google-site-verification: google096975d001c6a771.html
Agosto 18, 2026

TELESCOPIO: Más allá de las rabietas

Yo no sé cuando se habría producido el cambio, pero lo cierto es que ese cambio sucedió: resulta que en el imaginario popular y en las percepciones de mucha gente – diría quizás la mayoría – hasta hace un tiempo la imagen del típico (o estereotípico) hombre o mujer de Izquierda era la de alguien desafiando las convenciones, entre otra las de la rigidez de actitudes en la vida en general.

Más aun, esa imagen era una asociada al buen humor, a la alegría, a la sonrisa o incluso a la risa desatada. La imagen de quien marchaba por los caminos con un sentido optimista (pero no ingenuo) y esperanzado (pero no irrealista).

Admito que por cierto la Izquierda fue golpeada muy duramente (no es necesario recordar el sufrimiento durante los golpes militares, en Chile así como en otras parte de América Latina) y que eso pudo habernos quitado la sonrisa por mucho tiempo, pero eso no puede dar cuenta por si solo de este cambio de actitud. Es como si la gente de Izquierda hubiese perdido el sentido del humor, pero además el optimismo y el afán reflexivo, para hundirse en las arenas movedizas de la amargura y peor aun, de reacciones de rabia incontrolable que no conducen a un análisis racional de las situaciones.

Permítanseme unos pocos ejemplos, el primero, el debate en torno al derecho a voto de los chilenos radicados en el exterior. Cuando hace unas semanas escribí al respecto, uno de los comentarios recibidos simplemente podría reducirse a un grito estentóreo: ¡Derecho a voto para todos sin condiciones! Correcto, la frase resume bien la consigna adecuada para esa demanda, pero entre la consigna y el proceso político que conduzca a un resultado real y concreto para esa demanda hay un trecho largo cuyos obstáculos no van a ser salvados porque se grite a todo pulmón, ni siquiera porque los que griten puedan ser cientos de miles en todo el mundo, la verdad es que mientras esos gritos no ocurran en Chile mismo las autoridades allá pueden sentirse indiferentes a ese clamor y en última instancia no mover un dedo por remediar la injusticia de los ciudadanos sin derecho a voto porque viven fuera, por la simple razón que los que están afuera no tienen como “castigar” a los responsables de que no puedan votar. Esa es la verdad de las cosas. Podemos indignarnos y expresar nuestra rabia en decenas de epítetos irreproducibles contra Sebastián Piñera, la Derecha, incluso la Concertación y la clase política en general, pero eso no va a cambiar un ápice las decisiones que se tomen. Si esa rabieta no funciona, entonces hay que dedicarse a pensar sobre qué puede funcionar e implementar lo que después de un análisis frío y eficaz concluyamos que hay que hacer.

Lo mismo cabe decir en el caso de la reciente iniciativa del gobierno de Piñera de incrementar temporalmente los impuestos a las grandes empresas para ayudar a financiar la reconstrucción del país luego del terremoto. La democracia cristiana fue la primera – en su junta nacional – en rechazar la idea si es que el aumento de impuestos ahí contenido no se hace permanente y no se remueven otras franquicias tributarias de que ahora gozan esas empresas. En los días siguientes ha sido la Concertación en pleno la que se ha pronunciado en contra del proyecto, lo que como movida política no está mal, pero no se la ha comunicado eficientemente a la gente (¡bah, de veras que tampoco los partidos opositores cuentan con medios de comunicación propios…!) lo que ha permitido al gobierno presentar la posición concertacionista como boicot a los esfuerzos de la reconstrucción. Por cierto aparte de la manipulación – muy real – que de esto hace la Derecha, hay que admitir que el episodio tiene un cierto tono irónico: en veinte años de gobiernos concertacionistas nunca se planteó un tal aumento de impuesto a las empresas. Por cierto la proposición del gobierno derechista tiene que contener algunos elementos que a la postre van a beneficiar al gran capital (¡si no el de Piñera no sería un gobierno de la Derecha, lo cual nos obligaría a todos a reformular nuestras premisas básicas!), pero lo importante aquí ha sido no tanto que el gobierno haya propuesto tal cosa, sino que a partir de tal propuesta – vía indicaciones en el congreso – bien podría plantearse la perpetuidad de tal incremento a los impuestos, pero sobre todo – dado que la política no tendría por qué limitarse sólo a los intercambios en las cámaras parlamentarias – hacer del sistema tributario un tema de debate público, una materia a ser discutida a nivel de la base social con cifras en la mano: ¿cuánto paga en impuestos cualquier trabajador o profesional asalariado, por descuento de planilla, y cuánto pagan los ejecutivos de grandes empresas u otros individuos que por no hacérseles descuentos en su pagos o rentas, simplemente pagan lo que ellos consideran adecuado? ¿y qué decir de las grandes empresas, donde el control tributario es muchas veces burlado, pero que sin que queden evidencias contables se hacen difíciles de verificar?

