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La radio me identifica, me seduce, me apasiona. Por eso aplaudí y defiendo la norma aprobada ayer por la Cámara de Diputados que exige a las estaciones nacionales incluir al menos un 20% de música nacional en sus programaciones diarias.
Más allá de mis aprehensiones personales prefiero enfocarme en lo que se gana. Sí, porque se gana mucho. Aún con la campaña orquestada por las grandes cadenas amparadas en un falso clamor de libertad para elegir. Ellos mismos, durante años, asentaron una fórmula traída desde el extranjero, basada en la segmentación de públicos por señal. Generan un abanico de opciones por holding. Disfrazan el dial de heterogéneo y se apoderan de la torta publicitaria. Matan con ello los esfuerzos de pequeños empresarios por entrar en la carrera. Un descalabro legal que en rigor es el verdadero germen de la desigualdad en la radiotelefonía chilena.
¿Cambia el modelo con esta imposición en la ley 1928? No, pero entrega indicios potentes. Hasta ayer, los esfuerzos idealistas corrieron por parte de “ La Perla Del Dial” en AM y “Radio Uno” en FM. Esta última prosperó y se ganó un espacio. Sendos abordajes de sonido criollo -con abanico horizontal- también se enmarcaban en la mentada segmentación. Pertenecían al Grupo Dial e Iberoamerican, respectivamente. Los dos gigantes que absorben el avisaje. Más de lo mismo. La decisión de los diputados, aún pendiente en su discusión senatorial tiene asideros. Primero, manda. Lo que ya es voz de alerta ante semejante desequilibrio. Segundo, abre puertas a decenas de bandas, sellos y músicos nacionales que con esfuerzo logran grabar un demo que jamás llegaba a oídos de la gente. Tercero, obliga a la organización, a la libre competencia y la mejora constante de estos últimos. La carrera por sonar en los receptores se dará entre pares. Sin la amenaza permanente de artistas de papel inventados en Centroamérica o México. Los que cuentan con manga ancha al cimentarse en el piso de las gigantes discográficas. Probablemente la idea original es promover el legado musical chileno a cualquier costo. El fondo es erróneo pero la forma permite pensar que las nuevas generaciones agradecerán la iniciativa. Son deplorables las costumbres del ciudadano modelo que compra pomadas extranjeras fabricadas por una industria creada justamente para eso. ¿Por qué no nosotros? La profesionalización está ahí. A la vuelta de la esquina. Dependerá de la voluntad de los mercaderes y programadores de emisoras locales. De su compromiso y creatividad por aportar con la norma. No de escabullirse en recursos bajos como tocar especiales de los mismos nombres de siempre durante la madrugada. Subterfugios para no evadir la ley y sacarse “el cacho de encima”. En Canadá alguna vez se exigía el triple de porcentaje al día. En países como Inglaterra o EEUU se forjaron corrientes míticas que mutaron en subculturas, que transformaron sociedades y chorrearon para otras latitudes. Sobrevivieron por el soporte radial más que por la inquietud foránea. Se puede imitar el ejemplo. Hay tanto talento en este país que ojalá no se desperdicie la iniciativa. Que no se tome para proliferar imitadores o cantantes ocasionales sacados en programas de talento. Darle cabida a las expresiones artísticas diversas es lo que debe primar. Para que los esfuerzos lleguen al público masivo. Para que no sean sólo entretenedores de soporte mientras te tomas la cerveza en algún local tras delirar con cierto recital importado desde afuera…