google-site-verification: google096975d001c6a771.html
Agosto 18, 2026

El caballero de la torre Tajamar

El caballero nació en una torre abandonada y, al crecer, se hizo llamar el caballero de la torre Tajamar. Era analfabeto. Su profesión, peluquero callejero, mejor dicho, en la cárcel aprendió a usar las tijeras.  Trapicheaba hasta con el viento, era bestial y, a veces, sensible. En las poblaciones pobres afeitaba hasta a los perros con tiña. 

“El barbero de la muerte” lo llamaban porque él nunca se enfermaba o se infectaba. Una tarde, en la calle la Feria, fue a cortarle el pelo a un vendedor de calugas de las micros de la ciudad. El charro, – hombre pequeño, cuerpo de príncipe y bailador seco porque no bebía en las fiestas y sólo tomaba agüita -, lograba vender cientos de calugas al día gracias a su potente oración frente a los pasajeros.

Un orador de las micros, un poeta de las calugas porque valorizaba su trabajo y hasta los comparaba con un boabad, cosa que los pasajeros no entendían pero el charro  explicaba con pelos y señales;  les decía que las calugas para los regalones fueron vendidas por un hombre con la fuerza de un árbol africano, por eso, lo del boabad, aunque el vendedor de calugas era más chileno que los porotos y nunca había visto un boabad.

Mientras el caballero de la Torre afeitaba al charro llegó el indio, un muchacho que vendía sapolio en las poblaciones. Tres hombres chilenos con tres historias diversas. El caballero de la Torre, lo sabemos, nació en el techo de las torres de Tajamar. Su madre, una mujer sureña, al quedar embarazada por el señorito, hijo de la patrona  pues, a los nueve meses de embarazo, se le ocurrió matarse. Fue la subida por las escalas que le aceleraron el parto porque pensaba tirarse de la torre y, ¡ a la mierda el mundo!, ¡a la cresta el señorito!, ¡a la ñoña la patrona! Tan cuica y más cochina que chanchito en barro. ¡Adiós Santiago querido!, ¡a la cresta los planchados con planchita a carbón!; ¡adiós al lavado de sábanas con aguas frías y manos entumidas!; ¡adiós a las reparaciones del water que siempre se tapaba por culpa de la cochina de la patrona porque botaba todo en la taza y no sacaba la basura a la calle!; ¡adiós, tiki-tiki-tiki de la cueca picante, porque el sur no es más sur sino que es de señoritos amariconados y de habla rara..!, ¡adiós mamita y papito!, me mato, no por causas de mi embarazo sino por la forma que tuve mi embarazo.

Y bueno…, puro canto nomás porque su bebé se le adelantó y evitó que se matara. Ahí, al centro del techo de la torre, vomitó a su hijo. Era lindo el guacho. Cabecita negra, (muchos escritores, los mas acolizados, dan a los señoritos de rubios y ojos azules… un clásico añejo… pues hoy los cabezas negras también pueden ser señoritos: sé qué más de uno dirá que estoy encajonando los homos… no, no… son la realidad y ella no la escondo) ojitos medios chinos y cuerpo de monito. Era lindo verlo llorar. !Puta que lloraba! parecía pedir socorro porque se daba cuenta que su madre andaba en la onda suicida. Al centro del techo de la torre un pozo de sangre. Un helicóptero que pasaba por ahí, al ver a la mujer tirada en el centro del techo y llena de sangre al lado de  su crío entre las piernas, dio la alarma.

!Puta la güeaaa! la mujer no sabía ni su apellido. “Me llamo como me puso el cura” respondía, en el hospital. Su patrona negó que la mujer trabajaba en su casa y dijo que nunca la había visto. En fin, sin nombre ni apellido, pues en el hospital la llamaron “Madam Tajamar”. Al hijo, bueno, lo bautizaron como, “Torre Tajamar”. El tiempo de recupero fue corto y la, Madam Tajamar, fue dada de alta. Sin casa ni cama, dormía a orillas del Mapocho. Una noche, mientras pedía limosnas en el barrio chino, un hombre, piadoso, se la llevó a su casa. Era un inspector de policía. Hombre del sur, agradable con los honrados y cruel con los malvados. Un Zorro en todos los casos. Torre Tajamar no se comprometió en nada y menos con las letras. Se enzarzaba con su propia confusión. Creció rebelde. Se comportaba mal. Era atrevido con el inspector. Al crecer, eso se comprobó, fue cómplice de una asalto a una fuente de soda de la ciudad y, por tonto, fue mandado a la cárcel. En el penal se dio cuenta que había cometido un error. En la cárcel habló con sus amigos de celda y les pidió que se dejaran cortar el pelo con sus tijeras, ahí pudo seguir cortando pelucas a Pedro Juan y Diego.

