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Desde que el 15 de septiembre de 2008 la quiebra de Lehman Brothers precipitó un pánico y una crisis sin precedentes, todo lo que el mundo cuenta como “experto”, líder o ejecutivo financiero viene prometiendo ponerle fin a la irresponsabilidad y a la irracionalidad de los piratas de la comunidad financiera.
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La Unión Europea, los EEUU, Japón, el G20, el grupo BRIC, todos, sin excepción, anunciaron duras regulaciones para los forajidos culpables del peor desastre financiero, económico, social y político de la Historia moderna.
Desde entonces, -aparte poner sumas extravagantes a disposición de la banca privada, sumas excretadas por los bancos centrales que por una vez no temieron sobrecalentar las imprentas de dólares y euros-, nadie hizo nada. Los altos ejecutivos del mundo de las finanzas siguen auto atribuyéndose remuneraciones obscenas, -a menudo con dinero público-, para recompensar su propia incompetencia, su codicia y su falta de honestidad.
La breve historia de la regulación financiera parió los acuerdos de Basilea I, luego los acuerdos de Basilea II, sin que tales memeces lograsen intimidar siquiera a los filibusteros de la banca: dos o tres disposiciones, no siempre aplicadas, tendientes a obligar las instituciones financieras a disponer de un mínimo de capitales propios para dedicarse al lucrativo negocio que consiste en cobrar intereses por dinero que no tienen. Luego se construyó el Euro prohibiéndole al Banco Central Europeo (BCE) financiar directamente los gobiernos que lo adoptaron. El BCE debe poner a disposición de la banca privada los capitales con los que esta le presta dinero a los gobiernos europeos a tasas propiamente usureras. Peor aún, esa misma banca privada especula contra los gobiernos con los que gana sumas colosales. La deuda soberana europea se ha transformado en el terreno de juego preferido de estos traficantes.
Barack Obama logró hacer aprobar algunas regulaciones financieras aplicables en los EEUU, de cuya aplicación y resultados dudan hasta los más optimistas partidarios del presidente yanqui. Por otra parte, en medio de fuertes disputas, este domingo pasado se definieron los Acuerdos de Basilea III cuyo propósito declarado consiste en regular los mercados financieros. Los anuncios de la prensa internacional y de las cadenas de televisión planetarias dieron pistas para juzgar de la seriedad de tales Acuerdos: los bancos y otras instituciones financieras vieron aumentar significativamente la cotización de sus acciones. En otras palabras, los bancos se salieron con la suya y esta regulación no vale más que las precedentes. Ni un cuesco.
El vespertino francés Le Monde, controlado por los poderes financieros, hace esfuerzos por darles credibilidad: “El acuerdo internacional alcanzado en Basilea para endurecer las exigencias de capital de los bancos no es anodino. Y si es aplicado correctamente en el mundo, -particularmente por los EEUU que se comprometieron a hacerlo-, obligará los establecimientos bancarios del mundo entero a poner más fondos propios frente a sus compromisos”. ¿Hay que mofarse de ese “si es aplicado correctamente” cuando sabemos que Basilea II nunca fue aplicado seriamente?
El mismo Le Monde continua: “No obstante se puede expresar una seria decepción. Esta reforma del capital no será puesta en aplicación sino muy progresivamente, de aquí al 2019. Ocho años, es largo. Eso permite ciertamente no presionar los bancos y acompañar la reactivación económica. Pero también deja tiempo para nuevos excesos y nuevos derrapes”.
Vamos a ser honestos y decentes, competentes y racionales, pero en dosis homeopáticas, poco a poco, como que no quiere la cosa. Uno cae en la tentación de decir: “A la chilena”, o bien “En la medida de lo posible”.
Hablando de Europa, los signatarios del “Manifiesto de los economistas aterrados” (01/09/2010) dicen: “la economía debiese estar al servicio de la construcción de un continente democrático, pacificado y unido. En lugar de eso, se impone por todas partes una forma de dictadura de los mercados…” Precisamente por eso están aterrados. Por esa razón declaran que “la sumisión a esta dictadura es inaceptable, tanto ha dado ya la prueba de su ineficacia económica y de su potencial destructivo en los planos político y social”.
