Parece que no hay lugar hacia donde apunte mi telescopio que no esté contagiado con fervor futbolístico, con el Mundial ad portas ni siquiera países que no han clasificado, como Canadá, donde este deporte no es popular (el hockey es la “pasión de multitudes “ aquí) se apresta también a disfrutar de la fiesta mundialista. Pero un momento, ¿no sería este arranque pelotero global una suerte de gigantesco proceso alienante? ¿Una manera más de distraer a las masas expoliadas? como habría dicho con ceño adusto algún intelectual revolucionario allá por nuestros años juveniles en la década de los 60. |
Curiosa disyuntiva la que muchos enfrentaban cuando se producía algún evento como este en el cual – querámoslo o no – las masas populares están completamente insertas. En lo personal debo confesar que siempre fui malo para el fútbol y los deportes en general, lo que me predispuso, luego de un breve entusiasmo futbolístico de niño, a no incursionar en algo para lo cual simplemente no era bueno y a no ser tampoco un entusiasta o seguidor del fútbol, pero admito estar en una absoluta minoría, aunque en ocasiones como el Mundial no me desentiendo de lo que ocurre en las canchas tampoco (aunque dudo que en plena temporada de vacaciones vaya a despertarme a las 7 de la mañana para ver jugar a la “Roja”).
De todos modos, es conmovedor ver ese entusiasmo reflejado en lo que Televisión Nacional de Chile nos transmite cada día: un entusiasmo tan grande que ha provocado la selección chilena, especialmente bajo la dirección de ese gran técnico que es Marcelo Bielsa (irrespetuosamente aludido por el presidente Sebastián Piñera que con esa típica actitud de patrón cree que puede tratar a todos con apodos ¿acaso a él le gustaría que lo llamaran “Presidente Piraña”?), sin embargo como Elliot Aronson ha escrito en su libro The Social Animal, aquellos más cercanos y queridos tienen al mismo tiempo el mayor potencial para decepcionar y hasta herir a esos mismos que tantos los quieren. Espero no ser ave de mal agüero, y le deseo a la Roja buena suerte, un poco por ese pueblo sencillo y esperanzado que tantas ilusiones se ha labrado en torno a los once muchachos que estarán en el campo de juego. Pero el fútbol es una de las pocas cosas imprevisibles – junto a la política – que van quedando, y en verdad todo puede suceder, hay que estar preparado pues.
Volviendo a mi habilidad o falta de habilidad más bien en materia futbolística, creo que si uno no tiene “dedos para el piano” (o en este caso “pies para la pelota”) mejor dejar de lado las aspiraciones a ejercer el oficio equivocado y eso vale para cualquiera actividad (alguien debió haberle dicho a Miguel Otero también que ciertamente la diplomacia no era lo suyo… o a lo mejor le dijeron; bueno, hay gente que nunca oye consejos).
No sé si el tema del fútbol como “forma de alienación de las masas” sigue siendo materia de discusión de los jóvenes intelectuales de izquierda como lo era allá por los 60s. Recuérdese que los textos sobre alienación (especialmente los Manuscritos Económicos y Filosóficos) de Marx eran toda una novedad en círculos académicos y políticos, y el término alienación – que Marx por lo demás enfocaba más en relación a la separación del trabajador del producto de su trabajo – pronto se lo adoptó en su dimensión psicológica y existencial, como separación respecto de lo auténtico o lo real. El fútbol y por supuesto todas las otras formas de entretenimiento o espectáculo – excepto por aquél que tuviera “contenido social” – eran prontamente condenadas como alienantes o enajenantes.
Creo que hubo un poco de ingenuidad y estrechez de mente en esto, no en todos los círculos de la izquierda por cierto, pero en muchos que seriamente condenaban todo esto del deporte-espectáculo, olvidando que en realidad ahí estaba el pueblo, enajenado o no. Una excepción entre los intelectuales de izquierda en este sentido ha sido Eduardo Galeano, que entre sus excelentes y agudos ensayos sobre las condiciones del ser humano en América Latina y sus originales visiones de la historia se dio el trabajo de escribir un libro sobre el más popular de los deportes: El fútbol a sol y sombra (1995).