Al salir de la cárcel no encontró a su madre: ella y el inspector se habían ido al sur. Torre Tajamar conoció al vendedor de caluga en la micro, Recoleta Lira. Le compró un par de calugas y le dijo que si quería le cortaba el pelo en la misma micro nomás. El vendedor aceptó y, manos a la obra. Nunca se había visto cortar el pelo en pleno recorrido de la Recoleta Lira. El pasajero santiaguino, cagao de la risa en la micro, aplaudía la idea. Se hicieron amigos. Torre Tajamar dormía en una hospedería de la calle Copiapo. El vendedor de caluga en una casita de tabla de la Avenida  La Feria.

Poco a poco el Torre Tajamar se hizo de un capital. Compró tablas, fonolas y puertas y armó su casa a los pies de una muralla de un sitio abandonado en lo Valledor. No fue una toma de sitio ni nada…, “Si nací en una torre, pues ahora moriré en un corral”, decía a sus clientes. El terreno nunca tuvo dueño, o lo tuvo pero no se supo. Torre Tajamar arrendó parte del sitio y al poco tiempo habían doce casitas de tabla en el barrio. Callampas del Caballero de la Torre, decían los picaos. Arriendo a la chilena. Corriente gratis y agua gratis. Ahí o allá se colgaban de los cables públicos y el agua llegaba de un grifo de los bomberos. !Water dobles! Na de uno solo. Water mellizos, los llamaban. Dos water en un uno. Se podía cagar dos veces en una vez.  A gusto del ser con ganas de abortar: en el casi lleno o en el casi rebasado.

 En el sitio del Torre Tajamar, se creó la secta, “revolución apostólica”. Sepa Dios que cresta era esa secta, pero bueno, nunca hicieron nada, y tampoco hubo teología y estudios de materialismo o de una obra romántica…, en fin, la secta era una güevada sin patas…, y  el capricho de Torres Tajamar era la de ser el pipa de la oración pero no tenía dedos pal´piano.

Fue el vendedor de calugas que lo aterrizó. “Para vender credos, Torres Tajamar, debes hacerlo como yo lo hago con las calugas. Ser irreal, incierto, cachiporro, superficial y también aparente. En la vida hay que ser gallo; seccionar el problema, escindir el desmoronamiento de la sociedad, cachai?”

Torres Tajamar no cachó una.

“Puta que hablai difícil, calugero”.

“Monseur, Torre Tajamar, vendo calugas es verdad, pero me he leído las mejores obras clásicas del mundo…, Stendhal, Sartre, Moliere, Víctor Hugo, Tolstoi, Gogol, Puskin, Dante, Manzoni, Calvino, Pirandello y hasta Manuel Rojas… otros autores no los digo pa´que no crea que soy cachiporro…”

“Por suerte no andaí vendiendo chocolates sino que wea leerías. Fuera del güeveo, no temí que te llegue un derrame cerebral de tanta güevada que leí?, porque cacha, un cliente de la calle Yarur quiso freír un huevo con puro mirarlo nomás… estuvo algo de tres horas mirando fijamente el sartén y al final se le reventaron los ojos y quedó ciego de  puro gueón nomás…”

“Eso se te lo has inventado, Torres Tajamar, pero te voy a enseñar a leer…, será mi tarea de caluguero y saldrás de mi piojera convertido en un ejemplar peluquero andante que corta el pelo y al mismo tiempo educa la plebe pa´qué no se diga que los rotos somos ignorantes. Empezaremos con el romance de Dostojewski, “El idiota”.

“Momento, tan güeón no soy;pero no creo que un analfabeto aprenda a leer con un libro de ése gallo…? Cómo cresta se llama?

“Dostojewski”.
” ¿ Es árabe”?
“No, Torre Tajamar, él es un escritor ruso”
“Comunista  ¿Come cauros chicos?”
“Dime una guevada, Torre Tajamar, si tú tuvieraí tanta hambre no te comerías el hijo menor de un viviente?”
“!Puta, no poh!, pobre pero digno poh gueón”.
“Tu mollera, Torre Tajamar, es la de un inculto. Sabis cosas pero no sabís de qué cosa. Piensa en los vivientes, Torre Tajamar… piensa en el becerro y la vaca”.
“!Ahhh! me estaí camelleando!”.
“No, Torre Tajamar, te estoy dando lecciones de cultura. Eres pobre pero digno, de acuerdo, pero comes carne de becerro pero no sabes que te has comido el  hijo menor de un viviente”.
“No… poh gueón… me estaí cargando el hijo de la vaca.. al final voy a terminar vegetariano por tu culpa poh”.


