Son tres “enanos” que se divisan a la pasada. No tienen más de 10 años. Corren, juguetean atiborrados de emoción. No es la primera vez que ven tanta cámara, tanta parafernalia, tanto alboroto. Sobra la muchedumbre y la autoridad recorriendo pasivamente sus abusadas y desdibujadas calles. Pero no les importa. Es que hoy juega Chile en el mundial. Y la sola idea los desborda. |
Hay padres superados por tanta inocente energía. Tratan de reprimirlos con poco éxito. Sus risas se funden con la bruma, la humedad y el frío. La mañana abre paso a un sol tenue sobre la bahía de Dichato y todos los grupos de campamentos ya esperan el ansiado partido. Unos pocos con semblante de preocupación. La mayoría con fe, la misma que se quebró de golpe hace ya tres meses, en ese inolvidable 27 de febrero.
Estos arrolladores “caras sucias” me recuerdan a los que saltan a la cancha. A Vidal, a Matigol, a Alexis. A los guerreros insolentes que entonan el himno patrio con el corazón hinchado de orgullo. Los que recorren el mundo con sus goles y gambetas. Los que amagaron al destino para transformarse en frontón de lucha incólume.
Los cánticos y la esperanza son iguales acá y en el Pmombela Stadium. Otra vez es el fútbol, aquél infatigable aliado de la memoria y la ilusión quien acarrea las emociones por montón. Junta a todos sin distingos y con un sólo sentimiento repartido por igual. Los “C-H-I” se multiplican. El humo de chonchones y braseros adorna los exteriores de mediaguas, de carpas. Simula luces de bengalas que alguna vez iluminaron el camino y campaña de La Roja hacia Sudáfrica. Aunque están lejos, estos humildes habitantes de la costa sureña también sienten la pasión de multitudes y la bandera en el corazón.
Y valió la pena. Jugaron bien los nuestros en Nelspruit. Rompieron el pánico escénico sin evadir el nervio. Se notó el peso del debut y mejor aún, se superó. Con un apego excesivo al libreto, la adrenalina fue un invitado de piedra que retrasó la apertura del marcador, que aguantó el dadivoso estallido ahogado por tantos años. Ni que lo hubiera anticipado alguien. Si se anulaba la tensión ambiental, el partido tenía ribetes de goleada. Así mismo se presentó. Y fue minúscula sensación de expectativa la que dejó el final. La idea de haber podido apabullar, barrer en el estreno. Por nivel, por engranaje, por actitud y dominio, los chilenos merecieron más.
Allí me quiero detener. ¿No es eso lo mejor? ¿Salir al frente en instancias donde generaciones pasadas siempre nos enseñaron el conformismo, o en el mejor de los casos, la entrega desordenada? Es verdad, Honduras no es rival idóneo para conclusiones. Y aún así se puede utilizar como parámetro de los errores. Bielsa se entusiasma con su pizarra y los partidos fáciles se complican. Tipos como el argentino tienen una desventaja. Por lo rígido de su sistema, los cambios no pasan en vano. O son fundamentales o estropean un trabajo brillante. Ayer hubo de todo. Lo bueno, anticipar las variantes del entrenador contrario. Lo negativo, retroceder entregando la iniciativa, regalándole oxígeno a un contrincante que ya estaba casi asfixiado.
Pero convengamos en que Chile pasó por encima del débil “catracho”, lo atropelló y lo confinó territorialmente. Fue tan vertical y punzante que aún superados por el propio arrebatoLO, lo redujo a su mínima expresión. Vimos incomprensible apresuramiento para amarrar el duelo. Aún así, la suma final es notable. Medel anticipando todo, Ponce y Bravo regalando seguridad, Vidal e Isla fundamentales y en su mejor momento. “Mati” Fernández más suelto, Beausejour oportuno, Valdivia al sacrificio, Millar y Carmona imprescindibles, empujando y recuperando. Contreras, González y Jara aplicados, Alexis Sánchez descollante. Ni un solo punto bajo. Así da gusto.
Lo que viene es difícil, como si fuese estigma que no podemos rehusar. La clasificación será tan adversa que ni derrotando a Suiza el lunes se puede dar por sentado el pasaje a octavos. Qué importa. Ahora más que nunca confiamos. Porque cobra vida la petición que le escribimos acá mismo al cuerpo técnico, Permitir el alarde individual, incentivarlo, armar los circuitos sin esclavizar el juego con fórmulas que se hicieron para romperse. Los mundiales no los ganan los entrenadores, ni los dibujos tácticos, ni las escuelas. Es obra y gracia de individualidades, de inspiración.
Majaderamente insisto en que los avances futbolísticos definitivos no se pueden implorar para esta copa del mundo. Se debe consolidar una mecánica de trabajo que parta desde la selección mayor y chorree las pautas correctas hacia abajo. Este grupo puede explotar en la Copa América del próximo año. Ahora que disfruten y compitan sin mochilas históricas.
Apenas terminó el partido se escuchó el último grito de aliento. Júbilo contenido pero sincero, desde muy adentro, desde la güata. La gente sabe que las autoridades ya tienen la foto del día, que regresan a las capas del centralismo. Hay que continuar y no se ve fácil. No hay preocupación por Suiza, España, Brasil o Portugal. Es superior. Deben seguir reconstruyendo. Como los que visten la casaquilla nacional, acá también son verdaderos hijos del rigor, de la adversidad. De seguro, mucho más.
Pero hay una imagen que reconforta. Los tres chicos se hacen espacio entre las piedras persiguiendo una pelota. Están rebosantes de dicha. El amigo fútbol otra vez se encargó de importar las sonrisas. Nuevamente es el cimiento para volver a soñar…

Son tres “enanos” que se divisan a la pasada. No tienen más de 10 años. Corren, juguetean atiborrados de emoción. No es la primera vez que ven tanta cámara, tanta parafernalia, tanto alboroto. Sobra la muchedumbre y la autoridad recorriendo pasivamente sus abusadas y desdibujadas calles. Pero no les importa. Es que hoy juega Chile en el mundial. Y la sola idea los desborda.