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No es el mercado. Es la política tras el mercado. Los más de trece mil reclamos contra el sector financiero recibidos por el Sernac los primeros cuatro meses del año no son sólo una expresión numeral más de las relaciones entre consumidores y bancos, sino el vivo retrato de una institucionalidad económica, bien reforzada desde la misma constitución del estado que ha colocado al mercado como piedra angular de la economía, la producción, el trabajo y todas las reales y posibles actividades humanas. Todo, absolutamente todo, es hoy sujeto y objeto de transacción, de comercio, de lucro.
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El estado chileno ha creado y amparado a este monstruo financiero alimentado por el resto de los actores económicos. Al ir en busca de capital de trabajo hemos hipotecado a favor de la banca nuestros escasos bienes y todo nuestro trabajo presente y futuro. Nos hemos convertido en el combustible de una maquinaria que no crea riqueza, sino la transfiere desde productores y trabajadores en un trance atendido y gozado por el voyerismo político.
La banca se ha consolidado como el gran interventor de la economía. Un peaje a todas nuestras rutinas, aventuras y desventuras. Un impuesto encubierto bajo un arbitrario interés, en comisiones y otras recaudaciones que ceban al leviatán de papel moneda y plástico. Hoy en Chile, de la primera docena de corporaciones, tres son bancos y otros en vías de serlo. Como Falabella o Cencosud, que han hecho su meteórico ingreso en la elite empresarial con los créditos y las altas tasas.
El poder financiero en la cúspide del poder económico. Estimulado por gobiernos y legisladores de toda laya, decreta el triunfo del libre mercado para acabar con todos los mercados. De la competencia a la concentración, del oligopolio al cártel y al monopolio. De la seducción del consumo al control, a la expoliación y a la coerción.
Más de trece mil reclamos son un síndrome. De concentración de los bienes y extensión de los males, de abusos, de fraudes, de injusticia. Del fin de la tolerancia.
Paul Walder
