdas: que los extraterrestres invadan el planeta o que el mundo derechamente se acabe (en 2012 según cálculos de antiguas predicciones mayas, de ahí el film del mismo nombre convenientemente lanzado por Hollywood), o si nos centramos sobre Chile que un nuevo terremoto acabe con el país o que Sebastián Piñera tenga una súbita conversión y se transforme en el más izquierdista de los recientes presidentes chilenos… Como todo puede ser posible, esa primera categoría no nos sirve mucho, excepto para quienes quieran dársela de adivinos o clarividentes, o elucubrar cosas un tanto misteriosas. La segunda categoría es la de lo probable, escenarios que uno puede predecir – con cierto grado de seguridad – por tendencias generales que se dan en la sociedad, por ejemplo es probable que dada la presión mundial, en unos pocos años las formas de energía más limpias, menos contaminantes para el planeta sean adoptadas por la mayor parte de la gente e incluso las empresas que hoy explotan rubros como el petróleo (con un buen ojo para los negocios, como buenos capitalistas) se embarquen de lleno en esas tecnologías consideradas ahora como alternativas o “verdes”; en otro plano, es probable que en Chile se mantenga o crezca el distanciamiento entre los actuales partidos y movimientos políticos y el pueblo chileno. En el plano de lo plausible se sitúa aquello sobre lo cual existe un mayor grado de certeza que va a ocurrir y con un mayor grado de especificidad, por ejemplo, dadas las circunstancias creadas por su enorme déficit, es plausible que en un futuro muy breve Estados Unidos se vea enfrentado a una nueva crisis financiera, o si vemos una vez más a Chile, que dadas las limitaciones institucionales y estructurales para dar cabida a las demandas de los mapuches y otras minorías étnicas, el país empiece a vivir un período de tensiones étnicas como nunca antes las hubo. Por último, está el reino más subjetivo, el de lo deseable, esto es de aquello que desde una determinada perspectiva social, política o de género se vería como beneficioso para una sociedad o un país. Por ejemplo, obviamente desde una perspectiva de izquierda, sería deseable que un creciente número de gente empezara a ver la necesidad de cambiar el mundo, de un cambio revolucionario o al menos de un cambio social profundo; en el caso chileno, sería deseable que el pueblo retomara al menos los niveles de conciencia social y política que tenía hace cuarenta años cuando la Izquierda concitaba el apoyo de más o menos un tercio de la población (comparado al magro 15%, que si por Izquierda se entendiera a socialistas y comunistas, estaría convocando hoy en día).
Lo que quiero decir con todo esto, es que si uno ha de embarcarse en un análisis, debe hacerlo a partir de lo que son los datos objetivos que están disponibles y no desde como uno quisiera que fueran las cosas, no desde el mundo de los deseos, sino desde los datos que proporciona la realidad.
Ahora bien, para aquellos de mis lectores que no se hayan enterado: gústenos o no, considerando las actuales condiciones de desarrollo de la conciencia social y política, lo más probable es que llegado 2013 (sólo tres años más) el escenario político aun contemple como los dos campos principales a la derecha (Alianza por Chile) y a las fuerzas de centro-izquierda, lo que ahora se conoce como la Concertación. Hay ciertas incógnitas por cierto, Marco Enríquez-Ominami con un 20% de respaldo que a este momento no sabemos si subsiste o no, y un PC con un 5% que sí parece más estable pero también más encasillado ahí sin un crecimiento significativo.
Esos son datos objetivos a partir de los cuales por cierto cabe hacer todos los análisis subjetivos que corresponda, incluyendo el de si es bueno o malo que tal escenario se dé, o el de quien o quienes pueden ser los responsables de tal escenario. (Sobre esto último habría que decir que prácticamente todos los actores políticos que entre 1987-1988 articularon el camino para la llamada transición a la democracia. En efecto, todo el mundo sabe que eso fue producto de un pacto al cual prácticamente todos los partidos políticos concurrieron, unos antes que otros es cierto, pero al final incluso lo hicieron el PC y el MIR. Posiblemente entre los sectores más izquierdistas entonces primó también un inconfesado propósito de que una vez recuperada la democracia o al menos parte de ella, sería más fácil – en virtud de la dinámica del movimiento de masas que había estado tan presente en las protestas contra la dictadura – radicalizar el proceso, llevándolo más allá de las tímidas demandas por el retorno a la democracia y probablemente colocando en la agenda de la lucha social los objetivos por los cuales las masas se habían movilizado en el período 1970-1973: las transformaciones sociales que llevaran al socialismo. Tal radicalización, como todos sabemos no se concretó, ya fuera porque hubo una desmovilización después de iniciada la transición, ya fuera porque se infundió el temor de que si había mucho desmadre los milicos darían un nuevo golpe – recuérdese que Pinochet continuaba como comandante en jefe del ejército y que en el primer gobierno concertacionista hubo ese tristemente célebre “ejercicio de enlace”—que daría al traste con la frágil democracia restaurada, ya fuera porque los partidos que podían haber dado conducción política no lo hicieron en tanto que los dirigentes de base que habían surgido durante las protestas o habían sido cooptados por la nueva administración o sido aislados o se habían ido a su casa decepcionados o desplazados; o ya fuera porque simplemente gran parte de la dirigencia le encontró más gusto al poder político y a las granjerías que este tenía, que a “hacer olas”, como se caracterizaba entonces por parte de algunos, la porfía en mantenerse agitando consignas que ahora parecían obsoletas e inoportunas para el nuevo período: el de la construcción democrática).
