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Mirándolo a miles de kilómetros de distancia a través del televisor, el tradicional desfile militar del 19 de septiembre ha lucido muy impresionante, en especial el despliegue de armamento. Para la mayor parte de la ciudadanía sin embargo, detrás de los vistosos uniformes y los bien sincronizados “pasos de ganso”, el mundo militar permanece como una gran incógnita.
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Chile tiene sin duda una de las actitudes más paradojales respecto de las fuerzas armadas: he aquí las instituciones que no hace dos generaciones asaltaron el poder político y se entronizaron en él por espacio de diecisiete años, que durante ese período implementaron la más sangrienta represión en la historia del país empleando métodos de tortura que superaron a los de los nazis y he aquí también que esas mismas fuerzas armadas aun son capaces de movilizar a un grueso sector del público – más o menos en un número similar al que congregaría un partido de fútbol importante – para trasladarse al parque donde se efectúa este evento y presenciar el espectacular despliegue de algo que, al fin y al cabo, es una muestra encapsulada del poder mortífero con que cuenta el estado chileno.
Por supuesto hay que conceder que a mucha gente le gusta el desfile por razones que no tienen nada que ver con el espíritu militarista: los desfiles crean una atmósfera de entusiasmo que, sumado al ambiente festivo de la fecha, logran seducir a las masas. La música marcial que acompaña la ocasión también es un poderoso ingrediente ¿quién no siente un irrefrenable deseo de marcar el paso o al menos mover los dedos al ritmo de una marcha? Las marchas – confieso que mis favoritas son la austríaca Radetzky, punto culminante en los famosos conciertos de Año Nuevo en Viena, las norteamericanas compuestas por de Souza, sin olvidar las que interpreta el coro del Ejército Rojo – han sido creadas justamente para que las gentes, llevadas por un espíritu combativo, estuvieran prontas a entrar en el campo de batalla sin importar las consecuencias. Todas las naciones han rendido alguna forma de homenaje al espíritu de sacrificio de sus combatientes, como una manera de mantener vigentes los impulsos guerreros, especialmente en tiempos de paz.
La reciente parada militar chilena, que como señalo contó con un amplio despliegue de material bélico, por otra parte no ha hecho sino reafirmar el viejo y tradicional propósito de estos desfiles desde que se introdujeron en Europa: una forma de mostrarle a los demás gobiernos los más recientes “juguetitos” que sus fuerzas militares tenían, de modo de disuadirlos de cualquier intención poco amistosa que pudieran albergar. Los reyes europeos gustaban invitar a sus colegas reinantes en otros países para que vieran con sus propios ojos cuán bien equipados estaban para cualquier contingencia. Ese propósito aun sigue vigente, presentado como práctica diplomática entre los países.
Aparte de ese propósito de proyección externa hay propósitos internos particularmente importantes en Chile para este espectáculo, precisamente por los antecedentes de su reciente historia. Las fuerzas armadas todavía tienen que hacer una tarea de reparación de relaciones con su pueblo, una gigantesca tarea de relaciones públicas en la que – para su propia fortuna – en gran medida han tenido éxito porque contaron para ello con el apoyo de los gobiernos democráticos que asumieron a partir de 1990, un apoyo que sin duda ahora verán reforzado con la presencia de un gobierno de derecha con el cual, por viejas raigambres comunes y formación de clase, los altos mandos se deben sentir mucho más identificados.
Al revés de lo ocurrido en Argentina, el país que bajo los gobiernos de Néstor Kirchner y ahora de su esposa Cristina Fernández ha hecho más que ningún otro en llevar a la justicia a los militares acusados de violaciones a los derechos humanos, los militares chilenos, empezando por el propio Pinochet, capearon muy bien el temporal de las denuncias en su contra, incluso los pocos que han sido condenados cumplen sus sentencias en cárceles “cinco estrellas” habilitadas especialmente para ellos (en contraste, Jorge Rafael Videla, el primer gobernante durante la dictadura argentina, pasa sus días y noches en una cárcel común).
