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Detrás de la ruptura de relaciones entre los gobiernos de Colombia y Venezuela, se ve una vez más la mano dura, violenta, agresiva, de los Estados Unidos y sus aliados en Colombia y Suramérica.
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Quienes están en los gobiernos debieran reconocer la necesidad de dar paso a la organización y participación de la llamada sociedad civil en el curso de las cosas.
Los países se arman, nos hablan de defensa y prevención, cuando la realidad es que lo que más anima la escalada es la corrupción, el lucro con el tráfico de compra y venta de esas armas. Ganancias millonarias en dólares. Otro de los más grandes escándalos de nuestro tiempo. En el caso suramericano es una doble aberración, entre países hermanos. Sólo los pueblos pueden terminar con este escándalo, como deberían hacerlo con la presencia de tropas de USA en el territorio suramericano.
Hoy, como lo señalan quienes aún no han perdido la razón y la consciencia, necesitamos como primera medida una revolución en el pensamiento y el sentimiento. Sin esta revolución nada podremos hacer, como es evidente. Hay que pensar y sentir frente a la realidad de otra manera. La puerta de este cambio la tiene cada persona. El problema es que no las abrimos, nos paraliza el miedo y los hábitos sicológicos y físicos. Sino entendemos que permanentemente tenemos también, y en primer lugar, que hacer un trabajo interior cada uno de nosotros en cuanto a lo que es nuestra relación con el mundo y la forma de enfrentarla, estaremos fritos. Esto las Izquierdas tienen que tenerlo muy presente. Se requieren cambios de estructuras sociales, también cambios de mentalidad y sentimiento.
No podemos hacer una revolución con odio, por ejemplo, como han pensado algunos que se dicen anarquistas y pregonan en sus almas jóvenes e idealistas que hay que quemarlo todo. El mundo ha llegado a un punto crítico tal, que sólo se resuelve con la energía del amor. Lo cual no quiere decir no luchar, mantener una actitud pasiva, esperando que todos seamos buenos. Amor en el sentido de lograr tal onda de sentimiento a la hora de definir en nuestra mente la línea de justicia que orienta lo que queremos hacer. La palabra amor en este puto mundo la tienen secuestrada religiosos blandos, corruptos, que se refocilan en sus privilegios en el actual desorden establecido que denunció el propio Concilio Vaticano segundo, hoy sumergido por los jerarcas de la Iglesia como se sumerge a un torturado en una bañera llena de agua.
Lo más indignante, es que estos curas que piden indultos para esos militares, como Errázuriz y los otros, se atreven a plantear semejante propuesta a la sociedad sólo porque cuentan con el amparo del prestigio fundamental que alcanzó la Iglesia Católica en el país debido a su papel en defensa de los derechos de la persona humana y los derechos sociales durante la dictadura. Dictadura de la cual muchos de estos curas fueron cómplices, que también los hubo de sotana. Pensemos sino en Ángelo Sodano. El Cardenal Raúl Silva Henríquez estaba vetado en el canal 13 de la Universidad Católica. Muchos, muchísimos católicos apoyaron la dictadura, y muchos trabajaron en ella. Las actuales autoridades de la Iglesia lucran de aquel pasado, que paradojal y comprensiblemente se niegan a recordar y señalar como ejemplo de valentía y consecuencia moral.
