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Agosto 18, 2026

El Bicentenario freak en Piñalandia

Los largos, repetitivos e insoportables cuatro días de conmemoración del Bicentenario fueron la realización del “sueño del pibe” para el presidente de la república. Se le vio en todos los actos y fue el personaje principal, sólo le faltó cantar, como tenor, en Rigoletto.

El Bicentenario fue una perfecta concreción de los ideales de un gobierno de derecha: todos los se repetía, hasta la saciedad, la soberana estulticia de que todos los chilenos “estamos unidos” bajo una misma bandera, himno y el cóndor y el huemul; para más remate, en la mayoría de las ceremonias estaban juntos y en fila los cuatro predecesores del presidente Piñera – una especie de Cuatro Cuartos, o los Huasos Quincheros o, si usted quiere, Los Jaivas -. Es lógico que las dos castas que han dominado este país durante el período de la “transacción” se muestren unidos.

En el Centenario una pequeña oligarquía alojó a las delegaciones invitadas y juntos se pasearon por todos los actos preparados y, al “rotaje”, como siempre, le tocó resignarse con las cuecas y la chicha del entonces Parque Cousiño. Hoy, evidentemente, el espacio social es más amplio, pero finalmente seguimos con el culto, casi pagano, de las comilonas pantagruélicas y las borracheras hasta agonizar. Nunca se había hablado tanto de comida como es estas festividades: Chile parecía la jauja medieval, con seres hartos de meterle al estómago anticuchos, empanadas, chancho, cordero, bien mojado en alcohol.

El Bicentenario empezó con la estupidez de juntar las estatuas de Bernardo O`Higgins y de José Miguel Carrera, récord que sólo puede ostentar la genialidad de Sebastián Piñera: ¡cómo no va  a ser absurdo reunir, contra su voluntad, al dictador O`Higgins, responsable directo del  fusilamiento de José Miguel Carrera! Sólo una supina ignorancia o una extrema candidez pueden querer borrar, de una plumada, todas las luchas y rivalidades que han existido en nuestra historia.

            Posteriormente, siguió la fanfarria: una inmensa bandera, izada en la Plaza de la Constitución; nuevamente discursos piadosos sobre una supuesta unidad que nunca ha existido y que sólo puede servir para que unos pocos gocen del poder y, para la mayoría, mierda, mierda. En ese orden se vivió, como en otras épocas, marchas militares, que recuerdan la Alemania nazi, terminando con una especie de “desfile naval”, bastante aburrido y que únicamente sirve para meditar sobre la repugnante mentalidad militarista que han inculcado a los chilenos varios historiadores reaccionarios y nacionalistas.

            Como se trata de vivir estas conmemoraciones lo más anestesiado posible, se le ofrece a “la plebe” el pan y circo del espectáculo de luces en La Moneda y una fiesta, en el Estadio Nacional, cuyo personajes centrales fueron dos perfectos narcisos: el presidente Piñera y don Francisco – tiene razón  mi hijo Rafael cuando sostiene que don Francisco es el personaje más representativo de “la chilenidad”, en este período freak.

            No faltará quien diga que soy un amargado y que no logro entender el sentido espiritual de los actos preparados por el gobierno de derecha; acepto la crítica, pero me permito creer que un Bicentenario debiera servir para analizar nuestra historia, para comprender las distintas épocas y desafíos que hemos tenido que enfrentar como colectividad y prospectar de la mejor forma hacia el futuro. Lamentablemente, igual que en el Centenario, los medios de comunicación de las castas en el poder se han limitado a la más sin sentido y boba de las autocomplacencias. Usted puede leer el Editorial de El Mercurio del 18 de Septiembre de 1910 y el de 2010 y no encontrará ninguna diferencia.

            Los Diarios han aprovechado esta fecha para atiborrarnos de datos sobre el IPC y la inflación durante dos siglos; las calles de Santiago de antaño, los principales hechos deportivos hasta hoy, y mil informaciones más, que una persona bien ignorante podría confundir con la historia. El único análisis que encontré en la Prensa corresponde al historiador Sergio Villalobos, cuyo conformismo con la historia tradicional es muy conocido por los estudiosos de la historiográfica, demostrando merecer su inclusión en el diccionario de “los lugares comunes” del escritor francés Gustave Flaubert.

            La conmemoración del Bicentenario no nos dejó nada importante y valioso y sólo mostró cómo podría ser el Chile donde las ideas de derecha lograran apropiarse del imaginario nacional: no quiero ni pensar cuán monstruoso sería nuestro país de continuar la situación tal cual la veo hoy.

Rafael Luís Gumucio Rivas
21/09/10