Pero hay algo más a propósito de los militares chilenos que debería merecer una mayor atención: básicamente su status como un segmento aparte de la población chilena ha permanecido intacto. Los militares se mantienen como un estanco cerrado, cuyos miembros sólo hacen puntuales apariciones – la parada militar siendo su mayor exposición pública – cuando ellos deciden que deben hacerlas. Incluso bajo las circunstancias de emergencia causadas por el terremoto hay la impresión que los mandos militares tardaron en responder. Naturalmente después se incorporaron de lleno – como por lo demás era de esperar – pero incluso esa incorporación al esfuerzo nacional en ayuda a la población damnificada no está completamente exenta de otros motivos: ella también contribuye a mejorar la imagen. No se me interprete mal, no quiero ser muy cínico, no me cabe duda que en muchos de los militares que por tener familiares fuera de los cuarteles, debe haber habido desde un primer momento el mismo genuino sentimiento solidario expresado por otros sectores de la población, a lo que apunto es que en el gran cuadro de la estrategia de relaciones públicas de las fuerzas armadas, el sismo debe haber encajado muy bien como oportunidad para avanzar sus posiciones.
¿Es esto una mera especulación? Sí que lo es, pero estoy seguro que muy acertada. La razón por la cual es una especulación es simplemente porque no hay ni puede haber una comprobación empírica de las movidas que hacen las fuerzas armadas chilenas porque al fin de cuentas nada se sabe de ellas. Lo cual es el punto que quiero hacer. Esa mentalidad y conducta de estanco cerrado viene desde siempre y se ha mantenido: los militares tienen sus propias escuelas de formación, sus propios hospitales, viven en sus propias poblaciones, su propio sistema previsional (más beneficioso que el de la población civil), su propia justicia y una variedad de otros elementos que los colocan aparte del resto de la población a un grado tal que excede por mucho al status que los militares tienen en otras sociedades. En Canadá por ejemplo, el personal militar está muy integrado con la población civil, incluso en Estados Unidos los militares gozan de menos privilegios que los que tienen sus congéneres chilenos. Lo más sorprendente es ese cierto secreto, esa vida aparte, esa auto-segregación que los militares chilenos se imponen y que al mismo tiempo puede ser una fuente de fascinante misterio pero por otra también una fuente de temor ante qué es lo que los militares piensan del país.
Por cierto, muchos – incluso gente en la Concertación – defenderán esa política de estanco cerrado con el argumento que de ese modo los militares no se verían “contaminados” por la contingencia política y esa aislamiento garantizaría su prescindencia política y su supuesto carácter “no deliberante”, un argumento sumamente débil y que fue brutalmente desmentido con el golpe de estado de 1973 y los sucesivos 17 años de dictadura. Los militares no son prescindentes en materia política, dejemos esa falacia de lado de una vez por todas. El ahora (felizmente) olvidado ex dictador argentino Juan Carlos Onganía consultado una vez sobre esto de “no ser deliberante” señaló algo que – con toda su brutalidad – no podía ser más cierto: “no somos castrados mentales” dijo el ex general. Y en eso tenía razón: los militares tienen un pensamiento político, otra cosa es que no lo manifiesten o que lo hagan de un modo discreto y menos estridente (aunque a veces puede ser más impactante, recuérdese el “ejercicio de enlace” que Pinochet le hizo al gobierno de Aylwin). Pero que cuando lo despliegan en toda su fuerza pueden ser muy letales, como bien lo demostró la dictadura de Pinochet.
¿Es posible hacer de las fuerzas armadas cuerpos verdaderamente democráticos? Por cierto algún severo lector de los clásicos marxistas apuntará de inmediato que los militares son después de todo el “brazo armado” de la clase dominante, en este caso la burguesía, y que por lo tanto apenas los intereses de esa clase se vean efectivamente amenazados, ese brazo armado hará lo que tiene que hacer, incluso con toda la brutalidad que sea necesaria. El golpe de Pinochet es un caso de texto para ilustrar esa premisa del pensamiento marxista.
El argumento, sólido e impecable como parece, tiene sin embargo sus bemoles. Si en el Chile de Allende la clase dominante, la burguesía, recurrió a su brazo armado para defender sus intereses, ¿cómo es que en la Unión Soviética de Gorbachev – supuestamente con la clase obrera como clase dominante – sus fuerzas armadas no defendieron a su gobierno cuando obviamente toda la estructura del estado se vio amenazada? Fuera de un farsesco intento de golpe de estado encabezado por un sujeto en estado ebriedad, la ex Unión Soviética no encontró en sus fuerzas militares a la defensora del estado regido por la clase obrera. Lo que nos lleva a dos posibilidades: o la Unión Soviética en verdad había dejado de ser un estado controlado por la clase obrera desde hacía mucho tiempo, o la caracterización marxista de los militares en la sociedad no es del todo correcta. Una interrogante a dejar en suspenso por ahora.
