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Las últimas declaraciones del señor Hernández Norambuena, hechas al que fuera Canal del Presidente Piñera, han caído miel sobre hojuelas en las fauces de la UDI. Y de algunos RN. Y de Piñera. Por cierto de Hinzpeter. Una justicia, impactada por el gobierno, ha reabierto el caso Guzmán.
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Es posible, también, que recién reabierto el proceso de democratización desde el gobierno no se haya descargado toda la mano que hoy aparece como necesaria para combatir el terror. Pinochet, por ejemplo, siguió enarbolando su cavernario poder desde los cuarteles, las calles con rostros pintados y el Congreso.
El crimen de Guzmán, ¿fue un crimen político o un asesinato por motivaciones personales? ¿No había ni hay elementos como para pensar en esta última hipótesis, partiendo de la extraña personalidad de la víctima?
Si fue un crimen político ¿éste fue intrasistémico o planeado y ejecutado por personeros de la ultraizquierda? ¿No había gente, probadamente criminal, del interior del antiguo régimen dictatorial que tuviera intenciones de asesinar a Guzmán? ¿Dónde estaban y qué hacían los adversarios de Guzmán, ex DINA y ex CNI, en el momento del asesinato del principal teórico de la dictadura? ¿Si Frei Montalva pudo ser asesinado en 1982, no pudo haber sido asesinado Guzmán nueve años después y una vez derrotados en el plebiscito?
Si el crimen fue planificado, como dice Hernández Norambuena, por un colectivo del FMR autónomo, surgen interrogantes políticas.
No hay duda que “un crimen político” debe sustentarse, para su ejecución, en un análisis político y una decisión política.
Puede ser que quienes planificaron el crimen político, si lo fue, hayan pensado que Guzmán era, en ese momento, un personero del fascismo que había cumplido su tarea como teórico de la reconstrucción burguesa 73-89 y que se había transformado en una figura peligrosa por su ascendente poder.
Si hubiesen hecho un análisis prendido a “los porfiados hechos”, se hubiesen dado cuenta que el asunto era al revés.
El “gran triunfo” del principal teórico de una dictadura que hizo lo que quiso durante 17 años, fue el alcanzar, al final de ella, un 17,19% de los votos en una elección ciudadana. Más del 82% de la gente no votó por él. Guzmán era, en 1991, un cadáver político que difícilmente resucitaría. Y lo sabía. Él no estaba conforme con manejar un partido político del tamaño de la UDI, que debía navegar ya no con el poder del Estado dictatorial en las manos sino en la competencia de la naciente democracia. La UDI, con Guzmán de presidente del partido, era la mitad de Renovación Nacional, alcanzó un 9 por ciento en votación nacional de diputados y un 5 por ciento en votación de senadores, poco más que el P. Radical de la época y con muchos más recursos. Y él se mantenía en el Senado defendiendo todas las instituciones antidemocráticas establecidas en la Constitución de 1980. La UDI era sólo una militante trinchera de minoría. Guzmán, un capo de trinchera.
Hoy Guzmán tiene una aureola, ha sido beatificado, tiene monumento (lo que no tiene Pinochet), tiene calle (que tampoco tiene Pinochet), es un mártir, su partido es el más grande del país y ha vuelto al gobierno, y de él se puede inventar cualquier cosa, hasta un cierto pensamiento “humanista”, una visión alturada de la sociedad y una capacidad para hablar desde ultratumba con los que fueron sus delfines. Ah, y el haber fundado “un partido cristiano”.
