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Agosto 18, 2026

Mi prisma sobre el primer premio de mi prima

 Mi prima en tercer grado es una excelente narradora. A nivel mundial. No es envidia pero ojalá yo tuviera esa virtud que no se estudia. He ido a Montevideo y allí está en todas las vitrinas de todas las librerías. En Madrid supe de una estudiante japonesa que admiraba el castellano y cuya única obsesiva aspiración era hacer un doctorado no sobre Cervantes o Lope de Vega o Becker o Neruda sino sobre mi prima en tercer grado.

Mi prima en tercer grado es también una buena fabuladora. Inventó un abuelo o bisabuelo, Esteban Trueba, que si hubiera existido habría sido hermano o tío del abuelo mío, que, hasta donde se sabe, era más o menos como el de ella en lo conservador y ligado a la tierra pero mucho mucho menos acaudalado y poderoso.

Es, además, una muy buena expositora no sólo por escrito sino en TV, y la tele  -(ella habla en video-conferencias) – es un medio esencial para comunicarse hoy con grandes audiencias.

Y así: una persona con una cierta valiosa consecuencia y pocos rollos.

Ah, y una persona exitosa.

No es una filósofa, como lo son muchos de los grandes poetas y los grandes escritores.

Mi prima en tercer grado no es Shakespeare, no es Cervantes, no es Borges, no es Carpentier, no es Neruda ni De Rokha ni Vicente Huidobro. No es Pedro Prado, ni Manuel Rojas ni José Donoso.

No es tampoco una escritora de la morbosidad ni del pesimismo, y eso es raro porque esos estados parecen ser las únicas fuentes de la sublimación y la belleza. Los escritores optimistas escasean. Yo, que soy un escribidor, tampoco lo soy.

El éxito literario de mi prima en tercer grado, como ha dicho mi amigo José Miguel Varas, provino de la escritura. Agrego: y no de artes anexas como las del nepotismo,  la traición a los suyos, el menosprecio por el entorno y su país, el neoburguesismo, la venta de sí mismo, el oportunismo de derecha para librear en el actual mercado transnacional de la cultura.

Ha mostrado en su vida una cierta consecuencia. Y en EEUU, donde el oportunismo es muy bien remunerado, si no pregúntenselo a Sebastián Edwards, a Roberto Ampuero, a Schaulsohn, a Fernando Flores, cuyas volteretas gringas a favor de los poderosos les permitieron su gloria.

Ella se parece aún en mucho a la periodista que fue articulista en Paula de los setenta.

No ha tenido la línea de denuncia y consecuencia de Ariel Dorfmann en EEUU, que no fue candidato al Premio Nacional, pero ha sido una voz democrática.

No es Vargas Llosa que de un día para el otro exhibió sus amores con su tía para vender más; no es Jorge Edwards, que inventó haber sido embajador y declarado no grato; no es Ampuero, que cuenteó una historia de conversión que no existió y negó una historia de traición que sí existió; no es Chamudes.

No caldeó su éxito con la farándula o el destape de sus íntimas privacidades. No mechoneó a otra escritora ni la atacó con sus uñas, buscando ser más leída.

No escribió acerca de Allende “Los amores con mi tío Salvador”, que pudo fabular, sino que trató siempre al Presidente con una elegante y respetuosa distancia, incluso en vida.

Es como Diamela Eltit, sí, depende del gusto, que es muy subjetivo.

Es como Marcela Serrano, que no es mi prima en tercer grado pero fue mi  cuñada, que escribe muy bien, pero es mejor.
Mi prisma me dice que el primer gran premio de mi prima en tercer grado es haber vendido lo que vende.

Hay buenos escritores que no venden, es decir venden mil libros o quinientos.

Hay otros que para vender libros venden a su madre.

El buen escritor o la buena escritora, que vende 55 millones de ejemplares, es sin duda un premiado, un gran premiado.
Estamos ante un fenómeno. En la historia de Chile, además de ella, sólo Neruda es millonario en lectores.

Hacerle el bien a 55 millones de personas en 33 idiomas, de manera no paternalista sino con libros bien escritos ¿no tiene mérito?

Ahora ha sacado el segundo premio.

Muchos narradores que son bastante menos que ella  fueron honrados con el Premio Nacional.

Arturo Aldunate Phillips y Enrique Campos Menéndez, “por sus vidas consagradas a la literatura” y no por su calidad literaria.

Y un señor Sady Zañartu, cuya más excelsa obra fue la letra del himno del Regimiento Buin. Sólo la letra.
Nadie se preocupa –literariamente- de ellos. Debe ser porque venden poco.

Marcela Paz es Premio Nacional. No se trata de una excelsa escritora. Se trata de la madre de Papelucho. Aún más: creo que Marcela Paz se parece a Isabel Allende, en su literatura y en sus méritos.

Yo no he andado cargoseando a mi prima en tercer grado. Hablé sólo una vez con ella y nunca ni siquiera le he escrito. Una vez le hice llegar con Panchita, su mamá, a quien llamé por teléfono, un ejemplar de un libro mío, sin respuesta. Panchita es pariente de mi papá, ya fallecido. 

Con mi prima no coincidimos en todo –ella dice que Piñera lo está haciendo bien y que tiene un equipo de jóvenes (como Lavín y Larroulet digo yo) que estudiaron en EEUU (como si eso fuera un mérito) – pero coincidimos no sólo en que compartimos antepasados sino en que los dos escribimos libros sobre Haití, el suyo bastante más largo que el mío. En mi caso no es raro: viajé por primera vez a Port au Prince hace veinte años, viví después tres años intensos allí, y me quedé pegado a sus colores y sus dioses. Lo raro es que elegimos, sin tener idea y cada uno por su loa, la misma ilustración de un mapa africano al interior del libro. Debe haber sido la serpiente de siete cabezas o Francisco de Asís. O Mambo, la sacerdotisa vudú.

Prima, la felicito, y perdone porque el premio no se lo dieron ni Lagos ni Arrate sino Lavín. Claro que Ud. ha dicho, con inteligencia, que la distinción, en tiempos de Piñera, no puede oler a arreglín político.