La verdad es que por otro lado, como apuntan algunos periodistas deportivos que intentan hacer un enfoque más profundo del fútbol como fenómeno social y como parte de la cultura popular, este deporte ha sufrido una gran transformación en las últimas décadas, esto debido a que ha ocurrido una suerte de “farandulización” del deporte en general y por cierto del fútbol en particular, dado que sus astros prácticamente están expuestos globalmente. En Chile probablemente la más grotesca expresión del fútbol como parte de la farándula se vivió hace un par de años, cuando la selección juvenil, luego de una notable actuación en el Mundial de esa categoría (realizado aquí en Canadá), fue invitada en pleno a la Cámara de Diputados en Valparaíso, pero de algún lado salió un avivado promotor que junto a los jóvenes peloteros introdujo en el hemiciclo a un grupo de bataclanas de mala muerte, bastante ligeritas de ropa para regocijo de algunos de los honorables congresistas que también se prestaron a recibir de ellas y prodigarles también algunos cariños (quizás hasta algunas citas o más bien dicho, transacciones, se alcanzaron a concretar, vaya uno a saber con esos representantes del pueblo súbitamente conmocionados ante la presencia de las sexy bataclanas).
Pero el fenómeno de farandulización es más bien universal, recuérdese aquí en Norteamérica el affaire Tiger Wood. En el fútbol los jugadores famosos hoy en día son seguidos por paparazzi y sus vidas amorosas ocupan primeras planas en revistas dedicadas al chisme.
Muy atrás quedan en mi memoria la imagen de los futbolistas cuando su vida privada no estaba sometida al escrutinio de hoy, uno sabía lo que ellos mismos revelaban y no más de eso. En mi niñez, como asiduo lector de la emblemática revista Barrabases en su primera época, en los años 50 y 60, recuerdo que en cada edición se publicaba una entrevista y reportaje a algún deportista famoso (casi siempre futbolistas por cierto) y el título de la sección era “Un caso ejemplar”. En cierto modo, con una intención moralizante, se describía la vida de un deportista porque ella se la consideraba un ejemplo a seguir por los niños a quienes iba dirigida la publicación. A juzgar por algunos casos en el deporte mundial de hoy, posiblemente varios de los más famosos no serían necesariamente ejemplos a seguir.
Sin embargo si hay una conclusión preliminar que puede adelantarse del fútbol como fenómeno social, es que no se lo puede enfocar con esa visión de negro o blanco con que en algunos momentos se lo vio en ciertos círculos de la izquierda (y confieso que yo mismo en algún momento incurrí en tales prejuicios). Recuerdo intervenciones incluso absurdas sobre el tema del espectáculo en alguna discusión sobre lo “alienante” que sería. En un momento alguien mencionó que en tiempos de Marx o Lenin no había deporte espectáculo (el deporte profesional entra en escena hacia fines del siglo 19 y comienzos del 20, en algunos casos como una actividad ilegal, el caso del boxeo por ejemplo), de lo que se concluiría, según el serio orador que hacía uso de la palabra en el debate, que era una práctica contraria a los intereses de las masas populares. En otras palabras, había que condenarlo. Esto me recuerda la actitud de algunos europeos que tomaban la Biblia muy en serio y que cuando vieron papas por primera vez – un producto de las Américas – argumentaron contra su consumo pues “no eran mencionadas en la Biblia…”
Por cierto en la práctica real, el deporte no ha estado necesariamente en contradicción con una posición política de izquierda. Recuerdo como un dato curioso el film que Wim Wenders hizo sobre el Buenavista Social Club de Cuba en el que aparece una poco conocida escena filmada a los comienzos de la Revolución que muestra a Fidel Castro y Che Guevara en un momento de esparcimiento, nada menos que jugando al golf (!), de todos los deportes uno que – al menos en Latinoamérica – es asociado con diversión de ejecutivos empresariales y grandes magnates (en Norteamérica en realidad el golf es un deporte al alcance de cualquier hijo de vecino, nada especial ni sorprendente en él). Fidel mismo es un entusiasta del béisbol y el estado que practica la más espartana forma de socialismo, Corea del Norte, es uno de equipos clasificados para la Copa Mundial. Kim Il Jong puede haber establecido una versión muy regimentada del socialismo pero ciertamente no ha impedido que sus ciudadanos, como los de la mayor parte del mundo, disfruten en torno a 22 jugadores disputando una pelota.
