Primero fue el verbo y la frase que tienes que sintetizar porque el hombre se encuentra a setecientos metros bajo tierra y si bien la carta del viejo ya estaba escrita, este era el mensaje al mundo:estamos vivos los 33.
Desde el noticiario de la una de la tarde hasta el de las nueve, los cuatro canales se vuelcan a deambular a filmar a dar una opinión.
La noticia ya es real. Un papel escrito en rojo adherido al metal de una de las sondas de perforación ya esta al sol y el minero corre saltando guardias y cerro hacia donde están las familias.
¡Están todos vivos… todos vivos!. Dijo agitado y llorando.
Y empiezan los abrazos y las certezas aguerridas de estos hombres que le dan el sueldo a Chile y que nos alegraron el domingo.
Ahora quedan tres meses o cuatro, las ediciones de prensa y los asesores comunicacionales ya le ponen el nombre de los 33 mineros a calles y celebraciones bicentenarias.
Como en el terremoto la noticia corrió velozmente. Ahora a la velocidad de los satélites y el campamento Esperanza se transformó en la alegre pensión paciencia.
A partir de ahora la minería en Chile cambia definitivamente.
La reacción tardía del sistema hacia los trabajadores con el papel escrito en rojo, les hacía ponerse las pilas globales y nos permitió entrar la semana de mejor manera.
De paso comenzar las celebraciones primaverales dado que los usuarios del sistema estábamos hasta la punta del cerro de la angustia de saber si estaban vivos y con la jodida onda polar que tenía resfriado a medio Chile.
Esta vez y de momento, la reforma laboral que han de amasar el estado y los privados, respecto a la mediana y pequeña minería, tiene su entrada al horno de la realidad parlamentaria.
Lo único que parecía unirnos por los setenta fue la nacionalización del cobre y forma parte de los “asuntos pendientes”, como el No a Pascua Lama y el eterno palpitar mapuche, que ahora tiene a 32 de sus hombres en huelga de hambre.
Jordi LLoret