No basta entonces con las rabietas, independientemente de las bondades o defectos que el presente proyecto puede tener, lo que hay que empezar a hacer es una política con una efectiva participación de la gente, mientras tanto los intercambios entre oposición y gobierno aparecen como un simple juego de vóleibol entre dos equipos tirándose la pelota  pero a los que les importa un rábano el resto de la gente que queda limitada al rol de simples espectadores del jueguito.

El tercer ejemplo para ilustrar esta impotencia práctica se da en el plano internos de los partidos políticos de la Concertación. La democracia cristiana envuelta en un proceso de auto-examen que algunos (al parecer minoritarios) quisieran que concluyera con ese partido adoptando una versión actualizada de lo que fue la tesis del “camino propio” en los años 60, con la aspiración estratégica de “recuperar el centro político”, una manera indirecta de descartar su presente alianza con la Izquierda. En el PPD – un partido que por definición no ha tenido una formulación doctrinaria precisa ya que fue fundado en las postrimerías de la dictadura como un “partido instrumental” – las preocupaciones han girado en torno a la “coronación” de Carolina Tohá como su presidenta. Algunos en el PPD creen seriamente que la ex ministra y ex diputada puede ser su carta presidencial próxima (por cierto esto es pura especulación – aunque admito que fascinante como conversación de sobremesa – la verdad es que Carolina Tohá como presidenciable es lo que en inglés se llama un long shot; si la Concertación o cualquier otro conglomerado de partidos de centro-izquierda postulara a una mujer para la presidencia es obvio que los socialistas tendrían primera opción con la altamente popular Michelle Bachelet, de no ser ella, los demócratacristianos tendrían en Soledad Alvear la segunda mejor carta femenina de tal conglomerado, doña Carolina aun está muy distante de las mencionadas tanto en cuanto a carisma como en eso que simplemente llaman gravitas).

Un caso más interesante de estos cabildeos internos es el que sucede en el Partido Socialista donde al parecer el divorcio entre la actual dirigencia y la base es tan evidente que ya ni siquiera se la disimula. Aun así es desconcertante constatar que a pesar del descontento general que existe en ese partido (recuérdese las imprecaciones lanzadas al entonces presidente del PS, Camilo Escalona, la misma noche de la derrota electoral), esos mismos sectores que cuestionan la dirección y la orientación general del partido no parecen ponerse de acuerdo en cómo recuperar a su organización. A veces el paralelo con su congénere español (el Partido Socialista Obrero Español, PSOE) salta a la memoria: el viejo PSOE de larga trayectoria que se remonta a la primera mitad del siglo 19, tuvo una destacada participación en la República y durante la guerra civil de 1936 a 1939. Ilegalizado durante la dictadura, a la muerte de Franco se empezó a mover hacia una posición socialdemócrata, oficializando su abandono del marxismo como método de análisis en 1979, a instancias de su líder de entonces, Felipe González.

En el PS de Chile, un formal abandono de las posiciones revolucionarias históricas no se ha hecho aun, y quizás nunca se haga, pues al parecer no se juzga necesario formalizar algo que de todos modos ya ha estado en la práctica todos estos últimos años. En este contexto ¿cuál es la postura de aquellos que aun aspiran a tener un Partido Socialista con una línea revolucionaria? No hay una respuesta única a esto, pero si uno juzga por discusiones en el Internet, de nuevo es la rabieta la que parece primar: “que estos son una camarilla de tales por cuales…” etc. etc. Bueno, a lo mejor eso es así, pero una vez más: se avanza muy poco sólo en el desahogo de esos sentimientos de frustración. Mucho menos aun si los que se enrabian además deciden irse para la casa.

En buenas cuentas, dejemos las rabietas a un lado, abandonemos esas reacciones impulsivas y emocionales y pongámonos a reflexionar seriamente, racionalmente sobre cómo vamos a superar tan complejos problemas cuando al mismo tiempo pareciera que hay condiciones de crisis generalizada y de inequidades evidentes que – en teoría – deberían facilitar la articulación de una respuesta política que apuntara a un cambio profundo de la sociedad. Pero no digamos tampoco que hay que hacer cosas sin importar cuáles: la reflexión es necesaria más que nunca hoy en día. No se trata de hacer teoría desconectada de la realidad, como aquellos repetidores de consignas pueden estar listos a lanzarme como crítica, sino de conectarse con la realidad a través de los instrumentos de análisis racional que aun están a nuestro alcance. Y admito que eso puede tomar algún tiempo, pero no hacerlo sólo redundará en una mayor frustración y en la perpetuación de la Derecha en el gobierno, pues la Izquierda permanecerá simplemente enojada y enrabiada.