Retomando la pregunta sobre si los militares pueden ser democráticos, la verdad es que – como muchas cosas – sólo la experiencia de procesos actualmente en desarrollo podrá darnos una definitiva respuesta. Si observamos los casos de países como Venezuela, Bolivia y Ecuador en estos momentos, los países donde sus gobiernos intentan poner en práctica programas abiertamente socialistas, en todos ellos sus fuerzas armadas han sido heredadas de la institucionalidad burguesa y – fuera del fallido intento contra Chávez en 2004 – sin embargo no ha habido indicios de golpismo. ¿Es posible que una modificación a fondo del carácter de las fuerzas armadas las haga situarse en una posición diferente a la que la estructura del estado de la clase burguesa les asignó? Como señalaba antes, la respuesta todavía quizás “está soplando con el viento” como diría Bob Dylan. Sólo el desarrollo de esos procesos en América Latina lo dirá.
En Chile en el intertanto el tema militar no es tema en verdad. Aparte de la por lo demás justa demanda de procesar y castigar a los uniformados culpables de abusos durante la dictadura, los partidos de la Concertación y en especial los sectores de la izquierda no han pensado más el tema militar, como si la experiencia de la dictadura los hubiera traumatizado al punto de no querer hablar más del asunto. Sin embargo este es un tema que se debiera discutir. Hay que de algún modo “civilizar” a los militares, por esto entiendo, acercar al mundo militar y civil pero no con frases retóricas ni contactos ocasionales y bien montados; sino que esa apertura y conexión de ambos mundos debe hacerse de un modo más cotidiano y permanente. En Argentina ya en la época de Alfonsín, se introdujeron cambios en la formación de los oficiales militares, dejando su adiestramiento técnico y físico radicado en las escuelas propias de cada rama militar, pero haciendo que los cursos de formación académica fueran seguidos en universidades, junto al estudiantado civil. Quizás en esto habría que bregar también con la resistencia de algunos sectores universitarios que no querrían ver “milicos” en sus aulas, pero en verdad ese contacto de jóvenes cadetes con gente más o menos de su misma edad en un marco diferente al del altamente encuadrado de las escuelas matrices de las fuerzas armadas, sería un importante factor para acercar a ambos mundos y – es de esperar, asumiendo que los que hacen política progresista o de izquierda en las universidades lo hacen de un modo inteligente e incluyente – un factor para que cuando los militares adopten sus propias opciones políticas, por lo menos hayan estado expuesto a un más amplio abanico de alternativas que las que ofrece la tradición de sus propios institutos. Por cierto, una tal iniciativa tendría sus mayores oponentes en los sectores de la derecha que saldrían a defender la noción de estanco cerrado, por la muy simple razón que en ese marco de estanco ellos siempre han sido los que han tenido la mayor posibilidad de influir tanto sobre los futuros oficiales como sobre los que ya están en servicio.
También sería importante que se reglamentara un mínimo de quizás un cincuenta por ciento de alumnos de las escuelas de formación reservado para suboficiales, soldados y becarios de escasos recursos que quisieran seguir una carrera como oficiales o suboficiales en las fuerzas armadas. Este sería un buen paso en democratizar las instituciones armadas permitiendo el acceso a posiciones de mando a jóvenes de ambos sexos provenientes de la clase trabajadora.