Por lo demás – aunque un tal análisis requeriría un espacio mucho mayor – hay interesantes connotaciones sociales y políticas en la práctica de deportes como el fútbol, una interesante connotación incluso en términos de lucha de clases si estiramos el concepto un poquito. En efecto, la inmensa mayoría de los astros del balompié provienen de los sectores más desfavorecidos de la población, a menudo superando grandes dificultades hasta llegar a triunfar. Recientes reportajes de la Televisión Nacional de Chile sobre los ambientes familiares de figuras del seleccionado chileno como Suazo y Valdivia, apuntaban a sus orígenes humildes en poblaciones. Hay luego por cierto un contraste entre ese origen modesto de los futbolistas y lo que en virtud a su habilidad en la cancha pueden llegar a ganar, así como los incontables casos de muchos de esos jóvenes en todo el mundo que una vez con dinero y sin experiencia de vida han caído víctima de agentes y directivos inescrupulosos, o simplemente de amigos de última hora que no sólo les hacen perder sus ganancias sino que muchas veces los introducen en un estilo de vida en que dejan de lado a sus familias, abusan del alcohol y a veces hasta terminan drogadictos. La transformación de los astros deportivos en celebridades faranduleras ha multiplicado las posibilidades que muchos de esos jóvenes ídolos terminen arruinando sus vidas y las de sus más cercanos.
De todas maneras, la “vida útil” de un futbolista es relativamente breve, puede comenzar alrededor de los 18 años de edad y ya apenas pasado los 30 ser considerado “viejo”, lo que por lo demás explica en parte los altos precios por sus transferencias y sus elevados salarios. No falta quienes a veces ponen el grito en el cielo por estas danzas de millones (en dólares) que se dan en el fútbol (acá en Canadá en el hockey), en algunos otros deportes y también en el mundo del cine y la música popular, pero me sorprende que no se haga igual escándalo por los millones de dólares que se embolsan los grandes ejecutivos de bancos y otras grandes empresas y que más encima ni siquiera hacen un buen trabajo ya que tienen que venir los gobiernos a salvarlos. Si un futbolista, por millonario que sea su sueldo, no rinde, lo mandan a la banca de la reserva; por lo demás estos deportistas, así como los cantantes y actores de cine por lo menos entretienen a la gente: no he visto nunca al presidente del Citibank metiendo un gol en una cancha (que le meta goles a su gobierno y clientes es otra cosa…) ni he escuchado jamás al presidente de la General Motors cantando como lo podría hacer Paul McCartney o a alguna ejecutiva de British Petroleum haciéndolo como lo hace Celine Dion. De algún modo los altos salarios de futbolistas pueden entenderse en el marco de una economía de mercado pero también, desde un ángulo más social, viene a ser una justa recompensa para esa gente que proviene en su mayoría de las favelas, de las poblaciones, de los arrabales tristes y polvorientos, como polvorienta debe haber sido la primera cancha donde desde chiquitos se dejaron encantar por el juego que hoy es sin duda “pasión de multitudes”
De todos modos, es conmovedor ver ese entusiasmo reflejado en lo que Televisión Nacional de Chile nos transmite cada día: un entusiasmo tan grande que ha provocado la selección chilena, especialmente bajo la dirección de ese gran técnico que es Marcelo Bielsa (irrespetuosamente aludido por el presidente Sebastián Piñera que con esa típica actitud de patrón cree que puede tratar a todos con apodos ¿acaso a él le gustaría que lo llamaran “Presidente Piraña”?), sin embargo como Elliot Aronson ha escrito en su libro The Social Animal, aquellos más cercanos y queridos tienen al mismo tiempo el mayor potencial para decepcionar y hasta herir a esos mismos que tantos los quieren. Espero no ser ave de mal agüero, y le deseo a la Roja buena suerte, un poco por ese pueblo sencillo y esperanzado que tantas ilusiones se ha labrado en torno a los once muchachos que estarán en el campo de juego. Pero el fútbol es una de las pocas cosas imprevisibles – junto a la política – que van quedando, y en verdad todo puede suceder, hay que estar preparado pues.
Volviendo a mi habilidad o falta de habilidad más bien en materia futbolística, creo que si uno no tiene “dedos para el piano” (o en este caso “pies para la pelota”) mejor dejar de lado las aspiraciones a ejercer el oficio equivocado y eso vale para cualquiera actividad (alguien debió haberle dicho a Miguel Otero también que ciertamente la diplomacia no era lo suyo… o a lo mejor le dijeron; bueno, hay gente que nunca oye consejos).