Recomiendo pues, con toda humildad, saber leer y comprender lo que se dice, para no endilgarle al articulista intenciones o afirmaciones que nunca ha sostenido. Desgraciadamente sin embargo, debo constatar que en gran parte de los sitios de intercambio donde se expresan opiniones de la Izquierda, los participantes dedican una buena proporción de sus textos a atacar lo que ellos han querido ver o leer en la opinión expresada por alguno de los participantes, más que a debatir los puntos que realmente el autor pudo, legítimamente por lo demás, haber levantado para la consideración.
Eso por otra parte, sin siquiera darle mayor importancia a los juicios intemperados de individuos que aun no parecen comprender que no podrá articularse una alternativa izquierdista viable sin un adecuado diálogo y un amplio proceso de reflexión.
En ese plano de las urgencias pues, no caben las afirmaciones antojadizas y prejuiciosas de los que sólo quieren oír o leer lo que cuadra con sus propios (limitados) esquemas mentales.
Para ilustrar con otro ejemplo: uno de los temas centrales para Chile y otros países latinoamericanos es el de cómo abordar la situación de sus pueblos aborígenes. Ecuador en estos momentos enfrenta algo de ello, con un activismo indígena mucho más protagónico que en Chile (y claramente más dividido también, con algunos grupos indígenas como Pachakutik en una clara posición reaccionaria mientras otros indígenas se suman a la izquierda) por la simple razón que en ese país los indígenas tienen un peso demográfico mucho mayor. En Chile los indígenas son una minoría, lo cual pareció indignar a alguien que lanzó una arbitraria cifra (les estadísticas sirven para un barrido y un fregado) según la cual un 85% de los chilenos tendría sangre mapuche. Como digo un dato sin fuente alguna y que no parece realista. Aparte de la arbitrariedad de la afirmación “tener sangre mapuche o indígena,” dado que obviamente nadie puede saber en qué pasos anduvieron su tatarabuelo o tatarabuela, más de un siglo atrás. Lo más probable es que tal dato en todo caso sea inexacto, pero peor aun, la frecuentemente repetida afirmación que insinúa que en Chile al final “todos seríamos indígenas o al menos medio indígenas” es en el fondo profundamente reaccionaria pues “si todos somos mapuches, al final nadie lo es”. En otras palabras, la manera más sutil de negar la identidad indígena es por esa vía por la cual todos nos vestimos con sus ropajes, despojándolos así de su propia distinción como pueblo o nación.
En algunos casos es como una suerte de “snobismo revertido”, mientras por generaciones amplios sectores de la población chilena, desde sus clases altas, pasando por la clase media e incluso gran parte de su clase proletaria, gastaban saliva haciendo ver su pertenencia criolla, su ascendencia española por ende; hoy en día algunos quieren hacer resaltar su presunta calidad mestiza y hasta hacerse pasar por indígenas, aunque no tengan culturalmente nada de esa etnia. Súbitamente pareciera que hay un cierto atractivo en “ser indígena”. Al menos para algunos con una visión un tanto superficial de lo que es la adhesión a un proyecto político, algo que me recuerda una conducta frecuente entre algunos sectores pequeño-burgueses en los años 60 que creían que para proletarizarse había que dejar de estudiar e irse a vivir a las poblaciones.
Como a menudo ocurre, la configuración étnica de un país es difícil de determinar porque no se trata tanto de un hecho biológico (cuánto porcentaje de sangre europea, cuánto de indígena), como de un hecho cultural. Obviamente los indígenas mapuches (como los rapa nui o los aymaras en otras partes del territorio) hoy en día toman conciencia de su origen ancestral, pero – lo más importante – asumen el renacer de su idioma y su cultura, lo cual a su vez les da respaldo a su reclamo de ser una nación, diferente del resto de los habitantes del país, de los criollos, que en verdad es la mayoría del país.
Esta negación de lo indígena mediante el aparentemente igualitario expediente de llamarnos todos indios o mestizos es lo que explicita Mario Vargas Llosa en sus ataques contra Evo Morales en Bolivia y contra dirigentes indígenas en su propio país. ¿Para qué levantar políticas centradas en el indio si al final todos lo somos al menos en parte? ha sostenido el nuevo Premio Nobel de Literatura, brillante como escritor, pero reaccionario en su modo de pensar el quehacer político.
Los mapuches son una minoría y por eso mismo es que merecen un respeto a sus tradiciones y cultura, aparte de reconocérsele el despojo de tierras del que han sido víctimas. Pero una vez más, alguien ha leído aquí lo que ha querido, no lo que yo escribí…
Lo penoso es que en la medida en que no seamos capaces de reflexionar seriamente y de saber leer y escuchar las opiniones de cada uno de nosotros en un ambiente de mutuo respeto y sin interponer los prejuicios que se puedan tener, no se avanzará mayormente en levantar una alternativa a lo que existe. A lo más seguirán muchos en las filas de la Izquierda vociferando consignas o literalmente “sacándoles la madre” a medio mundo, pero los gritos destemplados no inquietan a los dueños del capital ni les quita el sueño a los que gobiernan a su servicio, pero la lucidez y la claridad traducida a su vez en acciones eficaces y no solamente en actos mediáticos efímeros, eso sí les puede preocupar.
