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Agosto 18, 2026

Profesión,maniquí

 Bogotá.- Si el Trío Matamoros anduviera por estos predios no se preguntaría de dónde son los cantantes. Indagaría en algún son de dónde son las maniquíes, esas mujeres inatrapables como el viento. Y misteriosas, como las películas de Boris Karlof, que en casa veíamos en manifestación para cobijarnos con el miedo de todos. Esas ráfagas que han desfilado en el reciente Colombiamoda, en Medellín, parecen ficciones, espejismos que de lejos parecen y de cerca son.

Son a la vez pan y circo que nos distraen de las licencias de un mundo al que se le va la mano en violencia.

Muchas enflaquecen por deporte. Por negocio, otras engordan presas estratégicas de su vanguardia y de su retaguardia, vía silicona, esa mentira con los ojos azules que aumenta la geografía de la cadera o del busto que la contiene.

El mismo satélite que trae las anoréxicas (flacas) de las pasarelas, es el mismo que nos muestra a escuálidas muchachas de todas partes que se alimentan -y eso- del clima y viento raspado. Los extremos se juntan.

Las modelos lucen trajes costosos que morirán después de la primera fiesta. Luego colgarán su mundana y fugaz importancia de un armario, donde se perpetuarán en su hermosa primavera, sin tener una segunda oportunidad sobre la tierra.

Las maniquíes, metáforas de carne, poemas de hueso, llevan trajes que se lucen esta noche y se venden mañana como antigüedades.

Estas niñas que tienen la pasarela por supermercado, por cárcel y por hábitat, son tan imposibles y exclusivas que no les debe dar hambre, ni frío, ni calor. No les entra el magníficat de ninguna incomodidad.

Sus admiradores quedaríamos decepcionados si nos enteramos de que como el resto de los mortales tienen que pagar arriendo, apagar la luz, o esperar a que el semáforo les haga la venia verde para que pasen

Con su mirada distante, despectiva, enigmática, donde ellas pisan no vuelve a crecer la yerba de la tranquilidad masculina.

Con el mismo tumbao que tienen las guapas al caminar, incitan al eterno femenino y al fugaz masculino a comprar ese traje hecho para fiestas que jamás van a repetir.

También hay vestidos tan sofisticados que parecen hechos para no ir a ninguna parte.

Las valquirias modernas ponen a caminar las ideas de Dior, Givenchy, Saint Laurent… y sus colegas de Macondo quienes crean “no sólo modas sino ideologías”, según dijo uno de los pontífices.

Es como si una bella criolla saliera con el partido liberal o el conservador en su “derriere”.

Uno ve una chica de éstas y de inmediato la incorpora al menú de sus amores platónicos, aquellos con los cuales nos babeamos sexualmente a distancia.

Hablando de las imposibles maniquíes toca parodiar el viejo poema: estas frágiles mujeres no mueren, quedan encantadas.

*Periodista colombiano. Colaborador de Prensa Latina