No sé si el tema del fútbol como “forma de alienación de las masas” sigue siendo materia de discusión de los jóvenes intelectuales de izquierda como lo era allá por los 60s. Recuérdese que los textos sobre alienación (especialmente los Manuscritos Económicos y Filosóficos) de Marx eran toda una novedad en círculos académicos y políticos, y el término alienación – que Marx por lo demás enfocaba más en relación a la separación del trabajador del producto de su trabajo – pronto se lo adoptó en su dimensión psicológica y existencial, como separación respecto de lo auténtico o lo real. El fútbol y por supuesto todas las otras formas de entretenimiento o espectáculo – excepto por aquél que tuviera “contenido social” – eran prontamente condenadas como alienantes o enajenantes.
Creo que hubo un poco de ingenuidad y estrechez de mente en esto, no en todos los círculos de la izquierda por cierto, pero en muchos que seriamente condenaban todo esto del deporte-espectáculo, olvidando que en realidad ahí estaba el pueblo, enajenado o no. Una excepción entre los intelectuales de izquierda en este sentido ha sido Eduardo Galeano, que entre sus excelentes y agudos ensayos sobre las condiciones del ser humano en América Latina y sus originales visiones de la historia se dio el trabajo de escribir un libro sobre el más popular de los deportes: El fútbol a sol y sombra (1995).
La verdad es que por otro lado, como apuntan algunos periodistas deportivos que intentan hacer un enfoque más profundo del fútbol como fenómeno social y como parte de la cultura popular, este deporte ha sufrido una gran transformación en las últimas décadas, esto debido a que ha ocurrido una suerte de “farandulización” del deporte en general y por cierto del fútbol en particular, dado que sus astros prácticamente están expuestos globalmente. En Chile probablemente la más grotesca expresión del fútbol como parte de la farándula se vivió hace un par de años, cuando la selección juvenil, luego de una notable actuación en el Mundial de esa categoría (realizado aquí en Canadá), fue invitada en pleno a la Cámara de Diputados en Valparaíso, pero de algún lado salió un avivado promotor que junto a los jóvenes peloteros introdujo en el hemiciclo a un grupo de bataclanas de mala muerte, bastante ligeritas de ropa para regocijo de algunos de los honorables congresistas que también se prestaron a recibir de ellas y prodigarles también algunos cariños (quizás hasta algunas citas o más bien dicho, transacciones, se alcanzaron a concretar, vaya uno a saber con esos representantes del pueblo súbitamente conmocionados ante la presencia de las sexy bataclanas).
Pero el fenómeno de farandulización es más bien universal, recuérdese aquí en Norteamérica el affaire Tiger Wood. En el fútbol los jugadores famosos hoy en día son seguidos por paparazzi y sus vidas amorosas ocupan primeras planas en revistas dedicadas al chisme.
Muy atrás quedan en mi memoria la imagen de los futbolistas cuando su vida privada no estaba sometida al escrutinio de hoy, uno sabía lo que ellos mismos revelaban y no más de eso. En mi niñez, como asiduo lector de la emblemática revista Barrabases en su primera época, en los años 50 y 60, recuerdo que en cada edición se publicaba una entrevista y reportaje a algún deportista famoso (casi siempre futbolistas por cierto) y el título de la sección era “Un caso ejemplar”. En cierto modo, con una intención moralizante, se describía la vida de un deportista porque ella se la consideraba un ejemplo a seguir por los niños a quienes iba dirigida la publicación. A juzgar por algunos casos en el deporte mundial de hoy, posiblemente varios de los más famosos no serían necesariamente ejemplos a seguir.
Sin embargo si hay una conclusión preliminar que puede adelantarse del fútbol como fenómeno social, es que no se lo puede enfocar con esa visión de negro o blanco con que en algunos momentos se lo vio en ciertos círculos de la izquierda (y confieso que yo mismo en algún momento incurrí en tales prejuicios). Recuerdo intervenciones incluso absurdas sobre el tema del espectáculo en alguna discusión sobre lo “alienante” que sería. En un momento alguien mencionó que en tiempos de Marx o Lenin no había deporte espectáculo (el deporte profesional entra en escena hacia fines del siglo 19 y comienzos del 20, en algunos casos como una actividad ilegal, el caso del boxeo por ejemplo), de lo que se concluiría, según el serio orador que hacía uso de la palabra en el debate, que era una práctica contraria a los intereses de las masas populares. En otras palabras, había que condenarlo. Esto me recuerda la actitud de algunos europeos que tomaban la Biblia muy en serio y que cuando vieron papas por primera vez – un producto de las Américas – argumentaron contra su consumo pues “no eran mencionadas en la Biblia…”
Por cierto en la práctica real, el deporte no ha estado necesariamente en contradicción con una posición política de izquierda. Recuerdo como un dato curioso el film que Wim Wenders hizo sobre el Buenavista Social Club de Cuba en el que aparece una poco conocida escena filmada a los comienzos de la Revolución que muestra a Fidel Castro y Che Guevara en un momento de esparcimiento, nada menos que jugando al golf (!), de todos los deportes uno que – al menos en Latinoamérica – es asociado con diversión de ejecutivos empresariales y grandes magnates (en Norteamérica en realidad el golf es un deporte al alcance de cualquier hijo de vecino, nada especial ni sorprendente en él). Fidel mismo es un entusiasta del béisbol y el estado que practica la más espartana forma de socialismo, Corea del Norte, es uno de equipos clasificados para la Copa Mundial. Kim Il Jong puede haber establecido una versión muy regimentada del socialismo pero ciertamente no ha impedido que sus ciudadanos, como los de la mayor parte del mundo, disfruten en torno a 22 jugadores disputando una pelota.
