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Agosto 18, 2026

Mi radio antigua

  “Muere Mirella Latorre, gran voz del radio-teatro y estrella de los primeros días de la TV”, escuché. Hijo de hombre, o de curado nocturno, voy a quitarte de pronto lo que tú más adoras… tu radio antigua, me dijo el cobrador del arriendo de mi casa humilde.
Esas palabras, Luli, las he memorizado desde mucho antes que nos conociéramos. Andaba en eso de los 7 años de edad, con pantalones cortos, con la nariz cagada, las orejas llenas de cera, los ojos con lagañas, pelado al rape, por causa de la tiña, descalzo y con pocos dientes. Era un cabro feliz. Frente a mi casa la piscina Militar. Música todo el verano. Bert Kaempfert, llenaban mis días de caballo suelto. Tenía una radio antigua, pero era eléctrica y no funcionaba porque, según un tío mío, su locutor había parado las chalupas.

Era mi radio, Luli. La adoraba. Tantas veces la desarmé para buscar el cadáver del locutor pero nunca lo pude encontrar. Una tarde llegaron los pacos al barrio. Yo estaba con mi radio antigua en la mano. Un paco me preguntó si era mía. “Cierto, mi general, pero no funciona porque la pelá se llevó al locutor”, le respondí. “¿No será que tú lo mataste?”, me dijo el paco. “ Ta más gil mi general, seré pobrete pero nunca asesino”, le dije. “Ustedes los rascas matan por cualquier cosa” me dijo. Quedé pensando un poco. Mi radio antigua estaba por meterme en problemas. Había escuchado una canción de un tío mío que decía así: “Hay un pájaro verde parado en la esquina”… la canté delante los pacos. Ahí el paco se fue al chancho… y me quitó la radio antigua.

Me puse a llorar. “Por weon te vai a il a una casa de menores” me amenazó. Había escuchado tanto de las casas de menores… pero nunca pensé que me llevaría a ella. Me llevaron preso. A mi corta edad había llegado a la casa de menores de la calle Bascuñan y encerrado en una pieza. En su interior había otros mocosos. Uno me ofreció una colilla de Lucky Strike. Hablaba un coa que nunca entendí. “No tengai julepe”, me dijo, “ Aquí se come bien”. Ellos pasaban siempre en la casa de menores… yo, al decir la verdad, lloraba y reclamaba mi radio antigua.

“No llorí por weas, “ me dijo uno. “”Weon” le dije, “ no veí que si encuentran el muerto me dan cadena perpetua”.

Ahí, en ese momento, al decir lo de cadena perpetua, me dí cuenta que me estaba tomando la responsabilidad del locutor fallecido.

“¿Te pitiaste un weon?” gritó el de las colillas de cigarros.

“No lo maté yo… sino que me lo regalaron”, respondí.

¿Dónde está el cabro que mató el locutor de la radio?”, preguntó un pacomio. Todos los detenidos de la casa de menores quedaron en silencio. Un tío mío me dijo que un hombre debe apechugar en todas sus cagadas. Levanté una mano con una colilla de Lucky Strike. El paco me hizo botar el pucho. Me llevó al ingreso de la casa de menores. Ahí estaba mi vieja. Lloraba. Los pacos le dijeron que si me pillaban en la calle me meterían para siempre en una prisión. Me soltaron. La radio antigua me la requisaron, o nacionalizaron… o confiscaron…


Tiempo más tarde, ya con edad de lolo, encontré mi radio antigua en le mercado persa. La compré. En mi casa la desarmé. Todo estaba como antes. El muerto seguía en su interior.

Una tarde la reparé. Un tubo era el muerto. Funcionaba a las mil maravillas. La primera voz que salió de ella fue de “Mirella Latorre”.

A mi casa venían las vecinas a escuchar los radioteatros. Unas se iban casi llorando.
A mi las comedias radioteatros me fascinaban. Emilio Gaete era el gallo que me dejaba soñando. Puta que era weno.
Una tarde, tiempo de Unidad Popular, encontré al Emilio Gaete a la entrada del Estadio Chile. Lo primero que quise de él era un apretón de mano. El Emilio Gaete era arrogante. No me pescó ni en bajada. Lo mandé a la chucha. Bien mandado… me dijo una compañera.
Pasó el tiempo. Llegó el golpe. Mi radio antigua resistía. Salvador Allende dejó su último discurso en mi radio. Más tarde, 1977, deje mi patria. Otro exiliado más. Mis años de radio antigua se habían ido. 18 años más tarde regresé a mi Chile. Encontré mi radio antigua. Al volver a mi exilio, me la traje. Hoy la tengo en mi taller de arte. Funciona. Es ella que me da los días, las horas, y el tiempo. Mi radio antigua… que suena como nueva… y me lleva a Chile… a escuchar, o recordar la voz de Mirella Latorre…

Godosky