Lamentablemente los Acuerdos de Basilea III indican que continua, ¿hasta cuándo?, la inaceptable dictadura de los piratas financieros
Desde entonces, -aparte poner sumas extravagantes a disposición de la banca privada, sumas excretadas por los bancos centrales que por una vez no temieron sobrecalentar las imprentas de dólares y euros-, nadie hizo nada. Los altos ejecutivos del mundo de las finanzas siguen auto atribuyéndose remuneraciones obscenas, -a menudo con dinero público-, para recompensar su propia incompetencia, su codicia y su falta de honestidad.
La breve historia de la regulación financiera parió los acuerdos de Basilea I, luego los acuerdos de Basilea II, sin que tales memeces lograsen intimidar siquiera a los filibusteros de la banca: dos o tres disposiciones, no siempre aplicadas, tendientes a obligar las instituciones financieras a disponer de un mínimo de capitales propios para dedicarse al lucrativo negocio que consiste en cobrar intereses por dinero que no tienen. Luego se construyó el Euro prohibiéndole al Banco Central Europeo (BCE) financiar directamente los gobiernos que lo adoptaron. El BCE debe poner a disposición de la banca privada los capitales con los que esta le presta dinero a los gobiernos europeos a tasas propiamente usureras. Peor aún, esa misma banca privada especula contra los gobiernos con los que gana sumas colosales. La deuda soberana europea se ha transformado en el terreno de juego preferido de estos traficantes.
Barack Obama logró hacer aprobar algunas regulaciones financieras aplicables en los EEUU, de cuya aplicación y resultados dudan hasta los más optimistas partidarios del presidente yanqui. Por otra parte, en medio de fuertes disputas, este domingo pasado se definieron los Acuerdos de Basilea III cuyo propósito declarado consiste en regular los mercados financieros. Los anuncios de la prensa internacional y de las cadenas de televisión planetarias dieron pistas para juzgar de la seriedad de tales Acuerdos: los bancos y otras instituciones financieras vieron aumentar significativamente la cotización de sus acciones. En otras palabras, los bancos se salieron con la suya y esta regulación no vale más que las precedentes. Ni un cuesco.
El vespertino francés Le Monde, controlado por los poderes financieros, hace esfuerzos por darles credibilidad: “El acuerdo internacional alcanzado en Basilea para endurecer las exigencias de capital de los bancos no es anodino. Y si es aplicado correctamente en el mundo, -particularmente por los EEUU que se comprometieron a hacerlo-, obligará los establecimientos bancarios del mundo entero a poner más fondos propios frente a sus compromisos”. ¿Hay que mofarse de ese “si es aplicado correctamente” cuando sabemos que Basilea II nunca fue aplicado seriamente?
El mismo Le Monde continua: “No obstante se puede expresar una seria decepción. Esta reforma del capital no será puesta en aplicación sino muy progresivamente, de aquí al 2019. Ocho años, es largo. Eso permite ciertamente no presionar los bancos y acompañar la reactivación económica. Pero también deja tiempo para nuevos excesos y nuevos derrapes”.
Vamos a ser honestos y decentes, competentes y racionales, pero en dosis homeopáticas, poco a poco, como que no quiere la cosa. Uno cae en la tentación de decir: “A la chilena”, o bien “En la medida de lo posible”.
Hablando de Europa, los signatarios del “Manifiesto de los economistas aterrados” (01/09/2010) dicen: “la economía debiese estar al servicio de la construcción de un continente democrático, pacificado y unido. En lugar de eso, se impone por todas partes una forma de dictadura de los mercados…” Precisamente por eso están aterrados. Por esa razón declaran que “la sumisión a esta dictadura es inaceptable, tanto ha dado ya la prueba de su ineficacia económica y de su potencial destructivo en los planos político y social”.