El caluguero, parecido a un sabio medieval, a veces era como un niño que se emocionaba al jugar con los cabros chicos del barrio. Se vestía de guagua, se ponía pañales y salía gateando a las reuniones de la junta de vecinos. Era para hacer feliz al proletariado, decía. Era la pesadilla de los profesores de las escuelas públicas porque acompañaba a las madres a las reuniones de apoderados y dejaba en tensión hasta al directores de los establecimientos educacionales.

Era culto. Muchas veces demasiado culto para Chile. Era notable. No tenía necesidad de ir buscando caminos para encontrarse porque, al parecer, buceaba en el exterior de su alma y no al interior. Odiaba la meditación. Peligrosa para el alma rebelde y droga para el cobarde. El caluguero era de origen nortino. Sus padres fueron mineros. Llegó a Santiago en el tiempo de la explosión de las callampas en la capital. La Legua fue su primera cuna.

Luego, sus estudios, más tarde su rechazo al consumo y, después, chileno independiente sin partido ni religiones. Su nombre: Dagoberto más conocido como el caluguero. Nunca se casó. Abandonó el liceo. Un genio en todos los casos. Daba literatura a los estudiantes de su barrio. Dejaba como estuco a los entendidos y educaba hasta a los candidatos para alcaldes. Una vez una cuica le dijo en la micro: “caluguero de mierda” En Chile se sintió un estruendo, la luz del día pareció estrujar su claridad y desembocó la noche…, eran recién las nueve de la mañana y era noche… Las dos clases de Chile. Pobres y ricos. Ignorantes y sabios. El caluguero no fue desleal con los ignorantes. Tampoco estrambótico, como decía en las clases de literatura. Estrechó la mano de la cuica. Ella, había quedado como muerta. El caluguero le dejó dos calugas en el bolsillo de su chaqueta y siguió su camino. Cierto, otro, digo un culto, la habría empapelado a chuchadas.  La mujer tartamudeaba, su boca se había averiado, se había roto, y era ruidosa. Nada de magias… fue la mano del caluguero que la agitó. Dicen que la mujer tuvo que dejar la micro para ser llevada a un hospital en  ambulancia. Es raro, pero no es una fábula lo que se decía, sucedió de verdad. En otra micro… un “pacobinero”, como solía llamarlos, le quitó sus calugas y le hizo una multa por no andar con permiso.

“Señor pacobinero, ¿a usted quién le ha dado el permiso de multar un hombre trabajador?” “Primero no soy pacobinero, roto de mierda, sino que carabinero. Segundo, piojoso, te puedo hasta meter preso por rebelde. Tercero, por mal criado te hago dos multas”.

En la micro los pasajeros se rebelaron y el pacobinero tuvo que romper las dos multas, devolver las calugas y bajarse a toda carrera porque, quiera o no se quiera señores en el tiempo de las micros había solidaridad de pueblo.

El caballero de las Torres de Tajamar aprendió a leer  con unas revistas de comanches porque salían con dibujos y le era fácil entender el significado de las palabras. Muchas veces que se emborrachaba hablaba de sioux de mohicanos pero nunca de los libros que andaba leyendo a escondidas…  Una tarde se descubrió  una obra que andaba trayendo en un bolsillo de su pantalón: Lucio Anneo Séneca  . Fue en un  mes de enero –de no sé qué año– cuando  El caballero de las torres, mientras cortaba los cabellos a su plebe,  comenzó sus oraciones: “ El pobre carece de muchas cosas, pero el avaro carece de todo”. Andaba predicando lo de Séneca. Todos aplaudieron sus frases… nunca se burlaron de él aunque una tarde, producto de tanto copete…  se lo llevó la pelá y se le encontró abrazado a una foto del Filósofo latino.

El cabellero de las Torres de Tajamar nunca quiso ser famoso… pero en su funeral… grano a grano de tierra que iban botando los presentes… iban formando una estatua en su ataúd y lo bautizaba como el Séneca chileno que cortaba el pelo por solo dos gambitas nomás.

El vendedor de calugas… su mejor maestro… hablٗó en nombre de los vecinos que pagaban arriendo al Caballero de las Torres y, de paso, regaló el terreno a cada arrendatario… como último deseo del finado…

Todo a la chilena… señores.. todo un colobacilo del momento en el cual llegará lal hora, –esperamos tarde sea-… será escrito en la historia como un microbio que se tomó las tierras de un Estafilococo apoyado por  sus dinosaurios millonarios que se reparten la tierra chilena.

Todos los poetas de las micros venden poesías… dijo el vendedor antes de abandonar  Santiago y emigrar al olvido.

Godosky