Por lo demás – aunque un tal análisis requeriría un espacio mucho mayor – hay interesantes connotaciones sociales y políticas en la práctica de deportes como el fútbol, una interesante connotación incluso en términos de lucha de clases si estiramos el concepto un poquito. En efecto, la inmensa mayoría de los astros del balompié provienen de los sectores más desfavorecidos de la población, a menudo superando grandes dificultades hasta llegar a triunfar. Recientes reportajes de la Televisión Nacional de Chile sobre los ambientes familiares de figuras del seleccionado chileno como Suazo y Valdivia, apuntaban a sus orígenes humildes en poblaciones. Hay luego por cierto un contraste entre ese origen modesto de los futbolistas y lo que en virtud a su habilidad en la cancha pueden llegar a ganar, así como los incontables casos de muchos de esos jóvenes en todo el mundo que una vez con dinero y sin experiencia de vida han caído víctima de agentes y directivos inescrupulosos, o simplemente de amigos de última hora que no sólo les hacen perder sus ganancias sino que muchas veces los introducen en un estilo de vida en que dejan de lado a sus familias, abusan del alcohol y a veces hasta terminan drogadictos. La transformación de los astros deportivos en celebridades faranduleras ha multiplicado las posibilidades que muchos de esos jóvenes ídolos terminen arruinando sus vidas y las de sus más cercanos.
De todas maneras, la “vida útil” de un futbolista es relativamente breve, puede comenzar alrededor de los 18 años de edad y ya apenas pasado los 30 ser considerado “viejo”, lo que por lo demás explica en parte los altos precios por sus transferencias y sus elevados salarios. No falta quienes a veces ponen el grito en el cielo por estas danzas de millones (en dólares) que se dan en el fútbol (acá en Canadá en el hockey), en algunos otros deportes y también en el mundo del cine y la música popular, pero me sorprende que no se haga igual escándalo por los millones de dólares que se embolsan los grandes ejecutivos de bancos y otras grandes empresas y que más encima ni siquiera hacen un buen trabajo ya que tienen que venir los gobiernos a salvarlos. Si un futbolista, por millonario que sea su sueldo, no rinde, lo mandan a la banca de la reserva; por lo demás estos deportistas, así como los cantantes y actores de cine por lo menos entretienen a la gente: no he visto nunca al presidente del Citibank metiendo un gol en una cancha (que le meta goles a su gobierno y clientes es otra cosa…) ni he escuchado jamás al presidente de la General Motors cantando como lo podría hacer Paul McCartney o a alguna ejecutiva de British Petroleum haciéndolo como lo hace Celine Dion. De algún modo los altos salarios de futbolistas pueden entenderse en el marco de una economía de mercado pero también, desde un ángulo más social, viene a ser una justa recompensa para esa gente que proviene en su mayoría de las favelas, de las poblaciones, de los arrabales tristes y polvorientos, como polvorienta debe haber sido la primera cancha donde desde chiquitos se dejaron encantar por el juego que hoy es sin duda “pasión de multitudes”

Parece que no hay lugar hacia donde apunte mi telescopio que no esté contagiado con fervor futbolístico, con el Mundial ad portas ni siquiera países que no han clasificado, como Canadá, donde este deporte no es popular (el hockey es la “pasión de multitudes “ aquí) se apresta también a disfrutar de la fiesta mundialista. Pero un momento, ¿no sería este arranque pelotero global una suerte de gigantesco proceso alienante? ¿Una manera más de distraer a las masas expoliadas? como habría dicho con ceño adusto algún intelectual revolucionario allá por nuestros años juveniles en la década de los 60.