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No sé si a quienes son de mi generación – los veinteañeros de ese tiempo – les ocurre lo mismo, pero mirando hacia esos tres años de gobierno de Salvador Allende y la Unidad Popular los veo, no estoy seguro si como los más felices, pero eso sí los que viví con más intensidad y ciertamente los que permanecen como los más memorables de mi vida.
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Este pasado 11 de septiembre cuando – como en tantas ocasiones anteriores – los chilenos de Montreal más unos cuantos amigos solidarios de otras latitudes, incluyendo por cierto a nuestros anfitriones canadienses, nos reunimos en un parque de la ciudad junto a un árbol plantado ahí justamente en memoria de los trágicos sucesos de Chile, se produjo una perfecta combinación de un luminoso día de sol con haberse logrado un – no siempre fácil – acto consensuado por todos los sectores de la comunidad chilena, lo que contribuyó a hacerlo un hermoso, saludable y unitario momento en que además hubo no sólo discursos (por lo demás breves) sino poesía, música y una pequeña pero emotiva puesta en escena. Fue durante ese momento que la imagen de la analogía vino a mi mente así como un súbito relámpago: esos instantes de música, poesía y por cierto palabras enfocando el significado político del acto, era como un retrato en miniatura, un símbolo reproducido a miles de kilómetros y a 37 años de distancia de los acontecimientos, pero un símbolo no obstante de esos tres años que vivimos entre 1970 y el golpe de estado: el fervor, la conciencia de que formábamos parte de un proceso quizás comparable con el que se había inaugurado con la primera junta de gobierno de 1810, la dedicación plena a ese gran momento histórico, las esperanzas, la alegría, la creatividad y los sueños de transformar el país y la actitud y la conducta revolucionaria que nos debería regir. “En este gobierno se podrán meter los pies, pero no las manos” había dicho Allende, y a pesar de tener a su disposición todos los mecanismos de poder, la dictadura que lo derrocó jamás pudo probar siquiera un solo acto de corrupción de él o de cualquiera de quienes ocuparon altas responsabilidades en esos tres años (¡cuán diferente por cierto de las fortunas mal habidas de Pinochet y su gente, y – desgraciadamente también – de la de algunos funcionarios de los gobiernos democráticos que sucedieron a la dictadura!)
Como me imagino que no sólo aquí en Canadá sino a través del mundo y por cierto en Chile mismo, se han multiplicado similares actos y reuniones, se han hecho reflexiones como la que aquí hago, en fin se ha mirado retrospectivamente a ese inolvidable trecho en nuestras vidas y en la vida del país marcado por la vertiginosidad de los acontecimientos, por el sentido de que estábamos haciendo algo nuevo y que estábamos cambiándolo todo. ¿Es esto un poco de nostalgia de viejos combatientes ya prontos a emprender nuestra partida de este mundo? A veces uno se siente como forzado a empezar a dar explicaciones: no, no es nostalgia, se dirá defensivamente. Pero en este caso no me siento inclinado a disculparme: por el contrario, porque en verdad cada acto multiplicado a lo largo y ancho del país y el mundo ha sido un acto de nostalgia. ¿Y saben una cosa? No hay nada de malo en la nostalgia. “Volver a casa, con dolor” de “nostos” y “algos” en griego, mirar hacia atrás y ver con dolor lo que ha quedado en el camino, en si misma la nostalgia no tiene nada de malo. O para ser más preciso, tendría de malo si la fuente de la nostalgia, ese pasado que ya no está, se lo quisiera hacer revivir de modo artificioso. Eso sería el único posible efecto malo de la nostalgia, como si por ejemplo nos quedáramos aun en los parámetros políticos de 1973 (como desgraciadamente algunos se han quedado) y supusiéramos que se pudiera reconstruir ese pasado tal cual fue. La nostalgia que reivindico respecto de los años de la