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Costaría encontrar el momento en que este país, mejor dicho este pueblo, comenzó a ser aporreado por frecuentes tragedias. Pero habrá acuerdo en que una fecha distintiva inaugura una temporada de miedo: el once de septiembre de 1973. A partir de entonces el pueblo ha venido soportando castigos que no dejan de sorprender por su dureza.
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A riesgo de parecer pesimista, se podría pensar que la mala suerte persigue a los pobres donde quiera que estos intenten guarecerse. Hay una especie de maldición vigente, a juzgar por las veces y formas en que la gente humilde es azotada por desgracias de distinto origen.
Los mineros enterrados vivos en una mina que sus poderosos dueños mantenían de milagro, tuvo sumido en el dolor a sus familiares. Pero lo que en un momento fue causa de una consternación nacional, ya está derivando en una moda que permite ver un desfile de personajes en busca de protagonismo. Donaciones, ofrecimientos se hacen saber en los medios de comunicación. Y un gran protagonismo de los héroes de la superficie: el Presidente y el Ministro de Minería.
Queda pendiente la discusión respecto de las condiciones de trabajo en que deben laborar los mineros. Y la esperanza que el sufrimiento de los treinta y tres hombres que esperarán meses antes de ser rescatados, hagan que las cosas cambien para sus colegas que en faenas similares, desafían a la muerte cada día.
La desgracia de los mineros de Copiapó ha tenido como daño colateral, la desaparición de los efectos del tsunami del que ya nadie habla, ni del sufrimiento de los mapuches que reclaman mediante la huelga de hambre, el respeto a sus derechos.
Pero no sólo la tierra, el mar o el cielo se encargan de hacer más amarga la vida de los pobres. Cuando no los asfixia, la sequía, los ahoga la inundación o sepulta la tierra, son los poderosos de siempre los que dejan caer sobre el sufrido torranterío, su cuota de castigo.
Así, desde el patrón que explota sin misericordia al trabajador que sobrevive de milagro y al crédito, hasta el general que azuza sus tanques contra el populacho rebelde, hay una historia reciente que habla de castigos y malos tratos.
Cuando no son los milicos, han sido políticos, diferenciados sólo por el uniforme y la hora en que toman desayuno. La asonada fascista de septiembre del 1973, inaugura un tiempo de mucho sufrimiento para la gente. Ese golpe deja a los chilenos en un estado de schok que aún no se logra superar. Los efectos que tuvo la represión extendida por 17 años, ha sido de tal profundidad que serán necesarias muchas aguas bajo muchos puentes para que se mitiguen.
De existir la mala suerte, radica en Chile. La esperanza alimentada en tantos años de padecimientos, fue traicionada no más se difuminaron los arco iris y las promesas que alegrías que nunca llegaron. Nuevamente, por veinte años, la misma gente que ya lo había pasado mal los anteriores diecisiete, volvió a quedar en manos de los nuevos administradores que a poco andar, se olvidaron de casi todo.
Es cierto, ya no hay cárceles secretas, torturados, desaparecidos, ni asesinados y el país se sacudió de la oscura tropa anterior. Sin embargo, la Concertación no cumplió las expectativas ni esperanzas. A poco andar ya se vio que esperar justicia por todos los crímenes cometidos, era esperanza fallida. Promotor del golpe en su tiempo, el presidente Aylwin no fue más allá y se limitó a un gobierno tembleque que la gente miraba con asombro.
Lo restante ya se sabe. La prepotencia de Lagos y Frei hicieron recordar los mejores tiempos grises. La gente, nuevamente los mismos, fueron presas inermes de la profundización de un modelo castigador y vengativo. Se reactivó al represión, se hicieron leyes para controlar en secreto a la chusma, se precarizó el ya precario trabajo, se les volvió la espalda a las reivindicaciones de los profesores, se les permitió a los empresarios a hacer y deshacer con los tontos útiles de sus trabajadores. Se privatizó todo, hasta los goles del domingo. Se organizó la monumental estafa del Transantiago. Desapareció la educación y salud públicas, y la gente pobre llega a morir a los hospitales y consultorios.
Justo cuando se estaba yendo Bachelet, entre nubes y querubines, y estaba llegando Piñera, entre fachos y milicos, la tierra vuelve a castigar a los mismo de siempre. Terremotos y tsunamis arrasan con lo que encuentran a su paso mientras los obligados a dar la alarma jugaban al cacho.
Hace falta un sahumerio colectivo. Los poderosos, que siempre salen indemnes de todo, sacan cuentas y definen los cursos de acción que no comprometan sus brillantes carreras políticas y negocios. El resto, da lo mismo.
