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Agosto 18, 2026

Riera

 Fue justo hace unas semanas. En una discusión futbolera de aquellas. Fanática, enfervorizada y vehemente. Con adictos a la religiosidad que decanta el trabajo de Bielsa en la selección. Resultaba imposible hacerles ver la grandeza y consecuencia del legado incomparable de Fernando Riera en esa misma butaca. En los años buenos. Cuando el fútbol chileno era menos inmediato.



 

No es extraño que las nuevas generaciones desconozcan el testamento inconmensurable del “Tata” en nuestra pasión más transversal. Apenas conocen su tercer lugar al mando de La Roja del ’62. Poco saben de su etapa gloriosa como jugador. De sus goles olímpicos, de su gambeta y remates imparables por la banda izquierda. De la sociedad de lujo con José Manuel Moreno en la Católica campeona del ’49. No conocen su tránsito ejemplar por canchas y clubes del primer mundo. O de sus goles con la selección nacional, la misma que defendió en Brasil, disputando la Jules Rimet a mitad del siglo pasado. Con suerte reconocen su gigantesco aporte como el más célebre entrenador formado en este país acostumbrado a lo foráneo.

Fernando Riera Bauzá murió anoche a los 90 años. Con él se va la etapa más notable y dorada de nuestro balompié. Pero también, se rememoran sus andanzas y se subraya su herencia inigualable. Los números están ahí, al alcance de todos. Dirigió insignias de prestigio internacional como Boca Juniors, Benfica, Sporting de Lisboa, Monterrey, Porto, Español y La Coruña. Se sentó en la banca de la U, Palestino, Everton o la UC. Siempre fiel a su idea. Sin traicionarla jamás.

Cualquiera que haya visto pasar algunas generaciones de jugadores criollos sabe que nuestra impronta tiene asideros en el sistema y la forma. Sabe que los de acá son buenos para la pelota, que rinden mejor en formatos asociados. Que se privilegia la técnica, el orden, que sólo se obtienen logros agudizando la disciplina. Que nuestra riqueza obedece a un par de delanteros con hambre y regate, que dependemos de un organizador y de un líder en la mitad defensiva. Que respondemos a una manera clásica, más allá de las modas que nos dominen por veranos de corto sol.

Riera encarna esa manera de ver el fútbol. Lo que hoy se conoce como el 4-4-2 en etapas donde no existía tal dibujo. Cuando un atacante nominal se recogía 15 metros para descongestionar al infaltable “10”, al que carga el peso del talento. Lo hacía cuando jugaba y lo refrendó desde la raya de cal. Jorge Toro y Leonel Sánchez dejaron grabada esa escuela en los libros de nuestra pobre estadística de logros.

Serio, quitado de bulla, profesor en toda su extensión. Riera es el mentor de grandes románticos de la tradición técnica como Arturo Salah, Manuel Pellegrini o Fernando Carvallo. Tipos que como ellos, prefieren dar un paso al costado antes de venderse a otras tendencias, a distintas y complacientes maneras de ver o encarar el oficio de adiestrador.

Este séquito de verdaderos “señores” del fútbol le acarreó injustos ninguneos a su maestro. Muchos atrevidos catalogan su formato como “ratón”, casi siempre sumergidos en la ignorancia. Se dejan embobar por influencias lejanas, inadecuadas para nuestra impronta. Reñidas con nuestro origen más sincero. Con el que se ve en el barrio. En los equipos modestos.

Alguna vez le escuché decir a Humberto “Chita” Cruz -el célebre defensa del ’62 que se inmortalizó por marcar a Pelé bajándole los pantalones- que si el entrenador hubiese sido más flexible, Enrique “Cua Cua” Hormazábal formaba parte del plantel de bronce en nuestro mundial. Y que ese talento nos pudo llevar a lo más alto. Probablemente no. Riera no aceptaba indisciplina ni arrebatos personales. Esa rigidez lo hizo conseguir una cosecha histórica con una generación tan talentosa como varias otras. Pero aplicada como ninguna.

De nosotros es su fruto. No lo desconozcamos. El “Tata” Riera se fue con la misión de señalarnos el camino más propio. Por más que nos embelesemos con otros, siempre volveremos a dicho rumbo, al mentado riel. Es nuestra rúbrica, nuestra identidad…