UP sin embargo tiene otro sentido, más bien el contrario de ese que sería paralizante o nos llevaría a la inefectividad: la nostalgia de ese tiempo como una plataforma para el lanzamiento de nuevas ideas y modelos, porque lo que hay que rescatar de esos años y del último sacrificio de Allende mismo – aparte de los ejemplos éticos que se pueden deducir – es la originalidad del proceso de acumulación de fuerzas que sobre un período de varias décadas, con avances y retrocesos, llegó a culminar con el triunfo de la Izquierda en 1970 y con un crecimiento constante de su influencia que durante los años de gobierno llegó a bordear el 50% de apoyo popular (y que quien sabe, de haberse concretado el plebiscito que Allende pensaba anunciar el mismo 11 de septiembre era muy probable, aunque no seguro por cierto, que en él las fuerzas de la Izquierda obtuvieran el apoyo de la mayoría del electorado, un temor que hizo que Pinochet adelantara la fecha del golpe). Algo se hizo muy bien en esos años para movilizar a la mayoría de la clase obrera, para incorporar al proceso a los campesinos, al estudiantado y a sectores de las capas medias, en suma, para haber creado en Chile una Izquierda que era un actor político de primera línea con influencia no sólo en los sectores sindicales u otros propios de la clase trabajadora sino también en las universidades, en el mundo profesional y el mundo cultural. Por cierto una falla central en ese proceso de acumulación de fuerzas fue no extender esa influencia hacia un sector que entonces y aun ahora se considera como tabú: las fuerzas armadas (de paso un error que por lo menos hasta ahora y afortunadamente, parece haberse evitado en otras experiencias de transformaciones sociales por medios electorales, como la venezolana, la boliviana y la ecuatoriana).
Recordar todo eso no es pues un acto de nostalgia, vista de modo negativo, destinado a hundirnos en el dolor de “la leche derramada” sino que debe ser un trampolín para lanzarnos en la búsqueda de un accionar que vuelva a posesionar a las fuerzas políticas que en Chile están por el cambio social profundo en el camino de ganar las conciencias de las gentes.
Naturalmente las circunstancias de hoy son muy diferentes: la clase obrera, columna vertebral de cualquier proceso de acumulación de fuerzas en torno a un programa de transformaciones sociales profundas, ha sido diezmada por el modelo neoliberal que ha destruido la mayor parte de la industria en Chile (igual fenómeno ha ocurrido en Argentina, en su momento el país más industrializado de América Latina; e incluso en países desarrollados como Canadá o el propio Estados Unidos, sobre este último ver el excelente documental de Michael Moore Roger and Me que trata el desmantelamiento de la industria automotriz en ese país); el relativo pluralismo informativo existente hasta 1973 (y paradojalmente revitalizado un poco hacia finales de la dictadura con la existencia de medios que desafiaban al régimen) ha sido reemplazado por una concentración monopólica de los medios de comunicación, estos últimos a su vez se interesan fundamentalmente en idiotizar a la población, haciéndola más consumista, superficial y conformista; y por cierto el modelo económico mismo ha impuesto la precariedad y la inseguridad como características de la gente en su lugar de trabajo, situación que conduce a buscar soluciones individualistas que tienden a desalentar las conductas solidarias beneficiando en cambio el “arreglárselas solo”, incluso sembrando la desconfianza en lo que puede lograrse por el accionar colectivo (“otros se aprovechan de uno”, “¿por qué tengo que ayudar a otros? ¿quién me ayuda a mí?”), modos de pensar que se han entronizado en la sociedad chilena con mucha fuerza y que operan como mecanismos psicológicos superestructurales contra los cuales cualquier intento de construir un movimiento amplio por el cambio social, tendrá que emplear mucho tiempo y energía combatiendo.