Por último una medida que también contribuiría a la democratización de las fuerzas armadas y del país en general, sería la eliminación del servicio militar obligatorio, un arcaico e ineficiente modelo de reclutamiento de personal militar que se remonta a los tiempos feudales cuando los campesinos dentro de sus obligaciones de servidumbre, tenían la obligación de enrolarse en el ejército que el señor feudal montara para sus habituales escaramuzas guerreras a veces con otros señores o con otros países. La feudal costumbre fue pasada por España a los países que colonizó y ha seguido imponiéndose hasta ahora, excepto por unos pocos países que lo han abolido. De más está decir, como lo demostró el golpe de estado de 1973, ese paso obligado de los jóvenes por la milicia era utilizado por la institución militar para lavar el cerebro de los reclutas, especialmente los de menor educación, induciéndolos a cometer actos de abusos contra los prisioneros que custodiaban. El servicio militar obligatorio no existe en los países más avanzados, aquí mismo en Canadá (siguiendo la tradición británica de voluntariado) tal forma de servidumbre no existe y las veces que se impuso (conscripción durante las guerras mundiales en las que Canadá tuvo una activa participación), hubo en general una fuerte resistencia de parte de la ciudadanía, especialmente en la provincia de Quebec, tradicionalmente menos inclinada a los empeños guerreros que sus vecinos. Hoy en día ni siquiera la primera potencia militar, Estados Unidos, tiene servicio militar obligatorio, principalmente porque como señalaba antes, la conscripción es un modo muy ineficaz de reclutar buen personal militar ¿cuál es el sentido de tratar de convertir en soldados a muchachos que no quieren serlo, no tienen la capacidad para ello o simplemente van a arrancar a la primera balacera que oigan? Tiene mucho más sentido, como hacen hoy los estados modernos, reclutar a jóvenes de ambos sexos que realmente sienten y desean seguir una carrera militar (una vocación por lo demás enteramente legítima), darles la formación necesaria y constituir así una fuerza realmente profesional. (Y por cierto no quiero oír hablar de esos anticuados y reaccionarios argumentos patrioteros de que “hay que servir a la patria” – como si vestirse de uniforme lo hiciera a uno más patriota; o ese otro argumento aun más idiota de que el servicio militar “a uno lo hace hombre”, como si aprender a matar a otros seres humanos fuera un componente de la hombría. Por lo demás este es un argumento obsoleto ahora que las mujeres también pueden enrolarse en las fuerzas armadas).
Este tema del servicio militar obligatorio ha sido posiblemente el único tema militar que ha tenido cierto debate, principalmente porque los jóvenes lo han planteado en diversas instancias. Un gobierno con un real programa democrático para Chile debería incluir lo que países como Estados Unidos, Canadá o Gran Bretaña ya hacen desde tiempo: eliminar la obligatoriedad de servir en la milicia. Punto. Ni siquiera las propuestas a medias tintas como la de mantener la obligatoriedad pero ofrecer la alternativa de un servicio civil comunitario es aceptable porque en el fondo una tal iniciativa no hace sino perpetuar la concepción ideológica del trabajo como algo que es penoso, una suerte de castigo que hay que hacer por obligación, en lugar de educar a los jóvenes en la idea del trabajo como una forma de realización humana. Un programa de trabajo comunitario puede lanzarse y sería una buena idea, pero siempre sobre la base del voluntariado.
Los ecos de la parada militar ya se han acallado, mis dudas persisten sobre cuán democráticos nuestros militares son. Como misteriosas esfinges ellos mantienen un reservado silencio y desmontadas las tribunas desde las cuales la gente los aplaudió, ellos regresan a sus cuarteles, sin que sea posible saber a ciencia cierta qué es lo que piensan. Hace unos días ese siniestro personaje, el ex dictador argentino Videla, hoy sometido a juicio por variados crímenes, dijo algo que sin embargo es interesante de notar: “no hay un ejército bueno o un ejército malo, el ejército es uno solo…” Es altamente posible que eso se aplique a todas partes, y a lo mejor si hay circunstancias que sus mandos consideren que requieren de la intervención del ejército, es probable que lo hagan. Por eso es importante pensar el tema militar de un modo de contribuir a que el espíritu democrático también llegue a predominar allí, para que el desgarrado grito de “¡Nunca más…!” se haga realmente efectivo. Pero eso sólo se puede garantizar mediante un efectivo trabajo de democratización de las instituciones armadas, porque ellas ciertamente están allí para quedarse como parte del tejido social de la nación.
Personalmente – y como alguien que reconoce su gusto por las marchas y desfiles militares – preferiría que las fuerzas armadas del mundo quedaran reducidas a sus bandas musicales y sus sincronizadas formaciones para revistas militares, pero como no he hecho el mundo, hay que bregar con la existencia de estas instituciones cuyo objetivo final es el de matar al enemigo, quienquiera que éste sea. Lo que sí debemos tratar de hacer es que ese enemigo no sea la democracia misma ni los derechos humanos de la gente. Y para eso es imperativo que la ciudadanía piense y discuta el tema militar, incluyendo el tipo de fuerzas armadas que quiere.
