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Agosto 18, 2026

Tenemos una oportunidad de hacer nuevas todas las cosas…

Cuando leo lo que las personas escriben en las redes sociales acerca de los acontecimientos de los últimos días, en torno al terremoto que nos ha tocado, me quedo sorprendida, impresionada y también dolida. Sin embargo, por alguna extraña razón, también me quedo llena de esperanza…  

He visto la simpleza con la que unos y otros refieren a lo que debía hacerse en estos casos, las malas gestiones de gobierno, la actitud inmoral de los vándalos, los actos heroicos de algunos, quienes son los culpables de que esto no se haya podido enfrentar de mejor modo, la demanda por presencia de militares como los grandes artífices del orden social, en fin….
 
Sin embargo, me quedo con la reflexión de mi amigo Rafa Perdomo, que como bien dice, necesitamos mantenernos atentos, dejar la flojera mental y la comodidad de nuestros televisores, para mirar la realidad con otros ojos. Este terremoto ha dejado grietas que nadie quiere ver y que dicen relación  con nuestras profundas desigualdades sociales y con los paradigmas sobre los que hemos construido nuestras formas de convivencia.
 
Yo no comparto el que las personas usen la fuerza para tomar lo que consideran les pertenece por derecho. Pero, frente al dolor de sentirse una vez más castigados, ¿no sería este un llamado de atención como país? ¿Cuántas personas de distintas edades pasaron por las vitrinas de las grandes tiendas soñando con los productos que ahí ven y que según las ideologías que imperan en nuestra cultura social, nos dan reconocimiento, estatus y “existencia” en el mundo? Porque en nuestra sociedad, “alguien” es quien posee esos bienes y puede acceder a los servicios que esta sociedad de consumo nos ofrece. Y muchas veces yo misma, como cordero al matadero, asumo que ese es el camino para una mejor calidad de vida… Hoy son muchas las personas que perdieron todos sus bienes… ¿será que pasaron a ser “nadie”?
 
Ayer, una mujer lloraba al recibir una caja de mercadería de donación que estaba llegando a su pueblo costero devastado. Cuando le preguntaron por qué lloraba, ella señaló algo que me quedó resonando muy fuerte: “Me cuesta aceptar que me den una donación, porque siempre lo vi en la tele, pero nunca pensé que esto me pasaría a mí”.
Cuántas veces muchos de nosotros hemos dado un aporte en dinero o una cosa material, pensando en los “pobrecitos” a quienes les pasan estas cosas, esa pobre gente sin casa, con discapacidad, perdidos….. Y resulta que ahora somos nosotros los que estamos del otro lado, teniendo que estirar la mano para recibir lo que otros quieran darnos, sin posibilidad de reclamar nuestros derechos de consumidores ni imponernos por la fuerza de nuestro poder adquisitivo… sólo podemos recibir, somos ahora “esos pobrecitos”…
 
Cuánto nos cuesta aceptar que somos frágiles, que podemos estar en una u otra cara de la moneda en cualquier momento y que nuestra posibilidad de salir adelante depende exclusivamente de contar con “redes” solidarias. Qué difícil es hacer vida y actitud cotidiana la convicción de que “todos somos iguales”, de que tenemos igual dignidad y derechos, de que todos somos personas y de que ese es nuestro único, esencial y  auténtico valor.  Poder reconocer que dependemos de otros y que nuestra supervivencia se juega en nuestras relaciones de interdependencia con los demás y con el ambiente en el cual habitamos, es una verdadera novedad en medio de una cultura social que nos ha instalado en el inconsciente colectivo la idea de que cada uno se salva solo…
 
 En una sociedad que nos ha atomizado sistemáticamente, que ha exacerbado el individualismo y ha puesto a  la capacidad de consumo como  único referente válido para ser y estar en sociedad, emocionan y hacen recuperar la esperanza, aquellas  imágenes de personas que han puesto en la mesa común todo lo que tenían y lo han compartido, las personas que en los centros de acopio de ayudas de emergencia, sin conocerse se saludan, se arremangan y sudan juntos para colaborar en la tarea de ser” puentes” de la ayuda destinada a aquellos que están sufriendo. Hay algo que nos une, que nos hace entrar en relación dialogante con el que tenemos al lado,  que nos ha hecho tomar conciencia del otro, y que no ha sido necesariamente verlos en la tele (cosa que nos puede emocionar, pero que no siempre nos moviliza).
 
Yo siento que ha sido algo profundamente humano lo que nos mueve, una conciencia colectiva de que todos somos parte, que todos somos uno. Se trata de una conciencia que en otras circunstancias, en otros tiempos, está dormida y nos es casi imperceptible. Esa conciencia de que “todos participamos de la vida de todos”, es la que tenemos oportunidad de recuperar en momentos como estos. Saber que nuestro éxito, nuestros logros, nuestros privilegios se los debemos a otros, nos abre a la novedad de sentirnos parte, de sentirnos pertenecientes a una realidad que nos trasciende y que abarca a todos. Y eso nos mueve al encuentro, al abrazo fraterno, a preguntar nuestros nombres, a interesarnos por la realidad que enfrentamos juntos. Nos motiva en términos de sentirnos vivos e importantes, reconocidos por otros, aceptados, valorados, descubiertos en nuestra dignidad humana.
 
A mi modo de ver, este terremoto nos ofrece una oportunidad única: la de transformar. Transformarnos cada uno en lo personal, abriéndonos al otro. Transformarnos en lo social – comunitario, atendiendo la realidad y las necesidades de quienes vemos a nuestro lado. Transformar nuestros paradigmas como sociedad, para recuperar lo profundamente humano que hay en cada persona. Incluso en el supuesto vándalo, en el que en otro tiempo y bajo otras circunstancias despreciamos. Si pudiéramos ver esta oportunidad y actuar en consecuencia, es altamente probable que avancemos con fuerza hacia nuevas formas de convivencia social, de relaciones interpersonales, de vinculación con el ambiente que habitamos. Y entonces, será posible una patria nueva, donde todos tengamos lugar y participación. Podremos hacer nuevas todas las cosas, y dar sentido verdadero a aquello que para quienes hemos hecho una opción creyente, significa Resurrección.
 
Yo deseo fervientemente que esta experiencia no nos deje iguales. Que no sólo se transforme la estructura geográfica, sino nuestras propias estructuras personales, sociales, culturales. Que al pasar los días no olvidemos lo que podremos haber aprendido. Y que desde ese aprendizaje vayamos al encuentro amoroso de los otros. Tenemos una oportunidad, no la desperdiciemos….