En este aniversario, que siempre tiene aristas tristes por cierto, sólo cabe constatar – eso sí con satisfacción – como la figura de Allende se agranda con el tiempo, y no sólo porque los actores políticos del presente en Chile no sean justamente ejemplos de grandeza sino también porque mirando una vez hacia ese pasado con esa nostalgia que no busca excusas como ya he señalado, la figura del ex presidente se torna más y más como un símbolo del camino que habrá que volver a recorrer aunque de un modo original y diferente como ya he subrayado. Curiosamente, y creo que esto hay que anotarlo especialmente para las nuevas generaciones que no fueron testigos de esos años, el año 1970 fue cuando más difícil fue para Allende ser el candidato de la Izquierda. Recuérdese que la segunda mitad de los años 60 ve crecer en el seno de muchos sectores un gran encantamiento con la lucha armada. El Partido Socialista mismo, el partido de Allende, tuvo en esos años serios “flirteos” con el modelo guerrillero, fuese el foco (como lo había intentado Che Guevara en Bolivia) o el modelo de guerrilla urbana que en ese tiempo los Tupamaros parecían poner exitosamente en práctica en Uruguay (en ese momento país con muchas similaridades a Chile en términos de su estabilidad constitucional). En el propio Partido Socialista, Allende obtuvo en el comité central menos votos que las abstenciones al momento de nominarlo como precandidato, incluso se rumoreaba que Aniceto Rodríguez, entonces secretario general, podría haber sido el abanderado de esa colectividad. Aunque la figura de Allende era ampliamente respetada, no faltaban quienes incluso en su propio partido pensaban que era momento de buscar a alguien más joven (Allende tenía 62 años para el momento de la elección) o que medio cabalísticamente pensaban que Allende “no podía ganar” y que tres empeños anteriores eran suficientes.
Por lo demás el encantamiento con la vía armada incluso en el propio Partido Socialista hacía que algunos vieran todo el proceso en torno a 1970 con un cierto dejo condescendiente, como diciendo: “démosle una última oportunidad a la vía electoral y a Allende”, con la secreta convicción que su triunfo era imposible, ya fuera porque se cometiera un gigantesco fraude y se le robara la elección, o porque se produjera un golpe de estado que impidiera que asumiera el mando (algunos han insinuado que algunos de esos sostenedores de la vía armada incluso secretamente esperaban que tal imposibilidad se concretara para así validar sus tesis, pero tengo la impresión que eso es hilar muy delgado…)
Al final sin embargo, los socialistas se tuvieron que rendir a la evidencia que Allende era su mejor carta, en especial la que podía contar con el apoyo de sus entonces importantes aliados, los comunistas. Por lo demás – al revés de los años 58 y 64 cuando la designación de Allende como candidato fue cosa hecha de partida – para la elección de 1970 efectivamente hubo un debate interno y negociaciones que culminaron con un consenso en Allende claro está (aunque sólo hubo uno que guardó sus resentimientos para después, el precandidato radical Alberto Baltra que un par de años después abandonó el radicalismo y la UP junto a un grupo descontento con el rumbo para su gusto “demasiado izquierdista” del gobierno).
Como una incursión en la memoria siempre trae consigo algunas especulaciones de cómo se hubieran dado las cosas si alguna variable no hubiese estado allí, por cierto la mayor de ellas es qué hubiera pasado si Allende no hubiera sido el candidato, cosa que estuvo muy cerca de ocurrir. Sólo mucho después se reveló algo que en ese momento sólo fue de dominio de su círculo más íntimo y que por cierto no trascendió para no causar pánico ni desalentar a sus partidarios: estando ya en campaña el candidato había tenido un leve infarto cardíaco. Algún tiempo después siendo ya presidente, confidenció en alguna entrevista que de no haber sido candidato hubiera contemplado su retiro y dedicarse a escribir. Por cierto, como disciplinado militante de su partido y de la Izquierda, una cosa que él jamás hubiera hecho hubiera sido levantar una candidatura paralela o perjudicar de algún modo las posibilidades de triunfo de la Izquierda. Lo más probable es que hubiese estado de lleno apoyando a aquél que hubiera sido designado para el puesto que él ciertamente también quería y para el cual se sentía capacitado y destinado. Sólo datos escuetos dejó Allende de la eventualidad que no hubiera sido candidato, una que pudo ser, pero que nos hubiera privado a todos de la presencia de quien probablemente ha sido el hombre más honorable que haya ocupado la presidencia de Chile. El hombre que hoy es objeto de esta mirada telescópica en el tiempo y en la memoria, con el dejo de nostalgia que ya he dicho es enteramente legítima, el hombre que fue llamado “compañero presidente” apelativo que él adoptó gustoso como un verdadero honor que le conferían los que lo apoyaban, respetaban y querían; de paso hay que decirlo y destacarlo, una distinción que el pueblo chileno nunca más ha otorgado a presidente alguno.
